Sonido & Visión

Deseos imprevistos

Ya sabemos que hay que tener cuidado con lo que deseamos porque en una de ésas, se nos cumple: ahí nos damos cuenta que en realidad lo importante era el solo hecho de querer algo, no de tenerlo. Un poco como el síndrome del objetivo alcanzado: ya que lo logramos, ahora no sabemos qué hacer con ello y perdemos el sentido que habíamos depositado en la búsqueda, en el proceso. Además, está el asunto de las expectativas: depositamos tanto en algo que buscamos alcanzar que cuando se convierte en realidad, nos percatamos que la felicidad estaba en otra parte (aunque en el fondo ya lo supiéramos).

El clásico “vivieron felices para siempre” es, por decir lo menos, una buena broma. Los personajes de los cuentos clásicos cargan esta consigna imposible de alcanzar porque encierra en sí misma una contradicción: no hay mal que dure cien años, pero tampoco bien que nunca se acabe; ni hablar, es parte de la condición humana que de pronto puede extenderse hasta los cuentos o los musicales.

Tener un hijo largamente esperado, casarse con la persona de tus sueños, recuperar la juventud perdida o hacerse rico como por arte de magia, forman parte de algunos deseos que pueden motivar la incursión en las profundidades de un desconocido y amenazante bosque, o sea, territorios desconocidos: solo entrando ahí cabe la posibilidad de alcanzar el propósito, sobre todo por la implicancia de buscar más allá de los propios límites.

LA VIDA ES UN CUENTO

Basada en el musical ochentero de la dupla Sondheim / Lapine (también responsable del guion) y dirigida por Rob Marshall, con los filmes propios del género Chicago (2002) y Nine (2009) en su currículo, En el bosque (Into the Woods, EU, 2014) imbrica varios cuentos de los hermanos Grimm alrededor de una pareja que desea fervientemente tener un hijo, para lo cual tiene que conseguir algunos objetos solicitados por la bruja con el fin de cancelar la maldición familiar y, de paso (o al revés), volver a ser joven y bella.

Como cabría imaginarse, dichos objetos involucran a otros reconocibles personajes: el pelo de Rapunzel, niña hechicera, aviéntame tu cabellera; la capa de la buza caperuza que fácilmente la puede suplir (Lilla Crawford, ambigua); el zapato dorado de una dubitativa y huidiza cenicienta; la vaca blanca deslechada, propiedad del afectuoso Jack (Daniel Huttlestone, todavía formando parte de los miserables) y al fin intercambiada por los frijoles mágicos con los consecuentes regaños de su madre, viviendo en la angustia perpetua por las permanentes vacas flacas.

Impecables resultan el diseño de producción y la edición de sonido, así como la fotografía, propicia para el lucimiento actoral y de las propias escenografías. Maquillajes y vestuarios con el sello de la casa, coreografías discretas y efectos especiales suficientes. El problema del film tiene que ver con la adaptación del guion y la edición: el ritmo es disparejo, por momentos la historia se percibe reiterativa (la fiesta hubiera sido de una noche y no de tres, por ejemplo) y ciertos números aportan poco al sentido emocional del film. Además, no todas las canciones se encuentran al mismo nivel, el destino de Rapunzel queda en el olvido y resultan discutibles las omisiones en relación con el material original.

Eso sí, el trabajo de casting termina por ser meritorio: ahí están las interpretaciones comandadas por Meryl Streep, en plan bruja esperando que el diablo la vista a la moda, y bien secundadas por Emily Blunt, como la mujer del panadero equivocándose de cuento; James Corden en busca de su gran oportunidad; Chris Pine cual príncipe encantador medio coscolino; Anne Kendrick huyendo del compromiso; Christine Baransky, intentando colocar a sus hijas a fuerza que ni los zapatos entran; Mackenzie Mauzy, esperando salir de la torre de la falsa pureza; Frances de la Tour, cual giganta en busca de venganza y Johnny Deep, encarnando a un lobo que actúa como Jack Sparrow (otra vez).

El habitual mundo de fantasía y felicidad se transforma en una comunidad realista, con todo y amenaza externa con la consecuente búsqueda de algún chivo expiatorio como si de un sacrificio salvífico se tratara. A fin de cuentas, las familias se pueden configurar de maneras inesperadas y, extrañamente, funcionar como un refugio afectivo para sus improbables miembros.

BOB ESPONJA: EN BUSCA DEL CÓDIGO ENIGMA

Ya que estamos con mundos de fantástica y aparente felicidad, sumerjámonos en Fondo de Bikini, una comunidad subacuática poblada por personajes de muy diversas especies marinas, además de una ardilla, que tienen como epicentro una hamburguesería regenteada por un ambicioso cangrejo, atendida por un calamar amargado y una esponja de inocencia a prueba de tsunamis –cuy mejor amigo es una estrella de mar macho tan babeante como simpático-, y envidiada por un alterado plancton, cuya compañía es una computadora que hace las veces de su pareja. 

Ahora el detonante de la trama es el robo de la fórmula secreta con la que se hacen las cangreburguers, situación que trasciende más allá de un pleito empresarial: la convivencia social se desmorona y de pronto parece que estamos en una especie de Mad Max submarina, con todo y el pacífico caracol Gary convertido en un Coronel Kurtz y peces desquiciados aporreando lo que encuentran a su paso, llantas incluidas. Una alternativa será viajar en el tiempo para recuperar la fórmula: sin hamburguesa no hay paz social.

Realizada por Paul Tibbitt, responsable de la primera entrega, Bob Esponja: Un héroe fuera del agua (EU, 2015) funciona como un divertimento a tono con la expectativa que ha generado esta caricatura, una de las más importantes del siglo XXI. La animación está más cuidada, así como la integración con la acción fuera del mar; el humor se conserva con todo y los pequeños detalles salpicados de psicodelia, aunque quizá falte alguna secuencia como aquélla de la borrachera de helados de su antecesora, y la presencia de Antonio Banderas, totalmente sobreactuado como ameritaba el caso, resulta agradecible.

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