Sonido & Visión

Deep Purple en León: neblina morada

En la época que para muchos ha sido la más importante de la historia del rock (de 1967 a 1972), un grupo se gestaba un poco a la sombra de los privilegiados: era 1968 en Hertford, Inglaterra, y el nombre de Roundabout apenas duró un rato para dar paso a Deep Purple, primero formado por el maestro Richie Blackmore (guitarra), John Lord (órgano, hammond por supuesto) y otros tres músicos que apenas llegaron al mes. Rod Evans (voz), Nick Simper (bajo) e Ian Paice (batería), entraron al quite para dejar listo al quinteto.

Previos covers a canciones de Joe South y Neil Diamond, con esta alineación grabaron Shades of Deep Purple (1968), The Book of Taliesyn (1969), el homónimo Deep Purple (1969) y el fallido trabajo en vivo Concerto for Group and Orchestra (1969). En sustitución de Evans y Simper se integraron Ian Gillan, quien participó en Jesucristo Superestrella, y el bajista Roger Glover, para dar paso a la mejor etapa de la banda que arrancó con su primera gran obra: Deep Purple In Rock (1970), que los colocaba al nivel de contemporáneos tan míticos como Black Sabbath y Led Zeppelin: ahí estaban los elementos prestados del blues en un envoltorio con sello de Heavy Metal aderezados con el virtuosismo en la ejecución.

Lo mejor estaba por venir: el magnífico Fireball (1971) allanó el camino para el clásico Machine Head (1972), trabajo que los colocó, desde ese mismo momento, en la historia recuperable del rock: Smoke in the Water, su canción más famosa, se entrelazaba con sólidos cortes de potentes riffs y construcciones tan directas como inmediatas, no exentas de cierto cochambre. Con Made in Japan (1972), uno de los álbumes más importantes grabados en vivo, se anunciaba el fin de una era que cerraría con Who Do We Think We Are (1973), significativo título de autoubicación en el que ya se percibían las diferencias internas.

Blackmore, Lord y Paice continuaron con el proyecto reclutando a David Coverdale (quien después formaría Whitesnake) y al ex Trapeze Glenn Hughes, para regalarnos los apreciables Burn (1974) y Stormbringer (1974), aún contagiados del periodo anterior aunque sin alcanzar las altas expectativas generadas. En lugar de Blackmore (quien fundó Rainbow) entró al campo Tommy Bolin, un reconocido guitarrista fallecido por una sobredosis tiempo después, para participar en Come Taste the Band (1975), que sellaba esta segunda época de marea púrpura todavía con dejos de profundidad.

El silencio apenas roto por discos recopilatorios y en vivo, se esfumó en definitiva con el bienvenido regreso de la banda vía Perfect Strangers (1984), con cierto tono épico, al que le siguieron el todavía disfrutable House of Blue Light (1987) y Nobody´s Perfect (1988) que recuperaba nuevamente en acción al grupo.

Con algunos intercambios entre Deep Purple y Rainbow, se dejó escuchar el olvidable Slaves and Masters (1990), The Battle Rages On (1993) que marcó el regreso de Gillan, el directo Come Hell or High Water (1994) y ya con Steve Morse en la alineación y sin Blackmore (quien había sido sustituido temporalmente por Joe Satriani), grabaron Perpendicular (1996), Live at the Olympia ’96 (1997) y Abandon (1998), obras de continuidad.

REGRESO DE LA PROFUNDIDAD PÚRPURA

Cuando el asunto parecía finiquitado, Gillan, Morse, Glover y Paice se conjuntaron e invitaron al tecladista Don Airey para presentar tanto Bananas (2003), en donde se muestra una nueva faceta del añejo grupo, como Rapture of the Deep (2005), confirmando que la resucitada iba en serio. Otra vez un silencio de canciones inéditas soslayados por ediciones en vivo y recopilatorios hasta que apareció el sorprendentemente bienvenido Now What?! (2013).

Al exclamativo cuestionamiento de ¿ahora qué procede?, le corresponde una pronta respuesta de contundencia aclarativa: seguir entrándole a los riffs y a las atmósferas de espesura rocanrolera, más allá de modas y tendencias, tal como lo hacen en esta entrega con alineación de antaño y mucha energía por desplegar; de la duda titular no queda más que la admiración.

Además de su obra, el valor de la banda radica en su trascendencia: colaboraron para cimentar las bases del rock duro y han sido influencia para muchos grupos que vieron la luz a finales de los setenta y principios de los ochenta. Los elementos progresivos, en particular durante la primera etapa, y la incorporación de pinceladas de blues en sus trabajos de los setenta, generaron una propuesta que si bien no es reconocida del todo, dejó entrever las posibilidades expansivas del rock y cómo un conjunto de buenas ideas se pueden articular para crear un sonido distintivo, más emanado de la víscera que del intelecto.

La pericia y entrega más que demostrada para los conciertos y la experiencia para sacudir tímpanos (recordar su récord en escandalera), gargantas y melenas (en algunos casos, cada vez menos), se convierten en motivos tentadores para no perdérselos, máxime ahora que están en casa.

 

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