Sonido & Visión

Copa américa: cuadragésima cuarta edición ( I )

Entre tormentas provocadas por las corruptelas en la FIFA, particularmente arreciando fuerte en Latinoamérica, el torneo de naciones más antiguo del mundo ha escuchado el silbatazo inicial. Los gigantes Brasil y Argentina llegan heridos, con diferente nivel de profundidad, después de su participación mundialista; Uruguay es el campeón vigente y se espera que al menos venda caro el título. Colombia se presenta como una potencia que debió haber avanzado más lejos en la copa del mundo y Chile, además de ser anfitrión, se integra por una de sus mejores selecciones en muchos años.

Los otros seleccionados sudamericanos, Paraguay, Bolivia, Venezuela, Perú y Ecuador, aparecen sin demasiadas expectativas, aunque ya veremos si alguno se anima a dar una siempre bienvenida campanada que le viene muy bien a los torneos, evitando así la excesiva predictibilidad, que implica una constante amenaza a la emoción futbolera. De la CONCACAF México vuelve a ser invitado, ya con la etiqueta de frecuente, y Jamaica acude por vez primera con la oportunidad de crecer, codearse con los grandes sudamericanos y, si se puede, ponerle un poco de reggae a la rítmica del torneo.

Antes del silbatazo, un video muestra a un tipo común aparece dominando el balón en Santiago hasta que le da una convincente patada y nos vamos a la recreación coreográfica de los doce participantes, entre luces hiperactivas y acróbatas de flexibilidades imposibles dirigidos por Hansel Cereza, a quien se le conoce por su prominente participación en La Fura dels Baus, intenso grupo teatral autodefinido como de fricción. El Hoko, un ritual guerrero pascuense, invadió el espacio para dar cabida a unas descendentes en globo mujeres-ave Así iniciaba el certamen que se celebra en Chile por séptima ocasión.

EL ANFITRIÓN DA LA BIENVENIDA

El partido inaugural se celebró en el Nacional de Santiago, un estadio que guarda duros recuerdos de la dictadura pinochetista, dado que se utilizó como cárcel para encerrar las voces discordantes del nuevo y tenebroso estado de las cosas: no deja de ser paradójico que el jueves 11, las tribunas se llenaban de libertad y en la cancha se celebraba la posibilidad de compartir, sin olvidar los ecos de dolor que parecen permanecer en los túneles y pasillos, como para recordar que estas formas de abuso, dominación e imposición no deben repetirse nunca más en nuestras sociedades.

Los locales empezaron incisivos, comandados por sus estelares jugadores de exportación a la élite de los equipos europeos: Alexis Sánchez y Arturo Vidal, con notables temporadas en el Arsenal y la Juventus respectivamente, parecían sentirse muy cómodos de regreso a casa, impulsados por el talento en el centro campo de Valdivia, en plan de enganchador. Sin embargo, pasado el vendaval inicial, los ecuatorianos fueron acomodándose en la cancha y dejaban cada vez más claro el mensaje: les va a costar mucho trabajo si quieren ganarnos y en una de esas, los sorprendemos con un contragolpe.

Montero empezó a desbordar por el lado izquierdo y parecía mover la línea del terreno a conveniencia, mientras que el centro del rectángulo experimentaba una explosión demográfica y las llegadas a los arcos empezaban a escasear: pero pronto llegaba alguna genialidad con pases de taquito y desplazamientos en corto como para reanimar un partido que se sofocaba entre la intensidad y el nervio de ser el primero.

Los siguientes 45 minutos iniciaron con la misma tónica hasta que el gol, resultado de un penal entre tonto y dudoso, rompió con la inquietante rutina, motivando a los ecuatorianos para que hicieran lo que se supone saben: estuvieron tan cerca del empate con un remate al travesaño y tan lejos en un mismo instante, cuando en un error le dieron la pelota a Alexis, quien condujo con la seguridad acostumbrada hasta el momento justo de ceder el pase a Vargas, quien resolvió con disparo cruzado, bien pegado al césped para vencer la estirada del larguirucho arquero ecuatoriano.

No fue lucidor pero sí importante: los chilenos se pueden considerar en la siguiente ronda, sobre todo después de ver a los dos rivales que le faltan. Bachelet aplaudía y la gente celebraba, en contraste con las dolorosas imágenes del pasado, rememorando el encierro y el atropello que vivieron sus antepasados cuarenta años atrás, festejando que lograran ver el amanecer del día siguiente.

PARA COMBATIR EL INSOMNIO

El segundo partido del grupo se preveía como uno de los más flojitos del certamen: la maldición del designio se cumplió. Con un México desconectado en sus líneas, atravesado por intenciones dispersas y una Bolivia que le puso empeño, fortaleza y corazón a falta de otros recursos, el partido resultó pantanoso en su mayor parte. El primer medio fue de bostezo prolongado, solamente recordado por un remate al poste de los bolivianos y algún disparo de los mexicanos bien contenido por el arquero.

De carácter esclerótico, ambos equipos hilvanaban las jugadas con mucha dificultad, dependiendo de arranques individuales, lucidores pero inefectivos, o de los errores del rival, que rápidamente eran correspondidos con un fallo semejante. Hacia la mitad de la segunda parte, el equipo mexicano empujó hacia delante, dominó la bola, generó oportunidades y falló de manera lamentable. Los bolivianos sobrevivían como podían mientras veían cómo se diluía paulatinamente su capacidad de respuesta.

Algún penal no señalado, reclamos teatrales del entrenador, un cuanto tanto extraviado entre el insulto de pena ajena y el recuerdo de su absurda participación en la jornada electoral, y un equipo que todavía no alcanza a serlo: como sucedió en el partido, a ver si no es demasiado tarde para construir una idea colectiva. Los jugadores no se dejaron inspirar por la memoria del escenario, el estadio de Sausalito de Viña del Mar, donde México consiguió su primera victoria en la historia de las copas del mundo.

 

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