Sonido & Visión

Copa Oro: los partidos finales

Con el agridulce partido por el tercer lugar, que volvió a jugarse en esta edición, y la disputa por el título, concluyó el controvertido certamen que puede dejar diversos aprendizajes para la mejora de posteriores celebraciones, considerando diversos componentes como la calendarización, la organización, el arbitraje y hasta el comportamiento de las propias selecciones tanto fuera como dentro de la cancha.

Tercer lugar que sabe a poco

Las dos selecciones que jugaron el partido por el tercer sitio no tenían mayor interés por estar en ese partido, aunque por motivos diferentes: los estadounidenses esperaban estar en la final y dada su condición de favoritos del torneo, sabía a muy poco estar disputando el tercer sitio; por su parte, los panameños debían estar en la final, si no fuera por los errores arbitrales que los perjudicaron definitivamente para poder jugar por el título. Estar aquí sabía a menos.

Equivocadamente, según se reportó, los centroamericanos estaban dudando si participar o no en el partido, pero al final privó el profesionalismo. No se puede estar inscrito en un torneo y condicionar la presencia y permanencia dependiendo de las decisiones arbitrales: supongo que si los hubieran favorecido erróneamente, no estarían pensando en faltar a su compromiso de la final.

El encuentro tuvo esa atmósfera característica de este tipo de partidos, en el que prevalece más el recuerdo de la derrota anterior que el deseo e interés por buscar el triunfo posible. Es como cuando se asiste a una reunión de compromiso en la que de antemano se sabe que a ninguno de los involucrados interesa, pero que por alguna razón se tiene que llevar a cabo. Las tribunas del estadio PPL tampoco eran fuente de motivación, pobladas por menos de trece mil aficionados que no alcanzaban a distraer la mirada de los enormes espacios de asientos vacíos.

El primer medio se desarrolló en medio de la apatía, sobre todo por parte de los estadounidenses; como si ambos equipos procuraban que el tiempo se acelerara y todo terminara pronto, el juego se diluyó en un marasmo insufrible. Fue hasta la segunda mitad cuando los panameños, como dándose cuenta que había que poner más empeño en el trámite para finiquitarlo, pusieron un poco de énfasis ofensivo: se fueron al frente en el marcador con gran jugada individual de Nurse, respondida en similar tesitura por Yedlin, quien le dejó la pelota a Dempsey para empatar 15 minutos después.

Más oportunidades para los canaleros que no terminaron en buen puerto y el partido cae en un alargue innecesario que concluye con la tanda de penales, ahora con resultado justo para Panamá después de lo mostrado en la cancha. Estados Unidos terminó una decepcionante presentación y los de Centro América levantan la mano para convertirse en contendientes serios, si mantienen la tendencia, con miras a las próximas eliminatorias mundialistas.

Triunfo sin emoción

La selección mexicana tenía que saltar al campo de juego con la mira puesta en conseguir el título, enajenándose, en la medida de lo posible, del enrarecido entorno que se generó a lo largo del torneo, provocado sobre todo por los errores arbitrales que terminaron favoreciéndola y las voces complotistas que clamaban tanto en el mundo virtual como en el real. Jugadores lastimados y suspendidos, estrellas por debajo de su nivel, un entrenador cuestionado por su comportamiento fuera y dentro de la cancha y un escaso entendimiento colectivo, se sumaban para terminar de intoxicar el ambiente.

Pero si aislamos el partido del contexto, nada más para fines de análisis, resulta que el equipo mexicano dio su mejor exhibición desde que perdió frente a Holanda en el Mundial de Brasil 2014. Fueron quince minutos iniciales de confusión, como padeciendo por el recuerdo de la forma en la que se llegó a estas instancias. Pero a partir de ahí, la selección empezó a jugar de acuerdo con lo esperado desde el inicio del certamen, mostrando conexiones funcionales, autoridad en el campo y versatilidad: sin dejar que la pelota se ensuciara con el césped del campo, el soberbio gol de Guardado, su mejor hombre, coronaba el dominio logrado hasta el momento.

Para la segunda parte, Jamaica se olvidó de la forma en la que había jugado todo el torneo y empezó a enseñar las armas, motivo por el cual debió quedarse con diez hombres pero el juez, quizá influido por las marcaciones de sus colegas, optó por guardarse las tarjetas contra los de amarillo. Un error cercano al silbatazo para reanudar, bien aprovechado por Corona, le brindó a los mexicanos una mayor tranquilidad y al partido una pérdida de intensidad, acentuada por otro fallo de la defensa para que el Cepillo anotara el tercero y dictara sentencia casi definitiva al resultado del encuentro, cuando todavía faltaba media hora de partido.

Al cotejo le empezó a suceder muy poco y a 10 del final, los caribeños anotaron el de la honra que podría convertirse en el del impulso, pero en realidad fue más producto de una descolgada individual que de un esfuerzo colectivo orientado a buscar la igualada épica. Dos equipos desconocidos según lo mostrado en el torneo ahora fueron reconocibles por su historia. Para Jamaica y su traslúcido líder alemán puede ser otra experiencia de aprendizaje capitalizable en las eliminatorias por venir, empezando a entender que no solo de fuerza y habilidad esporádica vive el triunfo.

En el estadio Lincoln de la ciudad que huele a tradición independentista, México obtuvo se décima copa del área y endulzó, al menos de momento, el amargo desempeño mostrado durante la mayor parte de esta edición: cuando ganamos, tampoco sabemos si debemos festejar, como cuando vivimos la habitual combinación de jugar bien y terminar perdiendo que nos ha acompañado desde hace muchos torneos, particularmente en los que participa la selección mayor que esperamos se comporte como tal de aquí en adelante.

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