Sonido & Visión

Copa Oro: las extrañas semifinales

El jugador de los Estados Unidos Michael Bradley calificó al torneo como ridículo, pero no por los participantes o los partidos, sino por la organización: encuentros muy seguidos, viajes largos, climas poco favorecedores y hasta una cama de paso natural sobre el artificial, dejando el terreno de juego como un rival a vencer por el cansancio de correr en una especie de colchón. Por lo visto, habría que sumar el nivel arbitral y las discutibles reacciones provocadas por la frustración de sentirse timado.

PREMIO A LA CONSISTENCIA, CAÍDA DEL FAVORITO

En duelo de alemanes, los caribeños enfrentaban a los norteamericanos, contendientes principales para llevarse el título a pesar de su limitado desempeño en las fases previas. Como en un encuentro musical, el partido prometía ser una exuberante combinación sonora entre el reggae, el soul, el country, el jazz, el blues y la electrónica, sobre todo por la latente posibilidad de que Jamaica diera la sorpresa, dado lo demostrado en anteriores encuentros.

El partido empezó con precaución y pocas aproximaciones a puerta; ninguno se mostraba claro dominador y las fuerzas se neutralizaban en una melodía más bien de rítmica entrecortada. Pero quien más se veía concentrado en el partido y aplicándose en la medida de sus capacidades, fue el equipo que abrió el marcador con un cabezazo impensable cuyo origen fue un saque de banda: contribución del arquero y los Reggae Boyz rompían el cero pasada la media hora.

Y como para que no quedara duda, cinco minutos después vía lucidor tiro libre cual impredecible línea llena de off beats, se ponían en ventaja por dos anotaciones, sin que se verificara una respuesta de los favoritos, misma que llegó pronto en la segunda parte, apenas iniciadas las acciones. Un bombardeo continuo con toda la artillería estadounidense que no tuvo buena dirección o que se encontró con el imprevisible arquero caribeño, se desplegó durante el tiempo restante, con alguna respuesta peligrosa de Jamaica.

El silbatazo final sentenció la sorpresa: después de participar en la Copa América de manera digna y mantener un nivel parejo a lo largo del certamen, los hijos ilustres de Bob Marley llegan a su primera final a ritmo de dub con la sólida estructura del tecno alemán que le ha dado sustento al habitual caos futbolero de los jamaiquinos, que si bien puede producir genialidades esporádicas, no siempre alcanza para ganar. Ahora sí.

VICTORIA PÍRRICA

El equipo mexicano empezó jugando bien, buscando los circuitos de acceso con paciencia y buen toque de balón, aderezados con un par de aproximaciones, no peligrosas pero funcionando como advertencias. Los panameños metidos en su juego con exceso de fuerza y precauciones contra un rival que no lo ameritaba. Una expulsión exagerada a los veinte minutos funcionó al revés para los equipos: los centroamericanos se aplicaron a fondo y los mexicanos flotaron de manera desesperante durante toda la primera parte, dando su exhibición más pobre quizá desde el Mundial.

El segundo medio no cambió el estado de las cosas. Un partido sumamente recortado por faltas, actitudes de los jugadores de ambos cuadros que se alejaban del juego limpio y un ambiente completamente enrarecido. Los panameños se mostraban más peligrosos con centros al área que casi siempre ganaban aunque estuvieran en inferioridad numérica, mientras que los mexicanos estaban desenchufados, como si la imaginación los hubiera abandonado y nada más estuvieran ahí por instrumentos, siguiendo instrucciones confusas.

El gol de Panamá resultó un premio justo al equipo que por lo menos, con todo y el déficit numérico, se mostraba más interesado y comprometido con la pelota: la historia de hace dos años se repetía, sobre todo porque no aprendemos de ella. Todo hubiera terminado ahí si no fuera por otro error del juez, que había manejado mal las faltas y las tarjetas, marcando un penal inexistente a punto del final que generó dilemas poco frecuentes en el desarrollo de un partido: ¿Seguir jugando o abandonar la cancha? ¿Intentar anotar o fallarlo a propósito?

Un festín para los amantes del complot: con lógica lineal y sin pruebas, se dice que México debe llegar a la final por cuestiones económicas. Lo que yo vi y sé es que el árbitro se equivocó de manera garrafal; ha sucedido en contra y a favor y no conozco que alguien tenga pruebas de que el silbante fue corrompido. Entre la leyenda y la realidad, siempre elige la leyenda, decía John Ford, porque es mucho más interesante. Claro que se puede especular pero sin dogmatizar, porque entonces se cancela la posibilidad de análisis y diálogo.

Después de la trifulca, se jugaron los tiempos extra más anticlimáticos que yo recuerde: todos incómodos, unos enojados y otros (espero) apenados; el partido de fútbol se convirtió en una especie de funeral para el interés del público. Para rematar, otro penal a favor de México de ésos que estarán en la polémica y Andrés Guardado finiquita un partido que se quedará en la memoria por las peores razones. La sombra de la sospecha le puede hacer mucho daño a un torneo completamente mejorable pero importante para el área.

No estoy seguro que funcione la estrategia de la NFL de revisar ciertas jugadas clave y darles la oportunidad a los entrenadores de pedir un par de revisiones, pero lo que no entiendo es por qué no se pilotea la idea. Es evidente que los árbitros están rebasados. Qué extrañas semifinales.

 

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