Sonido & Visión

Copa América (II): equilibrios inesperados

 La segunda jornada del torneo enfrentó a las dos selecciones del Río de la Plata ante rivales que en el papel parecían víctimas propiciatorias, como para tener un buen arranque de torneo.

BIENVENIDA A LA SELECCIÓN DE JAMAICA

Por primera vez en su historia, la selección caribeña se presentaba ante la sociedad sudamericana para participar en el torneo ahora continental. De los paraísos veraniegos del Caribe, directamente a la entrada del invierno andino, como si se tratara del invitado exótico que nadie conoce y que tendrá que empezar a socializar, dejando atrás temores y timideces. El responsable de recibirlos en su primer encuentro es, ni más ni menos, que el campeón defensor, el usualmente imprevisible equipo uruguayo, comandado por el siempre sabio técnico Tabares y el férreo capitán Godín como referente de la vieja garra.

En el escenario del estadio Bicentenario Calvo y Bascuñán de Antofagasta, los uruguayos saltaron a la cancha en plan dominador pero sin demasiada trascendencia en la zona definitiva, quizá extrañando la ausencia del castigado Suárez, mientras que los debutantes contenían con disciplina las aproximaciones y se daban tiempo, muy de vez en vez, de lanzarse en contragolpe: el saldo de la primera parte fue de escasa llegada.

Muy pronto en el segundo tiempo, el Cebolla Rodríguez anotó el gol en tiro de esquina, aprovechando un recentro de Giménez: para sorpresa de muchos, los comandados por el alemán Schäfer reaccionaron positivamente, lejos de sumergirse en algún estado depresivo: la entrada de Lance Laing le resultó al ex seleccionador de Camerún y las amenazas vinieron primero por aire y después por tiro libre, pero no se concretaron. Los charrúas también tuvieron un par de opciones y con lo mínimo se llevaron los tres puntos, aunque para los reggae boyz fue un debut más que digno.

Si un partido se presta para escribir múltiples relatos, vale la pena recordar el cuento Puntero izquierdo (1955), escrito por el uruguayo Mario Benedetti y publicado originalmente en la revista Número: se trata de una breve mirada, desde la perspectiva de un jugador, de las dificultades que se viven en las canchas amateurs ante los rivales, las hinchadas agresivas y los mafiosos de siempre buscando modificar los resultados a su antojo. Se dice que fue uno de los textos que abrió el interés de escritores y lectores para aprovechar el fútbol como materia prima transformada en la escritura de cuentos, ahora mucho más común que hace cincuenta años.

RECUPERACIÓN PARAGUAYA

El primer tiempo confirmaba las predicciones: la selección argentina es la favorita y el rival a vencer, sobre todo porque se les notó, por fin, que tienen necesidad de triunfo, en particular un Messi que dejó de caminar, como en el Mundial, para confirmar su estatus de mejor jugador del mundo. Fue agobiante la presión y el manejo de balón de los pamperos, empujando el desarrollo del partido en la cancha paraguaya. Los dos goles llegaron en forma circunstancial: un error de la defensa y un penal más provocado por el escurridizo Di María que por el rival.

No se veía mayor oportunidad para los paraguayos, pero gracias a que estamos frente a un deporte deliciosamente imprevisible, los comandados por Ramón Díaz soltaron amarras y empezaron a darse cuenta que podían competir. Una jugada atropellada resuelta con gran disparo de fuera del área confirmó el despertar de quien parecía totalmente superado. Y de ahí, a buscar el empate frente al bajón de juego de los argentinos, que llegó hacia el final del encuentro, cual premio a la disposición de seguir en la batalla a pesar de contar con mucho menos recursos que tu rival.

El gran escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, quien tuvo que irse de su país natal por la dictadura y después de Argentina por la misma razón, hubiera disfrutado enormemente esta bravía reacción de la selección de su patria, como cuando narró una voltereta de ensueño, con dejos de fantasía, en el relato El crack, publicado en Cuentos de fútbol (1995), colección prologada por Jorge Valdano.

El autor de Yo el Supremo (1974) fue apoyado por el histórico arquero Chilavert para una operación de corazón y vinculó a la escritura con este deporte de manera exquisita: “Se juega con los pies, pero evidentemente el fútbol no nace ahí, sino de un cerebro que está manejando esas potencias. Así como salen de la cabeza las palabras para un soneto magnífico, también salen de la mente jugadas fabulosas”.


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