Sonido & Visión

Capitán Phillips: sobrevivencia entre dos mundos

De la apaciblemente helada Vermont a las convulsamente calientes costas somalíes, donde también el trabajo escasea y las amenazas exigen ganancias cada vez más a punta de ametralladora, sin importar los riesgos implicados: el llamado primer mundo, metido de lleno en los procesos de globalización que no han cumplido con la promesa de acercar las oportunidades a todos los rincones del planeta, se encuentra con las duras realidades de las naciones pobres, donde hasta los criminales pueden escoger entre candidatos sin alternativas. Claro, un enorme barco mercante puede ser invadido por una lancha que apenas se mantiene a flote.

Basada en las vivencias reales del protagonista convertidas en libro escrito a cuatro manos por el propio Richard Phillips, junto a Stephan Talty, de título A Captain’s Duty: Somali Pirates, Navy SEALS, and Dangerous Days at Sea, coescrita por Billy Ray (Los juegos del hambre, 2012) y dirigida por el británico rescatador de episodios intensos Paul Greengrass (Resurrected, 1989;La teoría del vuelo, 98); Capitán Phillips (EU, 2013) recrea con amplia perspectiva el secuestro en el 2009 del Maersk Alabama, un barco mercante desarmado que trasladaba mercancía por el rumbo de las costas del este africano, por parte de cuatro piratas somalíes.

Desde luego, resulta paradójico que se sea un buque con ayuda alimentaria dirigida al continente más empobrecido del planeta, el que haya sido abordado y tomado por un grupo reducido de piratas postmodernos (sin más ideología aparente que el dinero), sobre todo por la reflexión que suscita el colonialismo, deslizada en uno de los diálogos con respecto al saqueo de las materias primas, en este caso dentro del ámbito de la pesca, como se advertía en el documental La pesadilla de Darwin (Sauper, 2004). En este sentido, estamos frente a una cinta que invita más al análisis social que a la emoción inmediata.

El desarrollo dramático se sustenta en la difícil relación que se establece entre el capitán, conocido como el irlandés, y el líder de los asaltantes, siempre debatiéndose entre lograr simplemente hacer un negocio discreto y esperar mucha más ganancia de la ofrecida, mientras que busca evitar daños a terceros. Pero queda claro que hay de jefes a jefes: aunque el capitán tenga razón al decirle al secuestrador que todos tenemos mandos superiores a quien rendirle cuentas, resulta difícil la comparación por la naturaleza de las organizaciones en las que se inserta uno y otro.

Ya no son los de garfio y perico en el hombro enviados por la realeza, sino los que van para satisfacer la necesidad apremiante o la ambición desmedida, según sea el caso. De los piratas imperiales, nos vamos a los delincuentes que padecen/aprovechan las desigualdades provocadas por los imperios y optan equivocadamente por delinquir como forma de seguir adelante: sabemos que el riesgo de morir en estos lances es muy alto, como les sucede a los miles de jóvenes en nuestro país que ven con salidas decoradas de falsa ilusión. De ahí la sorpresa del capitán, ciudadano estadounidense, al ver que uno de ellos era prácticamente un niño.

SABER CONTAR UNA HISTORIA CONOCIDA

La vertiginosa labor de edición, cortesía del habitual Christopher Rouse, dota a la cinta de un dinamismo angustiante, integrando las secuencias de los diversos escenarios, con todo y cuidadoso lenguaje marítimo, en los que se desarrolla la acción con puntual sentido de una lógica estructural capaz de involucrarnos hasta el cuello con los acontecimientos y destinos de los sujetos: aunque sepamos el desenlace, la intensidad se mantiene en crecimiento dado el puntual énfasis en el desarrollo no solo de las circunstancias laberínticas, sino en la construcción de los propios personajes y las relaciones que se tejen entre ellos.

La cámara en mano de carácter documental permite considerar las diferentes perspectivas, a tono con la intención de la narrativa en la que se le brinda voz y rostro a todos los involucrados y no nada más al héroe protagónico: en este caso, también los delincuentes tienen motivaciones y presentan angustias. De inicio, sigue al matrimonio en la camioneta (Hanks y Catherine Keener) desde un volátil primer plano para después contrastar los espacios abiertos con una mirada claustrofóbica al interior de las diferentes embarcaciones, cual contextos cerrados en los que se mantiene una tensión abrasadora.

Notable el trabajo de casting: además de la poderosa interpretación de Tom Hanks, regresando a un papel exigente que pone a prueba su capacidad para expresar diversos registros emocionales, la selección del cuadro actoral, encabezada por Barkhad Abdiy secundada por Faysal Ahmed (de agresión intimidante), así como el resto de ambas tripulaciones, le imprime un realismo ya característico en las obras de Greengrass, incluyendo aquéllas que se desarrollan con base en materiales de ficción como las de la saga Bourne (2004 / 2007).

La perspectiva política del coescritor de Omagh (Travis, 2004) y claramente expresada en La ciudad de las tormentas (Green Zone, 2010), basada el libro de Chandrasekaran, centrándose en cómo se fue tejiendo la farsa de las armas para invadir el país azotado por una dictadura y ahora envuelto en el infierno de la democracia disfuncional, vuelve a presentarse como telón de fondo del drama del secuestro y de cierta forma de terrorismo, temáticas revisitada por el propio director en Domingo sangriento (2002) y Vuelo 93 (2006), acercándose al retrato de una realidad dolorosamente convulsa.

La música acezante de Henry Jackman potencia, sin caer en artificios, el sentido de las diferentes secuencias, desde las que implican una brutal subida de energía, hasta las que invitan al desestructurante reposo reflexivo, justo cuando uno se pregunta acerca de cómo el curso de la vida puede cambiar dramáticamente. Mundos en colisión representados por hombres que buscaban, cada uno desde sus contextos, cumplir con su trabajo.

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