Sonido & Visión

Blur: cuando el ocio se convierte en magia

La invasión inglesa no termina, afortunadamente. Nadie como ellos para hacer rock: como si ya se convirtiera en un asunto genético. A diferencia del fútbol, que si bien los ingleses lo reglamentaron, otros países han logrado llevarlo a un territorio estético distinto, como Brasil o Argentina. Pero si pensamos en la música más popular desde mediados del siglo XX, necesariamente aparecen ineludibles agrupaciones británicas por borbotones, al igual que si miramos a los mejores jugadores de la historia y vinieran a la mente varios pamperos y cariocas.

Para muestra, este botón que tomó por asalto la década de los noventa y que todavía, a estas alturas del partido, ha regresado para confirmar su estatus en la bulliciosa escena del siglo XXI. Hacia 1989 en Londres, el creativo tecladista, letrista privilegiado para la ironía y vocalista Damon Albarn formó un grupo llamado Seymour, junto al versátil y enjundioso guitarrista Graham Coxon y al bajista Alex James, a quienes se les unió poco después el baterista Dave Rowntree.

Ya renombrados como Blur y cargando con toda la tradición del rock inglés en algunas de sus múltiples variantes, debutaron con Leisure (1991), en el que se incluía She's So High, su primer sencillo, asomándose cierta psicodelia y la búsqueda de un ámbito propio de expresión con claras influencias de Stone Roses y Happy Mondays. Un debut que esbozaba un estilo por desarrollar y una propuesta visual entre retro y luminosa, expresada desde la portada misma.

El cuarteto asumió muy pronto la bandera, junto a Oasis, del movimiento conocido como Britpop, ampliamente difundido por aquellos años. Con el rompedor Modern Life is Rubbish (1993), mostraron una evolución estilística cargada de ciertos ingredientes tomados del postpunk y un mayor riesgo en la arquitectura instrumental que anunciaba el despegue definitivo cuyo destino fue Park Life (1993), disco imprescindible de los años noventa que colocó al grupo en el lugar que todavía hoy ocupa: como los perros embozados en plena carrera de la carátula, el objetivo aparecía claramente identificado.

Ya en la cúspide grabaron The Great Escape (1995), homónimo del clásico film de John Sturges, que pronto se convirtió en otra obra de escucha obligadacon ecos plenamente identificables de sus grandes referentes como The Kinks, The Jamy, por supuesto, de The Beatles; en este disco, síntesis de tradiciones y contemporaneidades, se despliegan composiciones que van de la belleza melódica de The Universal (mi favorita) al dinamismo contagiante de Charmless Man y Country House.

La banda cerró el siglo con los dignos Blur (1997), su obra menos británica con Beetlebum y Song 2 como piezas tutelares, y 13 (1999), luciendo portada diseñada por Coxon, como para echar el resto y empezar a voltear hacia otros derroteros, impulsado por canciones que anticipaban apertura a otras propuestas estilísticas como la prolongada Tender, sustentada por coros de probada negritud, o hacia un estilo construido a través de los años, como la inmediatamente reconocible Coffee & TV.

CONTINUIDAD

Think Thank (2003) fue la presentación de la banda en el nuevo milenio, ya acusando ciertas tensiones que al parecer alcanzaron a incidir en el resultado, dadas las diferencias entre los enfoques de Albarn y Coxon, quien solo firmó su participación en una canción. Con todo, el álbum se ubica cercano al nivel del resto de la discografía, sobre todo porque a estas alturas resultaba difícil que con semejante talento presente una obra del grupo desmereciera, no obstante las contrastantes críticas de las que fue objeto.

Claro que después vinieron el silencio, los caminos en distintas direcciones y la aparente ruptura, matizada por un trío de joyas para coleccionistas: Midlife: A Beginner's Guide to Blur (2009), tour doble para conocer clásicos y rarezas; Blur 21 (2012), caja interminable conformada por 18 CD y 3 DVD, y Parklive (2012), disco doble en vivo que captura a la banda en el Hyde Park londinense brindando un concierto en el contexto de los Juegos Olímpicos celebrados en aquella ciudad.

Coxon siguió con una notable trayectoria solista que ya cuenta con ocho álbumes de estudio y Albarn se convirtió en hombre multiproyectos, incluyendo el famoso combo de estética caricaturesca conocido como Gorillaz, entre otras muchas apuestas que denotan el talante tan inquieto como creativo de este músico cada vez más abarcador con la mira puesta en manifestaciones igual de África que de China.

Pasaron doce años para que se reunieran a grabar canciones nuevas, pero lo hicieron, y en grande. Originado en Hong Kong, The Magic Whip (2015) es una obra que transita con una detallista calma, como si de un brillante artefacto se tratara en el que todos los engranajes, de sutilidad y precisión pasmosa, funcionaran tanto independientemente como siendo parte del conjunto. Las canciones, en efecto, parecen labradas a mano con cuidado y sensibilidad, trastocando el estilo noventero pero respetando su esencia. Por momentos nos podemos sentir en un viaje íntimo al cosmos, látigo mágico en mano para hacer del ocio un arte del transcurrir.

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