Sonido & Visión

Artefactos afectuosos o el espíritu en la máquina

En el futuro próximo, la soledad sigue merodeando la vida de las personas y se encuentra instalada en sociedades cuyo desarrollo tecnológico ha permitido crear otras entidades capaces de interactuar y tomar decisiones. Las necesidades de afecto y compañía, desde luego, no han desaparecido, aunque quizá sí las posibilidades para satisfacerlas. O a lo mejor, paradójicamente, resulta más difícil.

Un romance entre los byte y las células

Escrita con sensibilidad poética y dirigida a partir de una narrativa de contrastación visual y emocional por Spike Jonze (¿Quieres ser John Malkovich?, 1999; El ladrón de orquídeas, 2002; Donde viven los monstruos, 2009; Pretty Sweet, 2012), profuso realizador de cortos y videos musicales, Ella (Her, EU, 2013) es un retrato de los avatares románticos de Theodore, un hombre solitario, en pleno proceso de divorcio que parece refugiarse en su trabajo como una especie de Cyrano posmoderno.

Amablemente dialoga con algún compañero de trabajo y frecuenta a una pareja con quien mantiene una amistad, además de tener alguna cita presencial con alguna mujer (Olivia Wilde) o algún encuentro sexual en el mundo de la virtualidad para sobrevivir al insomnio, sin ninguna trascendencia. Se siente como un extraño en una comunidad que parecería proporcionarle todo lo necesario para ser feliz o, al menos, para evadir la sensación de tristeza.

En estas circunstancias, el protagonista de sonrisa melancólica siempre acomodándose los lentes, decide contratar un sistema operativo diseñado a modo del usuario. Con dos preguntas de entrada sobre el grado de sociabilidad y la relación con la madre, se configura el servicio, una vez definido el sexo. De esta manera, Theodore va construyendo un particular vínculo con su nueva compañera, una voz que habita en los gadgets del usuario y que empieza a incorporar emociones humanas y, por ende, necesidades afectivas.

Gracias al conmovedor guion, a la creación de atmósferas vaporosas y a las actuaciones tanto del gran Joaquin Phoenix, integrando los matices físicos y psicológicos de su personaje, y de Scarlett Johansson dándole voz al sistema operativo autonombrado como Samantha, la relación se vuelve inverosímilmente creíble, con todo y los diversos momentos por los que atraviesa la mayor parte de los romances: de la efusividad al enamoramiento y de ahí a la necesidad de control, la posesividad, los celos, los malos entendidos, los egoísmos, la angustia de la pérdida y la euforia de la recuperación.

La exploración de los nexos más allá de la entidad corpórea, remite a las ideas futuristas acerca de la cada vez menos necesaria realidad física para la humanidad, aunque en este caso, Samantha busca adquirir esa realidad corpórea justo para humanizarse y no solo quedarse en las emociones: las diferencias en las realidades físicas de cada uno parecen no afectar la evolución de la pareja, disfrutando de paseos, pláticas nocturnas y escucha de canciones propias.

La inserción de los flashbacks para mostrar los episodios diversos con su ex esposa (Rooney Mara), los diálogos sostenidos con la amiga (Amy Adams), los videojuegos para paliar la ausencia de compañía y las tomas transicionales transcurridas en los elevadores, o a través de los recorridos por las calles con pantallas promocionales y gente conectada con algún aparato, expresan la dificultad para mantener lazos emocionales y entender que no hay amor programable ni persona que termine por ser exactamente como se quiere, ni siquiera dentro del universo de la inteligencia artificial.

Justo en estas secuencias se imbrica el sutil piano solitario, los teclados brumosos o las íntimas cuerdas de Arcade Fire, contribuyendo con un score pertinente para un filme que se desarrolla también en interiores, remitiendo a contextos amables, armónicos y reposados: las ventanas de colores de la oficina contrastan con los tonos azules de la recámara y con las grisáceas miradas hacia la gran ciudad. Los rojos de la pantalla y de las camisas, usadas además de otras vivaces tonalidades, destacan como indicativo de las pasiones expresadas y contenidas, además de los usos de la iluminación para mantener el tono apacible y cálido de los entornos.

Cierta nostalgia esperanzadora se simboliza a través del reposo de la cabeza en un hombro amistoso para sobrellevar el abandono, quizá para saber que el misterio del amor no puede ser resuelto ni por sistemas operativos súper avanzados, casi de espíritu humano: al contrario, al final ellos también sucumben frente a sus inexplicables codificaciones porque difícilmente se puede vivir sin la experiencia de amar y sentirse correspondido. Acaso el reencuentro puede darse en un mundo inmaterial, aún inexplorado por las nacientes sensaciones entretejidas.

No solo se trata de explorar lo que más nos gusta de la pareja, sino de cómo convivimos con lo que menos nos parece de ella. Las emociones reales se sienten pero también se trabajan y se mantienen, sobre la idea de la exclusividad acordada y convencida: el entendimiento mutuo no es asunto de un momento, sino de una reconstrucción cotidiana y de ahí la dificultad para seguir adelante. Incluso después de la ruptura hay espacio para el perdón sin intenciones reconciliatorias y para reconocer todos los logros alcanzados en conjunto: el amor como un libro que se escribe y se habita en medio de las palabras pero que en cualquier momento puede darse por concluido.

Una obra maestra del drama romántico que demuestra la inacabada posibilidad de continuar ensanchando los géneros fílmicos.

Una amistad entre la memoria y la complicidad

Con guion de Christopher D. Ford y dirigida con solvencia por el debutante Jake Schreier, Un amigo para Frank (Robot &Frank, EU, 2012) es una entrañable historia familiar en la que un viejo ladrón de joyas con problemas de memoria (Frank Langella, notable) establece un fuerte vínculo afectivo con un robot (voz humanoide de Peter Sarsgaard), proporcionado por su hijo (James Marsden) para cuidarlo en su soledad.

Entre la visita de su hija (Liv Tyler) y la amistad que establece con la bibliotecaria (Susan Sarandon), este hombre intentará renovar sus viejas habilidades, mientras que va reconstruyendo las relaciones que suponía finiquitadas. Un filme de espíritu independiente cuidadosamente escrito e interpretado que consigue provocarnos sentimientos hacia un personaje de metal sin gestos pero con mucha disposición para la amistad. Como a su dueño, que termina por verse reflejado en él.

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