Articulista Invitado

Estimado Carlos Navarrete:

No omito señalar que soy miembro de la misma corriente interna a la que tú perteneces... Decir lo que pienso con franqueza y sin condescendencia es un acto de honestidad, respeto y compañerismo. Cuento con que así lo entiendas.

Lo primero es entender y lo segundo, no engañarse. La ciudadanía expresó su molestia y hartazgo con el sistema político castigando a los partidos dominantes de distintas maneras y, en no pocos lugares, votando por candidatos independientes, famosos o partidos emergentes, propiciando muchas e inesperadas alternancias. Eso sucedió en el DF y mal haríamos en minimizar el golpe recibido, en obviar la autocrítica y en ignorar los retos que implica el ultimátum que nos pusieron los ciudadanos.

Es verdad que el PRD sigue siendo la tercera fuerza política del país, que los votos del 7 de junio definieron que nuestro partido gobernara a más de 15 millones de personas frente a 2 y medio de Morena y que en bastiones como Michoacán, Tabasco, Guerrero, Morelos y Oaxaca se ratificó con claridad nuestra hegemonía en la izquierda. Pero hoy no nos sirven consuelos ni justificaciones; nada resultaría más nocivo para el partido que caer en la autocomplacencia, así sea tenue y ligera. Necesitamos cambiar de raíz.

El problema de fondo es que el PRD se ha ido mimetizando con un sistema político de insultantes privilegios, opacidades y malos resultados que se aceita con corrupción y conflictos de interés; por eso muchos mexicanos nos ven como parte de lo mismo. Nuestro primer dilema es si recuperamos la esencia con la que nació el partido y volvemos a ser instrumento eficiente de transformación o persistimos en convertirnos en una opción más del statu quo.

Teníamos en puerta la elección más difícil y compleja en la historia del PRD por la división de la izquierda, la participación de Abarca en la represión y desaparición de normalistas de Ayotzinapa, la salida de Cuauhtémoc Cárdenas y otros personajes, la mala calificación de algunos gobiernos, los escándalos que quedaron en impunidad, la Línea 12, etc.; pero en los hechos se impuso la inercia, se ninguneó la adversidad y se despreció a la opinión pública con la soberbia del aparato.

La autocrítica es un acto de responsabilidad y hacerla no le da la razón a quien desde el 8% se asume vocero del pueblo. Reaccionamos tarde y de manera insuficiente a los hechos de Iguala, pero eso es efecto de la misma causa. Ahora, nuestros poderes fácticos ya no son "los caudillos", sino algunos gobernantes que tienen una concepción patrimonialista del poder, al grado de heredar el cargo y acumular otras candidaturas con incondicionales, sin cuidar perfiles y excluyendo a quienes no lo son.

En lugar de vigilar que los gobiernos perredistas den resultados y cumplan con sus compromisos, así como con el programa y los principios del PRD, éste se volvió franquicia a su servicio, en virtud de la influencia que tienen en las elecciones internas. Y peor en algunos de los estados donde somos oposición y el gobernador incide en las decisiones de nuestro partido.

La dirección que presides leyó mal el escenario electoral. El momento era para polarizar con el gobierno federal y convertir los comicios en un referendo sobre la gestión de Peña Nieto. Pudimos concretar una alianza parcial con el PAN que habría puesto en graves aprietos al PRI, pero se optó por la dispersión de la oposición que no solo le permitió al oficialismo mantener la mayoría en la Cámara, sino que abrió la ruta del voto de castigo por sobre el útil en muchas entidades.

Nuestro error no fue construir acuerdos en lugar de apostar al fracaso del país, sino avergonzarnos de ellos ante el embate inquisidor y no haber salido a defenderlos con firmeza, renegando de nuestra convicción socialdemócrata. La reforma educativa es una necesidad apremiante y de elemental justicia social, porque la educación pública es un elemento privilegiado de equidad: su mala calidad deja a los más pobres sin herramientas para dejar de serlo. Las reformas constitucionales en telecomunicaciones, en sistema anticorrupción y en transparencia, así como la ley general de ésta, son avances indiscutibles. Incluso la impopular reforma fiscal resultó ser un salvavidas para las maltrechas y recortadas finanzas públicas.

Votamos contra las reformas que consideramos lesivas para el país, como la laboral y la energética, detuvimos la privatización del agua, exigimos investigaciones a la casa blanca de las Lomas y los contratos de Higa, entre otras muchas cosas. Es decir, actuamos en el Congreso como una oposición firme, pero constructiva y responsable, algo que no se supo comunicar.

Que el PRD comparta con los demás partidos los vicios del sistema y que la otra izquierda sea igual, pero más hipócrita, no es consuelo ni exime nuestras fallas. Existe un innegable hartazgo respecto a la clase política que se hizo sentir en esta elección y es de esperarse que crezca para la disputa por la nación en 2018. El ánimo social expresado en los resultados es presagio de lo que vendrá; el nuevo escenario no admite contemplaciones y exige actuar con audacia. Ya inició la sucesión presidencial y el tiempo apremia.

El PRD debe poner su registro al servicio de la sociedad sin demagogia. Llamemos a la construcción de un amplio frente opositor con participación de otros partidos, pero también y muy especialmente de la sociedad civil y ciudadanos en lo individual. En un espacio abierto e incluyente discutámoslo todo: programa para un gobierno de coalición; agenda legislativa; organización y coordinación; procedimientos para elegir candidaturas. O somos promotores de la ola contra el establishment que se avecina y buscamos darle sentido democrático, garantista e inclusivo para que se construya algo mejor y se evite el riesgo del autoritarismo populista o esa ola barrerá también con nosotros.

Estamos obligados a ser generosos y abrirnos de par en par. No permitamos que el proyecto de una izquierda plural, tolerante y democrática naufrague por ambiciones particulares que, además, se sostendrían en el aire, porque si no reinventamos al partido faltarán los votos para satisfacerlas. Seamos parte de la convocatoria a un espacio amplio, abierto y horizontal en el que ninguno tenga que formarse detrás de nadie y no existan candidaturas preconcebidas e inamovibles.

Impulsar un polo opositor no significa deslavar nuestras posiciones. La salida de la izquierda conservadora quitó cualquier pretexto. Digamos con voz clara y fuerte que estamos por que las mujeres puedan interrumpir legalmente el embarazo y no arriesguen su vida ni su libertad; que las parejas del mismo sexo puedan contraer matrimonio en cualquier lugar del país sin necesidad de ampararse; que cambie la fallida y trágica política contra las drogas y se abra paso a la regulación; que los enfermos terminales puedan decidir sobre cuándo poner fin a su vida si consideran que ya es indigna e insufrible; que nunca más se atente contra la libertad de expresión. Luchar por las libertades y los derechos humanos es tan importante como hacerlo contra la desigualdad y la corrupción.

Urge transformar profundamente al partido y éste ya no aguanta otro evento de gatopardismo. Las corrientes no promueven el debate de ideas, como se pensó, y la lucha por intereses facciosos ha debilitado aún más lo que de por sí era ya una endeble institucionalidad. Para que tenga credibilidad una nueva etapa del PRD debe haber renovación del discurso político y de cuadros dirigentes que se sostengan en sus pies y no sean incondicionales de los líderes de sus facciones. Eso también debe ser tema de un congreso refundacional que defina, entre otras muchas cosas, la permanencia o no de la actual dirección.

No omito señalar, Carlos, que soy miembro de la misma corriente interna a la que tú perteneces y que sin el apoyo de ésta no habría tenido la maravillosa responsabilidad de servir a mi país como legislador, algo que mucho agradezco. Decir lo que pienso con franqueza y sin condescendencia es un acto de honestidad, respeto y compañerismo. Cuento con que así lo entiendas.

Sin más por el momento y esperando que esta carta sirva a la reflexión colectiva, te mando un fuerte abrazo con mis consideraciones.

* Diputado federal y consejero nacional del PRD