Articulista Invitado

Absurdo, culpar a los consumidores

El crimen es tan poderoso como sus recursos y las drogas son su negocio más rentable; es correcto pensar en quitarles ese negocio, pero eso se logra terminando con el prohibicionismo.

En los primeros años del sexenio de Felipe Calderón, quien decidió escalar la llamada “guerra contra las drogas”, desde el oficialismo se aseguraba que la espiral de violencia desatada era síntoma del éxito de la estrategia y que los criminales estaban perdiendo, aduciendo que el salvajismo creciente no era otra cosa que los estertores de los cárteles, muestra de su desesperación.

No tardó mucho para que ese optimismo se extinguiera ante la multiplicación de muertos, desaparecidos y desplazados sin que la producción, el tráfico y el consumo disminuyeran, de hecho se incrementaron. Ante el innegable fracaso de políticas públicas vinculadas al prohibicionismo, se pretende absolver al Estado, y en particular al gobierno federal —responsable legal del combate al narcotráfico—, culpando a los consumidores.

El propio Felipe Calderón, al final de su mandato, reconoció que la estrategia punitiva no estaba dando resultados y llamó a considerar, si el consumo en Estados Unidos y Europa no se reducía, “otras alternativas”, así como la realización de una Asamblea Especial de la ONU para tratar la política de drogas, misma que tendrá verificativo en 2016 (UNGAS).

Por su parte, Enrique Peña Nieto declaró al diario El País: “La demanda que hemos hecho ya nosotros es que revisemos el tema, sentémonos a debatir sobre el tema, a revisar la política que hemos seguido en los últimos 30 o 40 años y que a la postre solamente ha arrojado mayor consumo y mayor producción de drogas. Por tanto, es una política fallida. Hay que revisar eso. Insisto, yo no estoy a favor de la legalización, es un tema de convicción personal. Sin embargo, tampoco podemos seguir en esta ruta de inconsistencia entre la legalización que se ha dado en algunas partes, sobre todo en el mercado del consumidor más importante, que es EU, y en México sigamos criminalizando la producción de mariguana”. (9 de junio, 2014)

Ambos, ex mandatario y Presidente, estuvieron en lo correcto al llamar a considerar un cambio de política si ésta no funciona y resulta muy costosa —en todos sentidos— mantener, además de que desentona con los cambios que están ocurriendo en el mundo, sobre todo en nuestro vecino, principal consumidor y socio comercial.  Cierto, falta poner manos a la obra y pasar del discurso a los hechos, pero en nada ayuda echarle el peso de la responsabilidad moral a los consumidores, máxime cuando uno de los consensos que se están construyendo es dejar de perseguirlos y sacarlos de la cárcel como un primer paso en el cambio de paradigma.

No eludo el argumento. El crimen organizado es tan poderoso como sus recursos y las drogas ilegales son el negocio más rentable que tienen. En ese sentido es correcto pensar en quitarles o disminuirles al máximo el negocio. Pero eso se logra terminando con el prohibicionismo y no peleándose de manera vana y contraproducente con la condición humana, como está históricamente demostrado. El uso recreativo de drogas ha acompañado a la humanidad desde que nació y terminará cuando desparezca.

Siempre ha fracasado el prohibicionismo que, por cierto, es relativamente reciente si tenemos una mirada histórica. Lo mismo en la Rusia zarista en el siglo XIX, donde prohibieron el café, o en los 20 del siglo pasado en Estados Unidos con el alcohol o en la “guerra contra las drogas” declarada por Richard Nixon en 1971, que escaló la violencia para enfrentar al narcotráfico. El error es creer que prohibir es prevenir. Se debe entender que de lo que se trata no es que las personas se abstengan de consumir drogas ilegales porque no se pueda, siempre se puede, sino que no lo hagan porque no quieren o si deciden consumirlas lo hagan de manera responsable.

Nadie, en nuestra sociedad, vive sin drogas, solo que el prejuicio hace que no se consideren como tales cuando son socialmente aceptadas, como el alcohol, o se consiguen en el mercado o en la farmacia, con o sin receta. La decisión que determinó cuáles drogas son legales y cuáles ilegales no se hizo con base en una discusión médica o científica sino en, buena medida, caprichosa. Eso explica que hayan prohibido a la mariguana, más inocua que el ya mencionado alcohol y que el tabaco.

Muchas personas asumen con razón que no necesitan que el Estado les reconozca el derecho a decidir sobre su cuerpo y su sistema nervioso para ejercerlo. Mientras no afecten a terceros debe ser su decisión. Sería mucho más barato y efectivo utilizar recursos para prevenir con educación, información, políticas de desarrollo social que incluyan empleo, deporte y cultura para los jóvenes que los que actualmente se utilizan para sostener una guerra que, está visto, no se puede ganar y por la cual ha muerto más gente que por el consumo de todas las drogas ilegales juntas. 

Los usuarios problemáticos que siempre son los menos —la mayoría no son ni delincuentes ni adictos— y que requieran atención médica deben recibirla sin violentar sus derechos humanos, y no como sucede actualmente en no pocos centros de rehabilitación forzosa que existen en México.

Dudo mucho que quienes hoy enfocan sus baterías contra los consumidores, al grado de culparlos de los infames crímenes de Iguala-Cocula contra los normalistas de Ayotzinapa, se allanaran a la abstinencia si fuera prohibido el alcohol o el tabaco, sobre todo cuando se han resistido a cumplir la regulación sobre espacios libres de humo. Pero, de cualquier manera, deben saber que es inútil endosar la carga moral al consumidor y, más que repartir culpas, se deben encontrar soluciones. En ese sentido, saludo la convocatoria del gobernador Graco Ramírez para discutir la despenalización de la producción, comercialización y consumo de la mariguana. Y, agregaría yo, de una vez su regulación.