Neteando con Fernanda

La trampa de la normalidad

Muchos considerarían que Silvia tiene una vida perfecta. Además de ser muy guapa, tiene un trabajo donde trata con gente interesante, ha viajado a varios países y ha tenido miles de pretendientes. Una situación que, sin duda, envidiarían varias. ¿Cuál es el problema? El problema es que Silvia no lo ve así.

Hace unas semanas comentaba en este espacio lo difícil que es definir la normalidad a propósito de la película Código Enigma (Imitation Game). El guionista Graham Moore, en su discurso al recibir un Oscar por el mejor guión adaptado, comentó que cuando tenía 16 años trató de suicidarse porque se sentía raro, diferente, que no pertenecía.

Esta necesidad de ser “normales” nos trae grandes dolores de cabeza. Quizá no todos quienes se sientan diferentes piensen en el suicido como opción; sin embargo, hay muchos a quienes deprime el no tener una vida “normal”. Y más grave aún, es que esta necesidad de “ser normal” les impide apreciar lo bueno de su vida. Como consecuencia, viven insatisfechos porque pasan los años y cada vez es más difícil “ser normal”.

Hace unos años escribí un artículo titulado “Lo perfecto, es enemigo de lo bueno” que hablaba de la gente que, por buscar la perfección, deja de ver lo bueno. Lo mismo sucede con la “normalidad”. Ésta búsqueda impide que apreciemos las ventajas que existen en nuestra vida “anormal”. Para empezar habría que entender que es injusto e inútil comparar dos cosas que no sean idénticas y entre los seres humanos tal cosa es imposible. Después viene el problema de definir lo que es “normal”, en dónde y para quién. La “normalidad” es muy relativa. Quizá algo que es “normal” o común en Suecia puede no serlo en España, ello a pesar de que ambos países están en Europa.

El problema es que esta trampa de la normalidad causa mucho daño. En la infancia y adolescencia empezamos a burlamos del “raro”. Desde luego que a fin de no ser objeto de burlas, buscaremos ser “normales” a toda costa. En un inicio es la apariencia, —no queremos desentonar con nuestros pares— y después por nuestras aficiones y estilo de vida. Si nuestras decisiones nos llevan por otros derroteros que nos alejan de la “normalidad”, nos sentimos de alguna manera “defectuosos”. 

¿Cuál es la rareza de Silvia? A diferencia de todas sus compañeras de la escuela, ella no se ha casado. Si ella se compara con sus amigas de la infancia siente que sale perdiendo. Piensa que ellas se llevaron lo mejor parte y que a ella le tocó la parte complicada de la vida. “Ellas están bien casadas”, dice lamentándose Silvia. “De nada me sirvió haber estudiado y estar en la escolta ni ganar el varios concursos de belleza”. Silvia no está sola en esto. Hay muchas personas a quienes les gustaría casarse, aunque fuera brevemente, ya que un divorcio las salvaría de lo que consideran “anormalidad”.

Lo que ella no ve es que su soltería le ha permitido hacer muchas cosas con las que sus amigas de la escolta probablemente sueñen. Pudo estudiar dos carreras en dónde conoció a muchas personas interesantes que hoy se cuentan en sus amistades. El no tener compromisos le permitió tomar cursos en el extranjero con lo cual conoció varios países. Ha tenido puestos de trabajo muy interesantes y muchos pretendientes, entre ellos, un galán del cine nacional.

Paradójicamente, si pudiéramos meternos en la cabeza de esas personas que consideramos “normales”, quizá nos daríamos cuenta que su vida no es tan perfecta como pensamos y que envidian muchas cosas que sus amigas “anormales” tienen. Quizá nos enteraríamos que consideran que sus vidas son “aburridas” comparadas con otras y desearían algo de “anormalidad”.

Medirnos conforme a lo otros dictan no es muy útil ni sensato que digamos. Si no cumplimos con esos cánones, nos condenamos a la infelicidad ya que será prácticamente imposible que podamos reconocer lo que funciona bien en nuestra vida. El problema, en realidad, se resume en que al comparar, uno saldrá perdiendo y otro ganando.

Ante la pregunta de si mejor llevar una vida considerada “normal”, no hay una respuesta correcta. No es un tema de mejor o peor. No hay tal cosa como una vida “normal”. Lo que existe es el camino recorrido con base en nuestras decisiones. Encontrar lo positivo en ellas, reconocer lo que funciona y cambiar lo que nos aleja de nuestras metas. Habría que entender que no estamos en este planeta para ser normales, sino felices.

 

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