Neteando con Fernanda

El traje nuevo del emperador

Decir lo que pensamos es difícil. Aún más complicado cuando es diferente a lo que piensa la mayoría. Resulta más fácil callarse —calladita te ves más bonita— y no opinar, que arriesgarnos a expresar nuestros pensamientos que no se parecen a lo que muchos piensan. El sentirse como “aceituna en pastel de fresas” no es cómodo ni agradable. Imaginen comentar en una fiesta de rockers que te gusta la música pop. Hay que tener demasiado valor o inocencia para confesarlo. La pesadilla de resistir la presión de grupo, tristemente no se acaba con la adolescencia, nos acompaña toda la vida. 

El pensar diferente que la mayoría no quiere decir que estemos equivocados. Es más, existe una amplia posibilidad de que estemos en lo correcto. Las mayorías se equivocan frecuentemente. Basta ver ciertas decisiones que toma  una mayoría y que han resultado ser un grave error.  Sin embargo, en el momento en que hay que hablar, nadie quiere o puede hacerlo. En esas situaciones recuerdo siempre el cuento del escritor danés Hans Christian Andersen El traje nuevo del Emperador. Supongo que todos, en diversas situaciones, hemos estado al igual que la multitud, dándonos cuenta de que el rey está desnudo, que fue engañado por un par de bribones, pero aplaudiendo a su paso sin decir nada. Dudando de nosotros mismos, temerosos que expresar nuestra opinión, en vez de decirle que se han aprovechado de su ego e inseguridades y que ha sido engañado vilmente. Cuando finalmente alguien se atreve a decirlo, respiramos aliviados; pero con cierta envidia ante su valor.

Lo cierto es que no tiene por qué ser verdad lo que todo el mundo piensa que es verdad. Ni tenemos necesariamente que estar de acuerdo con lo que piensan los demás. De hecho, pensar diferente es una gran ventaja. La semilla de muchos de los grandes inventos está en esa manera de cuestionarse las verdades “inamovibles” y pensar diferente a la mayoría.

Hay un elemento de tiranía en las mayorías. Por ello, cuestionar a una mayoría o a alguien con autoridad requiere de valor. Primero porque para ello hay que tomar decisiones y ser responsables de ellas y sus consecuencias y después, porque hay que sustentar nuestras afirmaciones. Opciones que no son ni socorridas ni fáciles. Asumir nuestra responsabilidad es siempre más difícil y cansado que culpar a alguien más, o, mejor aún, tener un culpable integrado por una masa impersonal en la que ni siquiera hay que personalizar al culpable. “Todos dijeron que eso era lo adecuado”, “todos querían ir”, etc.

Muchas veces lo que hay que cuestionar, no es una mayoría, sino un “experto” que nos dice, por ejemplo, que tal o cual libro es buenísimo y hay que leerlo, o que tal o cual película es una maravilla, y tenemos que verla. Por su experiencia y conocimiento, nos cuesta trabajo contradecirlos aunque tengamos buenas razones para hacerlo.

Los Premios Oscar de alguna manera cumplen esa función. Si una película recibe muchas estatuillas tiene el respaldo de los miembros de la Academia y por lo tanto de muy buena calidad. Sin duda, en su mayoría, quienes lo reciben merecen ese reconocimiento, pero no siempre es así. Hay que recordar existen películas como Titanic que recibieron un sin fin de estatuillas y hay otras películas que apenas recibieron una estatuilla –o ninguna– y son muchísimo mejores.

Resulta mejor arriesgarse y ver esa película que queremos, o leer ese libro que teníamos ganas a pesar de que los expertos los hayan alabado o desacreditado. Así podremos sacar nuestras propias conclusiones. Hace poco leí un libro halagado por la crítica y la verdad no me gustó. Debí haberlo dejado en la página 100 o 150 y leer otra cosa, pero leí las 350 restantes solo para tratar de entender la razón de tanto halago. No la encontré y perdí tiempo al leer algo que no estaba disfrutando.

En estos tiempos en los que nos domina la tecnología, el decir “confía en tu intuición” suena como algo muy raro. Sin embargo, es justo lo que necesitamos. Hay que hacer un alto para cuestionarnos, examinar lo que pensamos y confiar en nosotros mismos y nuestras conclusiones. Seguramente, más de una vez nos toparemos con emperadores desnudos disfrazados de propuestas políticas, películas, obras de teatro, libros, canciones o lo que quieran. Es mejor atreverse a señalar que algo está mal, que temer a las mayorías. La tentación de de caer en el borreguismo es grande, pero en ciertas ocasiones el confiar en otros puede llevarnos al barranco.

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