Neteando con Fernanda

Mi tía Inés

Con cariño para la familia Armida y la familia Verea

 

Siempre me habían parecido un poco peligrosas esas frases de que debemos tratarnos como hermanos, y cosas por el estilo. El ser hermanos no es garantía de cariño, compasión y, valga la redundancia, hermandad. Seguramente el que acuñó esa frase no tenía hermanos o no había oído hablar de la rivalidad fraterna que ha existido desde Caín y Abel. Durante mucho tiempo levanté una ceja cuando escuchaba la dichosa frase sin darme cuenta de que tenía frente a mis narices, en Las Titas, el mejor ejemplo de amor fraterno y la importancia de los pequeños detalles.

Mi tía Inés era la mayor de seis hermanos; un año y algunos meses mayor que mi madre. Desde niñas fueron inseparables. Compartían la misma habitación, juguetes y amigas. Iban juntas a la misma escuela. Rieron, lloraron, se casaron, tuvieron hijos y nietos. Se ayudaron en
las diferentes etapas de su vida: Inés fue el pilar para mi madre cuando se divorció y mi mamá la cuidó como nadie cuando ella enfermó. Se dieron lo mejor de cada una a la otra. A todos nos causaba gracia que después de haber estado trabajando juntas durante toda la mañana, se llamaban por la tarde y, a veces, también por la noche. Cuando mi tía Inés tuvo su primer nieto, en vez de abuela la llamó Tita. Cuando mi madre tuvo al suyo, recibió, por supuesto, el mismo apodo. De ahí que dentro la familia les llamáramos Las Titas.

Mi tía Inés, era muy guapa y amable. Se daba siempre tiempo para escuchar a todo el mundo. No recuerdo haberla escuchado hablar mal de nadie. Entendía los problemas y trataba de solucionarlos, sin juzgar. Fue una hija modelo, una gran esposa, la mejor de las hermanas, madre y abuela. Sus amigas y primas la adoraban. Era la persona a la que todos acudíamos cuando teníamos problemas o necesitábamos un consejo. Por su cercanía con mi madre, fue muy cercana también para mí y mis hermanos. No sé si el término “segunda madre” aplique en este caso, pero siempre fue muy querida y especial. Era como un gran árbol cuya sombra nos cobijaba a todos.

Quienes la conocimos, podemos atestiguar que tenía una gran fortaleza espiritual. Desafortunadamente, no podemos decir lo mismo de la física. Su cuerpo no era muy sano. Batalló, desde muy joven, con el lupus, psoriasis, inyecciones de cortisona, medicamentos contra el cáncer. A pesar de los dolores, el cansancio y las molestias, no era quejosa ni chantajista. Aceptaba el dolor de buena cara, sin dramas. Durante los dos últimos años las cuestiones médicas se agravaron. En 2012 pasó casi un mes en el hospital. Nos pegó muchos sustos, pero dijo que todavía no estaba lista para irse y se aferró a la vida, y dio una gran batalla hasta que el jueves por la noche murió rodeada de sus cinco hijos a los 77 años.

Sabíamos que esto pasaría tarde o temprano. Después de todo, lo único que tenemos seguro es la muerte y, además, Inés llevaba mucho tiempo enferma, con las defensas muy bajas y para complicarlo todo le dio neumonía; sin embargo, el que lo hayamos sabido no hizo más fácil su despedida. Mi tía Inés fue una mujer fuera de seria que nos dejó una gran herencia: el ejemplo de una vida bien vivida, y eso es un tesoro. Es un buen ejemplo que lo extraordinario no es necesariamente enorme o imposible, como subir el Everest; sino hacer pequeñas cosas para quien la necesitara en todo momento.

Mientras estaba en el velorio y veía todas las muestras de cariño, recordé las palabras de Matthieu Ricard acerca de la felicidad y el altruismo. La felicidad no está en las cosas materiales. El hacer algo por los demás, tener esa compasión es lo que nos hace sentir bien, nos da felicidad.

A pesar de que sabemos que es cierto, nos damos poco tiempo para ser altruistas. Estamos tan ocupados persiguiendo la chuleta, estirando el dinero, resolviendo problemas, que nos queda poco tiempo para nosotros mismos y los demás.  Al hacerlo, cometemos un gran error, porque aunque innegablemente lo material es importante, es obvio que necesitamos comida y un techo para vivir, también es importante ese alimento para el alma, que es el altruismo.

Con Inés es fácil ver el efecto positivo que su manera de ser tuvo en todos quienes la rodearon, hijos, nietos, amigos, familiares. Por supuesto que la recordaremos siempre, pero la mejor manera de recordarla es tratar de seguir su ejemplo: ver por los demás, pensar en el otro, tratar de ser buenos amigos, hermanos, hijos, padres; buenos mexicanos. Finalmente, como dice ese estribillo de la canción “The End” de los Beatles: el amor que nos llevamos es el mismo que hicimos. (And in the end, the love you take is equal to the love you make).

 

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