Neteando con Fernanda

¿En serio es mi culpa?

Me responsabilizo por lo que digo, no por lo que ustedes entienden. Don Miguel Ruiz

 

En alguna de las geniales tiras cómicas creadas por Quino, Mafalda le pregunta a Susanita la razón por la cual tenía unas inmensas ojeras. Susanita le responde que encontró en un misal una frase que decía: “Mea culpa”, desde luego, eso no le gustó y pasó a la noche en vela buscando en el misal una frase para poder endilgarle la culpa al otro. De sobra está decir que no la encontró.

La tentación de evadir nuestra responsabilidad es grande; sin embargo, lo que es tan gracioso para los niños y por su edad se entiende es absolutamente ridículo para los mayores. El que un adulto culpe a otros de sus reacciones no es solo infantil, sino irresponsable y bajo. Cada uno es responsable de cómo reacciona ante lo que nos sucede. Es parte de ser adultos, y aunque a todas luces es absurdo seguir excusándonos con frases  que usábamos en el jardín de niños como: “Ella empezó”, “Fue su idea” o “Es que él me dijo”, en ocasiones lo seguimos haciendo. Quizá las palabras sean diferentes, pero los pueriles argumentos para justificar nuestros arrebatos son básicamente los mismos:

“Es que tú me provocaste… Yo reaccioné así por tu culpa, te pusiste muy belicosa”.

“Bueno, sí, te engañé, pero no fue mi culpa, es que tú me habías descuidado”. 

“Ella se lo buscó. Mírela cómo va vestida…”,

“Sí, firmé el contrato que te perjudica, pero era un machote”.

Cuando escucho estas frases pienso: ¿Hablarán en serio? ¿No sabemos de sobra que debemos respetar a hombres y mujeres independientemente de cómo vistan? ¿De verdad pretenden que alguien a quien le fueron infiel se disculpe por haberlos “descuidado” y asuma la culpa de esa infidelidad? ¿O, peor tantito, que les  pidan perdón por haberlos hecho enojar justificando sus insultos o violencia? En el fondo, no es importante, ya que aún y si el agredido justifica esas acciones, seguimos siendo responsables.

En cada relación, ya sea laboral, romántica, familiar etc. cada uno debe responsabilizarse por lo que aporta y también por las reacciones ante los actos de la otra persona. Si tu pareja te ignora, es egoísta o es infiel, puedes hablarlo, ir a terapia, dejarla, ignorarla de vuelta o lo que sea. Lo que no puedes hacer es justificar tu mal carácter o agresiones por ello. Lo mismo sucede en el ambiente laboral. Independientemente del mal humor de tu jefe, no puedes justificar el darle un puñetazo. Una traición, como en el ejemplo del contrato, no se puede justificar diciendo que “era un machote”.  Eso no importa, lo que importa es que eligieron firmar ese acuerdo sabiendo que perjudicaban a otros.

Tus reacciones no dependen de lo que hacen o dejan de hacer los demás, sino de tus valores. Sí, el prójimo tiene la capacidad de hacernos perder la cabeza, ponernos de malas, decepcionarnos, etc. pero nosotros debemos controlarnos a pesar de que en esos momentos la Ley del Talión sea la opción más apetecible. El que te hayan lastimado no justifica la agresión o violencia. Existen otras opciones. Bien podemos contar hasta 10 o salir a correr 10 vueltas a la cuadra hasta que se nos pase el enojo, encerrarnos o —mi favorita— esperar a calmarnos para tomar decisiones. 

Un equivalente en la política es el desgastado “No politicen el asunto”. Lo hemos escuchado tanto últimamente que parecería que entre la clase política lo que está en boga es no dar la cara y justificar sus atropellos victimizándose. Ejemplo reciente de lo anterior es Marcelo Ebrard: “¡Es una artimaña del PRI! ¡Quieren politizar el asunto!”. Más allá de si sus adversarios políticos aprovechan el asunto, el hecho es que hay una línea del Metro que costó una fortuna y que en su mayoría (ya sea por corrupción o incompetencia) no sirve. Como jefe de Gobierno que encargó esa obra, es su responsabilidad aclarar y responder hasta las últimas consecuencias.

Culpar a otros puede salvarnos momentáneamente ante los ojos de otros; sin embargo, independientemente de que lo neguemos hasta el cansancio, dentro de nosotros sabemos que somos responsables, no se puede evadir. Por otra parte, si logramos no ponernos en el mismo nivel de quien nos ofendió, lastimó o defraudó, la satisfacción es mucho más grande y duradera de la que nos hubiera dado ese puñetazo que nos abstuvimos de dar. Eso se los puedo asegurar.

 

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