Neteando con Fernanda

El sano escepticismo

Se suele representar a la diosa de la justicia con una balanza en la mano y una venda en los ojos. Esta venda representa la objetividad, ya que se debe juzgar el hecho, sin importar quién lo cometió. No hay favoritismos independientemente de la posición social, dinero o poder de quien se juzga. La verdad debería seguir la misma suerte de la justicia. Es decir, debería escucharse y ser valorada sin importar quién la dice. Tristemente en ninguno de los dos casos sucede: la justicia no siempre es imparcial y también es cierto que le damos el valor a las palabras dependiendo de quién las dice.

Un buen ejemplo de lo anterior fue el caso del poema La marioneta, de Johnny Welch, El Mofles, que fue atribuido a Gabriel García Márquez hace unos años. El poema circulaba por internet (recuerdo que recibí varios correos electrónicos) alegando que lo había escrito tras habérsele diagnosticado de cáncer. El encabezado del correo generalmente decía: Lee esta maravilla.  Finalmente, el mismo García Márquez negó la autoría del poema. ¿Hubiera circulado de la misma manera citando a su autor original? Lo dudo. Ya que generalmente le damos más peso al autor del mensaje, que al mensaje en sí. La credibilidad es importante. ¡Ah, lo dijo fulano o mengana! Y punto. Es cierto por el solo hecho de haber sido expresado por esa persona.

La credibilidad es tener la cualidad de “creíble”, de merecer ser creído. Es importante recalcar que esta cualidad es independiente de la veracidad del mensaje. Cuando pensamos que los dichos de alguien merecen crédito, no importa qué tan descabellado, ilógico o contradictorio sea lo que digan, probablemente les demos un voto de confianza. Si alguien contradice lo dicho por esa persona, nos cuesta mucho trabajo creerles.

Creer en alguien toma tiempo. No encargaríamos algo importante a un desconocido, de la misma forma que tampoco le creemos a cualquiera. Para depositar esa confianza tenemos que conocer a la persona y saber que además puede desempeñar el cargo que le asignamos. En algunos oficios, la credibilidad es imprescindible. Los políticos y los periodistas o comunicadores deben resultar creíbles, de lo contrario sus trabajos pierden importancia. Es difícil que un político sin credibilidad obtenga muchos votos en las elecciones, mientras que un periodista o comunicador, en la misma situación, no tendrá aceptación por parte del público. Esa credibilidad que toma tanto tiempo construir,puede destruirse en unos minutos. Y una vez que se ha perdido, recuperarla es una labor titánica. Si has perdido la credibilidad, a pesar de que digas las cosas más sabias y veraces, lo más probable es que tus interlocutores no lo crean.

Vivimos en tiempos marcados por la desconfianza; cuesta trabajo creer lo que nos dicen. Dudamos en especial de quienes ejercen el poder. La falta de credibilidad gubernamental no es nueva y tampoco gratuita. Un sano nivel de desconfianza es positivo. Nos librará de creer en estafadores y embaucadores. La gente se molesta cuando pedimos fundamento a lo que dicen o que nos muestren documentos que avalen su solvencia, pero es consecuencia de haberle quitado valor a la palabra. Vivimos en la época de “papelito habla”. Tonto es quien confía en la palabra dada. Creer en lo que dice un funcionario público es, además, políticamente incorrecto. Dudar de sus palabras nos hace parecer inteligentes e inquisidores, lo contrario nos hace parecer simplones o ingenuos.

No podemos creer en todos pero tampoco podemos vivir en un perpetuo estado de desconfianza. Tanta sospecha termina por enfermarnos. ¿Qué hacer? Ante esta situación creo que la clave está en no ser crédulos o desconfiados, sino tener un sano escepticismo. Debemos aprender a poner atención al mensaje en sí y dejar a un lado nuestras creencias sobre la persona que lo dice para escuchar el mensaje. La primera vez que entendí la virtud del escepticismo fue cuando leí El Quinto Acuerdo. “Sé escéptico, pero escucha, porque debajo de esas mentiras está la verdad”, dicen Don José Ruiz y su padre Don Miguel.

Es sano dudar de todo, hasta de las mentiras que nos contamos a nosotros mismos (especialmente esas); sin embargo, tenemos que aprender a escuchar. Y esto se relaciona también con ese sano periodo de reflexión del que hablábamos aquí hace unos días. Nos apresuramos a juzgar y a etiquetar, lo que nos lleva a grandes equivocaciones.

Buen domingo a todos.

 

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