Neteando con Fernanda

Nostalgia por una carta

Hace un par de días, mientras esperaba el elevador, vi a una mujer asiática con un sobre en la mano; era blanco con el característico borde azul y rojo. ¡Una carta! Pensé con una mezcla de nostalgia y, hay que confesarlo, envidia. Hace años que no recibo una carta personal; suena terrible, pero creo que desde el siglo XX. En su mayoría lo que llega por correo son notificaciones de bancos u ofertas de tarjetas de crédito. Nada interesante. Ver a la mujer con su sobre en la mano me remitió a ese año que estudiaba inglés fuera de México a finales de los años ochenta y que las cartas eran el único contacto con los míos. En esa época, los correos electrónicos eran algo reservado para una élite y el telégrafo, reservado para felicitaciones o malas noticias. Las largas distancias eran carísimas y si hablaba a casa eran unos pocos minutos al mes. Así, recibir cartas era motivo de alegría. Todavía conservo muchas de las que me escribieron en ese año y, hace poco, un amigo suizo me envió por DHL las cartas que le escribí y que había guardado durante tantos años.

¡Ding! Llegó el elevador. Seguía mirando la carta e imaginando a su autor y el contenido: “¿quién se la habrá escrito?”, me preguntaba, “algún romántico, sin duda, porque pudiendo enviar un texto, elige enviar una carta y seguramente es sobre algo importante porque ¿quién se va a tomar la molestia de escribir a mano, buscar un sobre, sellos y enviarla por correspondencia, para mandar cualquier tontería?”

Si bien en su momento no los comprendí, ahora valoro los rituales de la comunicación epistolar. Buscar un momento tranquilo, concentrarse para tratar de plasmar sobre el papel nuestras alegrías y malos ratos, describir el lugar dónde nos encontramos, los nuevos amigos, nuestras actividades. Si esa carta que escribíamos era la respuesta de otra que nos habían enviado la releíamos un par de veces para entrar en la misma sintonía y responder atinadamente a las preguntas que nos habían hecho.

Debo confesar que cuando llegaron los correos electrónicos a mi vida, hace unos 20 años, sucumbí a su encantó. Con solo presionar el botón de enviar, las palabras viajaban por el ciberespacio para llegar casi al instante a su destinatario. Nada de esperar semanas por respuestas ni de sufrir porque las cartas se perdieran en el correo. Si había un error en la dirección, inmediatamente recibimos notificación del problema para poderlo enmendar. Y la caligrafía ya no era un problema. Al contrario, diversos tipos de letra para escoger y, de pilón, corrector ortográfico en la punta de los dedos. Sin duda muchas ventajas. Tantas, que se calcula que cada día se envían 269 billones de correos electrónicos y recibimos en promedio 121, de los cuales abrimos algo así como 35 por ciento.

Los correos fueron dejando paso a los mensajes por SMS y luego por WhatsApp. Si bien son de gran utilidad para comunicar algo breve o para poner de acuerdo a un grupo, también es cierto que son fuente de malentendidos porque son escritos (y leídos) a gran velocidad, generalmente sin puntuación, y los emoticones muchas veces no son suficientes para comunicar la emoción que queremos manifestar. Desafortunadamente, a pesar de su innegable utilidad, no tienen el encanto de una carta o correo electrónico. La existencia humana es frágil. Vale la pena tomarse el tiempo de escribir a quienes nos importan. La palabra escrita queda ahí para ser leída y releída en días lluviosos. Un tesoro.

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