Neteando con Fernanda

¿Qué $%& es normal o perfecto?

Para Copitos. Gracias
por el regalo de su amistad.

 

Alerta: Si no ha visto la película Código enigma (Imitation Game), por favor no lea este artículo, ya que contiene avances de la trama.

 

La semana pasada vi la película Código enigma. Tiene grandes actuaciones, dirección, etc. Adoré el guión de Graham Moore, que narra la historia de ese gran hombre que fue Alan Turing (interpretado por Benedict Cumberbatch), padre de la computación. Para mí, la joya de la corona fue la reflexión de Joan Clarke, que en la película interpreta Keira Knightley, sobre el amor:

Joan: Alan, ¿qué pasa?

Alan: No podemos seguir comprometidos. Tus padres tienen que llevarte a casa y buscarte un marido en otra parte.

Joan: ¿Qué es lo que te pasa?

Alan: Tengo algo que decirte. Soy… Soy homosexual.

Joan: Está bien.

Alan: No, no, hombres, Joan. No mujeres.

Joan: ¿Y qué?

Alan: Acabo de decírtelo.

Joan: ¿Y qué? Tenía mis sospechas. Siempre las he tenido, pero nosotros no somos como los demás. Nos amamos a nuestra manera y podemos tener juntos la vida que nosotros queramos. ¿Que no serás el marido perfecto? Te prometo que yo no tengo la menor intención de ser la esposa perfecta. No voy a estar preparando tu cena todo el día mientras tú estás en la oficina. ¿Cierto? Voy a trabajar. Tú trabajarás y tendremos nuestra mutua compañía. Tendremos nuestras mentes.  Suena como un matrimonio mejor que el de la mayoría. Porque te quiero y me quieres. Y nos entendemos el uno al otro como nadie lo ha hecho jamás”.

Cada historia de amor es diferente y es conveniente reflexionar en ello ahora que estamos en el mes del amor y la amistad. ¿Quién dicta qué es lo normal, lo ideal o perfecto? Es solamente un acuerdo social sobre cómo deben ser las cosas. Establecemos parangones y pretendemos que todos vivan de acuerdo con ellos: a los 25 años debes de haber terminado los estudios, a los 30 estar casado, a los 40 tener una casa propia y un largo etcétera. Las relaciones siguen la misma lógica: deben ser una forma establecida y esperamos conocer al hombre o mujer “perfectos”. Levantamos una ceja cuando alguien no se ajusta a los criterios que consideramos “normales”.

La normalidad o perfección no existen per se. Lo que es perfectamente normal en alguna parte del mundo es absolutamente anormal en otras: la poligamia por ejemplo. En algunas partes del mundo lo común es que un hombre tenga legalmente más de una esposa, mientras que en otras latitudes la misma conducta es severamente castigada por la ley.

Hemos llegado a acuerdos sociales para establecer qué es bello y qué no lo es. Las lonjitas que enloquecían a Rembrandt hoy no solo están pasadas de moda, sino que son enemigas de la belleza. En el siglo XXI nadie pensaría que se tiene un cuerpo perfecto con unas redondeces así.

Definimos como perfección algo que no tiene fallas y somos nosotros mismos quienes definimos lo que es una falla. Basados en estos acuerdos y definiciones nos juzgamos y también a los demás. Vemos las cosas “bellas”, “normales” o “perfectas” porque así lo hemos acordado. Quizá esto funciona para la mayoría, pero no es justo aplastar a quienes no les funciona el acuerdo general.

Nuestros conceptos de belleza, perfección y normalidad son limitados y van estrechándose de manera alarmante. La globalización exige que vivamos en un mundo homogéneo donde el vencedor impone su visión del mundo. Estos conceptos limitantes nos hacen sentir cada vez peor, ya que es difícil vivir y cumplir las expectativas que dicta la sociedad y hacer todo correctamente o by the book, como dicen los angloparlantes. Sufrimos porque no tenemos el cuerpo perfecto, la pareja o la relación perfecta, no nos consideramos bellos y nos sentimos como unos perdedores si no hemos hecho todo de acuerdo con los parangones que establece la sociedad.

Afortunadamente son acuerdos y pueden cambiarse. Podríamos elegir ver la belleza en todos y reconocer la perfección de muchas situaciones o eventos en vez de juzgarlos como “raros”. O cambiamos nuestro concepto de perfección y normalidad, o nos sentiremos siempre vacíos, no merecedores, raros, lo cual es un auténtico desperdicio del regalo que es la vida.

Termino con otra frase de la película, cuando Joan visita a Alan, casi al final de su vida: “¿Sabes? Esta mañana estaba en un tren que pasa por la ciudad que no existiría si no fuera por ti. Compré un boleto de un hombre que probablemente estaría muerto, si no fuera por ti. Leo, en mi trabajo, todo un campo de preguntas científicas que existen gracias a ti. Ahora, si tu desearías haber sido normal… te prometo que yo no. El mundo es un lugar infinitamente mejor precisamente porque no lo fuiste”.

 

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