Neteando con Fernanda

El hábito, ¿hace o no hace al monje?

El hábito, ¿hace o no hace al monje? Por supuesto que no debería de hacerlo. Ser o no un monje es algo más profundo que un pedazo de tela; sin embargo, le damos tanta importancia a las apariencias, que necesitamos ver el hábito para creer que es un monje. Hay quienes están convencidos de que para ser exitoso tienes que parecerlo. Por eso hay quienes tienen un auto fuera de su presupuesto, que tardarán mucho en pagar, y deben muchas mensualidades de un reloj y una pluma carísimos. No podemos creer que un profesionista que destaque en su ramo tenga una oficina o consultorio viejo y feo en un edificio modesto en un barrio no muy elegante de la ciudad.

Además de la importancia que le damos a las apariencias, tenemos unas ideas preconcebidas de cómo debe verse alguien con determinada profesión. Eso fue lo que le pasó a una amiga cuando fue a un concierto y apareció por ahí el compositor Kike Santander (autor de éxitos como Azul). Ella tenía toda una construcción mental de cómo debería verse un compositor y cuando lo miró alto y bien plantado, con un look de banquero, hasta dudó que fuera él. Tenemos unos estereotipos clavados de cómo debe verse un compositor de música: “Bohemio, barba y ropa algo descuidada. Nada de marcas o etiquetas para ellos”. No imaginamos que un compositor pueda parecer un banquero con un saco y corbata a la última moda.

Tampoco imaginamos a un banquero que llegue a trabajar con una guayabera o una camiseta negra y look de rockero, aunque sea un genio de las finanzas. ¿Y si nos gusta vestirnos así independientemente de nuestra profesión? ¿Tenemos que adoptar el look de abogado, o banquero si lo somos? ¿Es nada más un convencionalismo social?

Si lo pensamos, es absurdo que le demos tanta importancia a las apariencias, a tener un reloj caro cuando no lo podemos pagar, o un auto para que los demás piensen que somos “alguien”. Finalmente, las apariencias terminan por caer y, tarde o temprano, los demás se darán cuenta de que podemos tener una pluma muy bonita o un coche elegantísimo, pero que estamos llenos de deudas. Además, cuando hacemos gastos para mantener las apariencias, ¿qué tanto nos gusta realmente el objeto y qué tanto es por la marca o por lo que representa? Alguna vez escuché a una mujer decir —para  apantallar a quienes la escuchaban— “Yo solo uso vestidos Armani en las bodas”. A lo que otra persona le respondió: “Esa es una de las cosas que dejas que la gente se dé cuenta,  pero que no necesitas decir”.

La paradoja del asunto es que sabemos que le damos mucha importancia a la apariencia y que las apariencias engañan. ¿Es una forma de autoengaño? Sabemos que un auto último modelo, una pluma o un reloj caros no son necesariamente una garantía de solidez financiera. Aun así, existen muchas personas que se dejan embaucar por defraudadores muy bien vestidos y trajeados, en oficinas bien puestas pero falsas, sin ver que las apariencias no son una buena garantía de que su dinero está en buenas manos. Estos fraudes son posibles porque nos dejamos llevar por las apariencias.

Dicen los expertos que los asesinos seriales no tienen apariencia de Jack Nicholson en la película El Resplandor. Por el contrario, los vecinos de estos asesinos dicen que eran amables, serviciales y discretos. ¿Cuántas veces nos hemos topado con ángeles que resultan ser verdaderos demonios? O gente que aparenta ser una cosa y tiene una doble vida. (Los santurrones y las moscas muertas son los peores, en mi opinión).

El problema de tener estos estereotipos es que al pensar que forzosamente las cosas deben ser de tal o cual manera, cuando no son exactamente así, no podemos apreciarlas. Nos sucede en nuestros trabajos, en las relaciones familiares, de pareja. Tenemos tantas ideas preconcebidas de cómo deben ser las cosas que le ponemos “peros” al regalo en lugar de agradecerlo. Como escribí hace algún tiempo: “Lo perfecto es enemigo de lo bueno” y la búsqueda de la perfección nos impide apreciar lo bueno;  en este caso, las apariencias y creencias nos impiden apreciar la belleza de la realidad. Si algo o alguien no se ajustan a nuestras ideas preconcebidas, lo rechazamos sin esperar a descubrir una realidad mucho más interesante que nuestros estereotipos. “No pareces escritora”, me han dicho más de una vez. Ya no pregunto qué parezco o cómo debería verme. Finalmente, son sus estereotipos, no los míos…

El “bullying”

Hace poco más de un año escribía acerca de un caso de bullying en Jalisco (bioeticacotidiana.blogspot.mx/2013/03/si-una-escuela-no-evita-la-violencia-no.html). Creo que vale la pena leerlo y reflexionar sobre el tema, en vista de los recientes hechos en Ciudad Victoria. Tenemos que hacer algo, de lo contrario historias así serán más frecuentes. Cruzarnos de brazos nos vuelve parte del problema, no de la solución.


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