Neteando con Fernanda

De quejas y propuestas

Regresé en la noche del domingo después unos días de vacaciones. Con acceso a internet muy limitado, pocos fueron los chats o noticias que pude leer durante esos días. La vuelta a la rutina no es fácil; sin embargo, esta vez me pareció que cuando conecté mi teléfono, al aterrizar, se veía más difícil que de costumbre. Uno tras otro aparecían en WhatsApp mensajes convocando a marchas, boicots y, alguno, hasta a la revolución, como respuesta por el aumento de la gasolina. Entre todos esos WhatsApps de enojo me llegaron dos que eran bastante ilustrativos sobre los peligros del subsidio a la gasolina y las razones por el aumento de la misma. Los reenvié a algunos grupos. No fue una buena idea; recibí un rosario de insultos. La indignación era mayor que la necesidad de entender el problema.

Entiendo el enojo, lo comparto. Los aumentos no son populares, y, a pesar de que reconozco que no hay forma fácil para comunicar estos temas, la forma en que se informó el aumento de la gasolina por parte del gobierno fue extremadamente torpe, por decir lo menos. A esto se suma al profundo enojo ante la corrupción, despilfarro del presupuesto y sendos robos por parte de diversos funcionarios, el resultado es crispación nacional.

Mi querido amigo Emmanuel Serra considera que: “Este país tiene dos grandes aficiones, el futbol y compartir todo en las redes sociales, desde idioteces no verificadas hasta artículos sólidos”. Coincido con él; sin embargo, considero que necesitamos entender que no podemos compartir en redes o WhatsApp todo lo que llega sin cuestionarnos si el mensaje incita a la violencia o si la información es falsa. Mucho menos cuando hay un estado crítico y esta información puede sembrar pánico o llegar a intervenir en las funciones de la policía, como vimos esta semana. En un par de chats se me ocurrió cuestionar la veracidad de la información que me reenviaban, lo que causó una gran molestia. Tenemos derecho a cuestionar el origen de la información que comparten, si les molesta, ni modo. Quizá tengan más cuidado la próxima vez. No es un reclamo en contra de la persona que la compartió, sino a favor de la veracidad. Debemos comprender que la información que enviamos tiene repercusiones. No podemos avisar de supuestos asaltos y atracos sin pensar que sembrará pánico. El problema es que, tal como la fábula de Pedro y el lobo, cuando tengamos verdaderamente que avisar algo importante, será difícil de creer. ¿Qué hacer? Supongamos que nos llega un audio con la voz de una mujer que avisa de supuestos atracos: primero hay que preguntar a la persona que nos lo envió si efectivamente conoce a la mujer del audio o a su supuesta amiga. Si no es así, no hay que mandar nada hasta verificar la información. Quienes poseen un teléfono inteligente con la aplicación de WhatsApp seguramente tienen la manera de verificarlo en algún buscador. Si la información es anónima o proviene de un medio desconocido muy probablemente es falsa, así que mejor no hay que compartirla al igual que los mensajes que incitan a la violencia. Ésta no es el camino para el cambio con la desventaja de que sabemos cuándo empieza, pero es imposible saber cuándo y dónde va a parar.

Si no estamos de acuerdo con un tema, resulta indispensable informarse a fin de que podamos aportar algún tipo de solución del problema. ¿Estás en contra del aumento de la gasolina? Muy válido. Dime qué es lo sugieres hacer para poder adquirirla, porque de algún lado tiene que salir ese dinero. ¿Impuestos? ¿Deuda? ¿Recortes? Dame una solución. Como ciudadanos es importante pasar del enojo y la protesta a la acción y la propuesta. Las quejas y “activismo” de 140 caracteres solo sirven para aumentar el enojo, pero rara vez solucionan algo. ¿Queremos cambiar al país? Cambiemos nuestra forma de protestar.

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