Neteando con Fernanda

El fin del aburrimiento

Las antesalas solían ser aburridísimas. Hojeabas una revista, mirabas el reloj. Dejabas la revista, tomabas otra y mirabas el reloj. Veías a quien estaba sentado a tu lado y preguntabas algo. Quizá acababas charlando con él o te ponías a pensar y estabas un buen rato con tus reflexiones mientras llegaba el turno de entrar. Hoy eso terminó si tienes un teléfono inteligente; imposible aburrirse. Podemos pasar horas jugando, revisando correos, redes sociales, whatsappeando, viendo fotografías, algún video o películas, leyendo, aprendiendo o lo que sea. Parece que es una buena noticia; sin embargo, el fin del aburrimiento tiene sus desventajas.

El estar muy divertidos, pero ensimismados con nuestro celular nos aísla de lo que pasa a nuestro alrededor. Basta entrar a un elevador para darse cuenta: la mayoría está mirando su celular. Nos libra de la molestia de mirar a otros en ese espacio tan reducido y peor cuando para en múltiples pisos. Es ya casi una descortesía no tener uno en la mano en los elevadores. Nos quejamos del apego de los jóvenes a los teléfonos móviles: textean en todas partes y a todas horas. Creo que estas conductas que llaman extremas en los adolescentes no son tan ajenas a los adultos. Estamos pegados al celular 24/7. Para muchos es lo último que ven al cerrar los ojos y lo primero que ven al abrirlos.

Pasamos de la nomofobia (miedo a estar sin teléfono celular) a la dependencia extrema. Con ésta, esas largas horas sin hacer nada prácticamente no existen; las conversaciones se interrumpen, concentrarse es mucho más difícil. Si miramos el celular cada cinco minutos para contestar un mensaje de WhatsApp o Periscope, volver a tomar el hilo cuesta. Quizá los menores de 25 años que no conocen la vida sin celular sean capaces de concentrarse y puedan estar haciendo diferentes tareas a la vez sin perder el hilo —y tengo mis dudas— pero, sumergirse en la lectura, escritura o en nuestros pensamientos requiere concentración y tener el celular cerca lo complica.

He leído (no recuerdo dónde) que revisamos el celular unas 100 veces al día. De entrada me pareció una exageración, pero creo que la cifra se ajusta a la realidad. No sé a ciencia cierta cuántas veces miro el celular, pero sé que son muchas. Unas veces para el correo, otras para responder un mensaje o para las redes sociales (aceptémoslo, somos adictos a ver las reacciones que nuestro comentario o foto tienen en Instagram, Facebook o Twitter). Lo más preocupante no es el número de veces que miramos al celular, sino el número de veces que lo hacemos cuando estamos frente a otra persona. Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que no le estamos prestando atención a la persona que tenemos enfrente o si lo hacemos, nos disculpamos y seguimos con el chat. "Perdón es de chamba" o "ya nada más contesto esto", lo cierto es que lo virtual tiene prioridad sobre lo real en la mayoría de ocasiones.

Así como hemos perdido nuestro derecho a la oscuridad (como bien reflexiona Paul Bogart en su libro El fin de la oscuridad) y a todo lo que se surge de ella, como la meditación, filosofía, descanso, etc. hemos perdido esos momentos en que debido al aburrimiento nuestra mente divagaba y en algunas ocasiones era en esos instantes en los que encontrábamos inspiración, buenas ideas o esos momentos en que mirábamos a los otros, sonreíamos. Las charlas para matar el aburrimiento o pasar el tiempo podían encerrar agradables sorpresas. ¿Quién no escuchó alguna vez en estas conversaciones casuales frases llenas de sabiduría? Es casi imposible que se den si estamos muy "entretenidos con el celular". Así mismo, las conversaciones sin interrupciones están en peligro de extinción.

El problema no está en no hacer caso a la televisión, o dejar el libro un rato y regresar a ellos después de que revisamos las redes sociales. El problema es que en la vida real no podemos regresar los momentos que perdemos por estar conectados al celular. Esa charla que no tuvimos o a la que no prestamos atención, ese momento o esa reflexión en la sala de espera se esfumaron para siempre. Son, sin duda, lo más útil que tenemos, pero la vida está en otra parte. 


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