Neteando con Fernanda

No dignificar el mensaje con una respuesta

Supongo que a estas alturas todos hemos recibido mensajes dolorosos de personas que conocemos y, si alguien tiene un blog o una cuenta en Twitter, habrá recibido también un sin fin de mensajes con insultos —en su mayoría anónimos—. 

Cuando esto sucede, el primer impulso es responderles algo similar; sin embargo, ¿qué caso tiene contestar a un mensaje, WhatsApp, correo o post en un blog que nos insulta, humilla o pretende lastimarnos? Ninguno. El silencio es oro, en especial cuando estamos frente a una agresión. El problema es que nos enganchamos y respondemos. Al hacerlo nos embarcamos en una cadena de explicaciones innecesarias, insultos y descalificaciones que no nos hace ningún bien. Además quita tiempo, mucho más del que esa persona merece. A pesar de ello es difícil mantenernos ecuánimes frente a esos mensajes y entender que existen mensajes que no merecen ser dignificados con una respuesta.

El “silencio” es también una forma de expresarnos. Por ello, que no haya respuesta a un mensaje, llamada, etc., es en sí misma una respuesta. En cierta forma es seguir esa sabia receta de las abuelas: “Cuando no tengas nada bueno que decir, no digas nada”. Yo agregaría que hay que aplicar esa misma filosofía cuando no te interesa o no encuentras una respuesta. ¿Qué se puede responder cuando el galán o novia te dice que te puso los cuernos cuando estabas de vacaciones? ¿Qué puedes responder cuando alguien te dice que le pareces aburrido? ¿Qué caso tiene contestar a un insulto o descalificación de un familiar que quieres? ¿Valdría la pena decir algo? ¿Qué responder a ese tipo de mensajes?

Cuando enviamos un mensaje a alguien que consideramos importante y no recibimos respuesta debemos entender que esa falta de respuesta es su respuesta. Y si somos honestos, reconoceremos que sabemos bien la razón de ese silencio.

Las relaciones “textuales” —leí en alguna parte— deberían terminar al mismo tiempo que la relación romántica, coincido. Ya hemos comentado aquí que al no tener entonación, los textos pueden mal interpretarse fácilmente. WhatsApp, Messenger, SMS, Viver y demás formas de comunicarse son muy útiles para ponernos de acuerdo o informar algo; sin embargo, para resolver situaciones que requieren una buena conversación son un peligro.

Los textos, además, son instrumentos peligrosos en caso de que estés bajo un ataque de pedofonía (esas llamadas o textos inconvenientes que hacemos bajo la influencia del alcohol). Enviar un rosario de mensajes de súplica, rabia o arrepentimiento a altas horas de la noche no es una buena idea. ¿Qué esperamos que alguien responda si le escribimos algo del calibre de: “Yo te amaba y me dejaste, ahora sufro por tu culpa”? La respuesta seguramente no será de nuestro agrado. Por otra parte, en el supuesto de que nuestra hoy ex pareja quisiera volver, seguramente dará un paso, no va a esperar a que estemos borrachos y le enviemos un texto. Mandar textos en estado de ebriedad es una pésima idea.

El no responder un mensaje es una señal de que le estamos dando al mensaje el valor que merece, es decir, poco. Entender que entre más pronto olvidemos el episodio y nos liberemos de él es lo mejor para nosotros. Sabemos que lo contrario al amor no es el odio, sino la indiferencia. De hecho, los negociadores profesionales saben que cuando el interlocutor se enoja es una buena señal: implica que ya está enganchado, que el tema le importa.

Muchas veces los insultos se esconden bajo un velo de corrección u honestidad y quizá por ello dan aún más ganas de responder; evitémoslo, que se queden con su mala vibra, resentimiento social y se desahoguen en otra parte. La tentación es grande, hay que aceptarlo, tenemos ganas de pagar con la misma moneda y devolver el insulto corregido y aumentado. Desmentir lo que dijeron, sacarlos de su error o lo que sea.

Así como hay cuestiones que requieren —y merecen— nuestra respuesta, existen otras en las que no vale la pena actuar, ya sea por el mensaje o por el interlocutor.  El no hacer nada es la opción más sabia. El problema está en saber distinguir. Aprender a no caer en provocaciones es una lección difícil, pero necesaria.

 

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