Neteando con Fernanda

Negar lo que no me gusta

Podemos cerrar cómodamente los ojos a la realidad, pero eso no va a cambiarla.

 

Bloqueamos aquello que no nos gusta, que nos cuesta trabajo aceptar. Nos colocamos una venda en los ojos esperando que aquello que nos desagrada desaparezca, pero no sucede así. No ver los problemas no hace que se esfumen en el aire, tarde o temprano tenemos que lidiar con ellos. Paradójicamente, cuando finalmente los enfrentamos nos damos cuenta de que hubiera sido más sencillo resolverlo en su momento o que no era tan temible, difícil o agotador como pensábamos que sería.

No importa que sepamos que meter la basura debajo de la alfombra no nos va a servir de nada, lo hacemos de todas formas como un mecanismo de defensa. Manipulamos, negamos o distorsionamos la realidad para defendernos o protegernos del dolor o de los sentimientos de angustia que nos invaden ante una situación. Estos mecanismos para negar la realidad son variados: algunos solucionan el problema de forma temporal y otros nos ayudan a largo plazo. Generalmente son inconscientes, no nos damos cuenta que los estamos utilizando.

La filósofa rusa-norteamericana Ayn Rand consideraba que podemos evadir la realidad, pero no las consecuencias. El psicólogo y ensayista suizo Carl Jung, por su parte, decía que la gente es capaz de cualquier cosa —sin importar lo absurda que sea— para evitar mirar dentro de sí mismos. Por ello, supongo, cuando entendemos y aceptamos que tenemos un problema la mitad de éste se encuentra resuelto. Cuesta trabajo aceptar que estamos en una relación destructiva, pero hacerlo es el único camino para cambiarla o dejarla y salirnos de esa espiral de dolor. Es difícil aceptar que quizá no estamos dando todo en nuestro trabajo y que nuestro jefe tiene razón al señalarlo. Quizá lo que hace más difícil aceptar nuestros errores es reconocer que nuestra conducta ha lastimado a quienes amamos. Culpar a otros de lo que sucede o proyectar nuestros sen-timientos o impulsos en el otro es un mecanismo de defensa muy utilizado, pero no cambia la situación. Po-demos repartir culpas eternamente, pero eso no solucionará el problema.

Dicen que no tiene sentido usar la palabra imposible para describir algo que ha sucedido. Por ejemplo, cada año cuando cae una tromba que inunda las calles y convierte a esta ciudad en un lago, alguien la define como “tormenta atípica”. Si cada año tenemos una, no son atípicas, más bien es típico que de manera anual tengamos una así. Y, probablemente, debido al cambio climático, se pongan peor.

Juan Pablo Becerra Acosta preguntaba, en su columna en este diario hace unos días, si no es que tenemos un gen para la violencia. No lo creo, tampoco para la corrupción. Lo que sí creo es que hemos estado bloqueando colectivamente nuestros problemas y es momento de dejar de hacerlo. De la misma forma que a nivel personal tratamos de evadir la realidad, a nivel colectivo tratamos de negar lo que nos mortifica.

Pedir renuncias de funcionarios en redes sociales puede ayudar a ventilar nuestro enojo y frustración, pero fuera de eso, sirve de poco para resolver los problemas. Hay que aceptar que vivimos en un país en el que la violencia aumenta y en el que la corrupción no se limita a los servidores públicos, sino que es un mal que aqueja a la sociedad. Aceptar la realidad no implica ver todo negro o blanco. Tenemos problemas como país, pero también fortalezas; aquellos no van a quedarse eternamente, pueden solucionarse, pero no lo harán solos, por ello debemos involucrarnos en solucionarlos. Empecemos por informarnos, entender el problema y des-pués hacer algo para solucionarlo. Hay muchas organizaciones de la sociedad civil que buscan generar un cambio positivo en la sociedad. Un buen primer paso sería unirnos a una de ellas. Estamos indignados justamente por las cosas que suceden, pero la indignación por sí sola no resuelve nada, debemos pasar de ésta a la acción.

Buen domingo a todos.

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