Neteando con Fernanda

No tengo nada que dar, más que las…

Dice el refrán que saber que tenemos un problema es tener la mitad del problema resuelto; ya que reconocer que estamos equivocados, emproblemados o en mal rumbo, es complicado.

Hace unos días hablaba con mi amiga Carlota y le pregunté acerca de un nuevo galán con el que estaba saliendo. Carlota cambió el gesto y dijo: “Mucha presión, amiga, mucha presión. ¡Que no me presione. Me acabo de divorciar!”, dijo en tono molesto. “Tiene que entender que en estos momentos no estoy lista para llevar hijos al futbol, ni conocer futuras suegras. Lo siento, lo único que le puedo dar son las nalgas”.

Carlota es una importante ejecutiva. Acostumbrada a resolver conflictos en su empresa, sabe bien lo que quiere y cómo conseguirlo. Carlota se divorció hace unos meses después de varios años de matrimonio. Como sabemos, quienes lo hemos pasado, el divorcio es un proceso difícil y complicado. Hay heridas que sanar, un duelo que elaborar, temas económicos que resolver. Cambios y más cambios. Definitivamente, no es el momento idóneo para iniciar una relación seria. El problema es que es difícil reconocerlo y en el deseo de poner punto final al momento amargo adoptamos la filosofía de “un clavo saca a otro clavo” sin reconocer la dificultad, el momento por el que estamos pasando.

Rodolfo, un amigo argentino, me comentó que cuando se divorció tuvo un largo historial de relaciones casuales. En muchos casos, con mujeres de las que no sabía ni su nombre. Estaba en la etapa del dolor y pensaba que lo único que le quitaría ese dolor era tener sexo con otras mujeres. Reconoce que era de cierta forma a manera de venganza. Más de una vez, cuando las miraba después de tener sexo, lo único que podía pensar era:  “Dios mío, que se convierta en pizza. Por favor, no quiero ni hablar con ella. Que se convierta en pizza”.

El sexo casual es todavía para muchos un tabú. Quizá los hombres lo tienen más fácil, ya que siempre han podido diferenciar entre una chica para salir el jueves en la noche, la que presentan a sus padres y la quieren para madre sus hijos. Es como si su cabeza tuviese muchos cajones en donde todo tuviese un lugar y quedara en perfecto orden. A muchas mujeres, aceptar que la relación no va a pasar de sexo casual las hace sentir mal. Así que mientras él dice: “Dios mío, que se convierta en pizza”. Ella dice: “Dios mío, que se convierta en príncipe azul”. Como si en su cabeza tuviese un cajón gigante donde caben príncipes y sapos sin distinción.

En el terreno emocional, que los dos estén claros acerca del terreno que pisan es fundamental; sin embargo, saber lo que queremos, expresarlo y coincidir con lo que el otro desea, aunque sea lo ideal, no es tan sencillo. Pensamos que no aceptará que sea una relación abierta o casual, así que mentimos y otras veces nos engañamos pensando que las cosas van a cambiar. Muchas veces preferimos ignorar las señales, hacer caso omiso de los focos rojos y no darnos cuenta que la relación en la que estamos no va para ningún lado.

Si ambos saben que es algo casual y están de acuerdo en el estatus de la relación, no habrá enojos, ni malentendidos. No hay expectativas de planes a futuro en vacaciones o fechas como Año Nuevo. Nadie se siente porque no fue requerido a conocer a los suegros y cuñados o porque el otro hace un plan que no los incluye en vacaciones. Sabes que no tienes el título de “futuro padre o futura madre” de sus hijos. Si el otro está en una relación no hay fantasías de que deje a su pareja por ti. No hay castillos en el aire que involucren un vestido blanco, frac y luna de miel. Nada, hay dos personas que disfrutan con su mutua compañía, sexo y punto.

En temas de relaciones la honestidad es clave. Pensamos que si mentimos lastimaremos menos al otro, que le ahorraremos el dolor de saber que no queremos algo serio, que habrá dramas y reclamaciones. Por el contrario, puede ser que alguien salga corriendo, pero también puede suceder que la otra persona esté buscando lo mismo. Esa sinceridad, independientemente de si la relación se da o no, siempre se agradece, ya que es una muestra de respeto. Por duro que parezca, una verdad —por difícil que sea— siempre es más bondadosa que mil mentiras. Si saber que tienes un problema es tener la mitad del camino andado, reconocer que no estás listo para una relación seria es ahorrarte (y ahorrarle al otro) muchos dolores de cabeza y probablemente otro descalabro sentimental.

 

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