Neteando con Fernanda

Cada quien su "codera"

La generosidad es una cualidad que se agradece. Es un placer estar con gente que la practica, ya sea con su tiempo, dinero o sabiduría.

Así como hay una línea fina entre ser generoso y gastar sin medida; hay otra entre cuidar el dinero y ser tacaño. Sabemos que en épocas de vacas flacas hay que limitar los gustos. Pero la codera es diferente. No tiene que ver con vacas gordas o flacas, ni con la avaricia o la generosidad.

Puedes ser generoso, pero hay cosas en las que no te gusta gastar. Sencillamente te duele el codo. Todos tenemos algo en que nos complacemos o que nos es tan importante y que no reparamos mucho en el precio o ahorramos para obtenerlo. De la misma manera, hay cosas en las que odiamos gastar.

En Noruega, por ejemplo, gastar en cosas relacionadas con la casa es una prioridad, pero quizá no le dan tanta importancia a la ropa. Todas las casas están bien cuidadas y pintadas. Tener una casa agradable es importante, porque pasan mucho tiempo en ella debido a las inclemencias del clima. Cosa que quizá no resulta tan importante en una zona cálida.

La codera ni siquiera tiene que ver con prioridades. Ni siquiera con educación, porque en una familia de cinco hijos todos tienen algo en que verdaderamente les duele el codo gastar. Hasta cierto punto es incomprensible, porque tiene que ver con nuestros gustos personales y cada cabeza es un mundo.

En mi caso, la codera me ataca con las aguas embotelladas caras. No puedo entender porqué hay que pagar una fortuna por una botella de agua —muy bonita, eso sí— que viene de una montaña en no sé cuál isla exótica en la que nunca he estado, cuando puedo tomar agua de manantial mexicana.

La idea me rebasa y prefiero tener sed que gastar en una botella de agua importada. Es más, en los restaurantes medio me molesta que te ofrezcan esas aguas tan caras.

“¿Quiere usted agua fulana o perengana?”, pregunta el mesero. Yo sin rechistar le digo que quiero agua mexicana. (Peñafiel o Topochico, si ya hay que apantallar. Todavía pido Tehuacán, por que resume todo lo que quiero en una sola palabra: agua mineral con gas y nacional.

Además tengo la creencia —que no tiene ningún fundamento científico, pero que me gusta— de que el agua de manantial de cada país tiene la composición química ideal para los que ahí viven. Entonces, quizá el agua de la isla exótica es lo ideal para quienes ahí habitan, pero para mí cuerpo la química del agua de manantial mexicana es la que mejor le va. Lo mismo creo del mezcal y del tequila.

El otro día con tres amigas nos pusimos a hablar del tema de la codera. Es curioso, porque todas son chambeadoras y generosas; pero todas confesamos que hay cosas en las que no soportamos gastar.

A mi amiga Pilar no le da codera gastar en restaurantes, pero detesta pagar un manicure y pedicure caro, para lo cual yo no tengo problema. Alexis, en cambio, paga sin problema las cuentas en los restaurantes y del salón de belleza, pero tiene un tema con los medicamentos. Le da una codera espantosa gastar en fármacos.

Cuando lo comentó, Pilar no la entendía, ella es cliente frecuente de la farmacia y no tiene problema en comprar medicinas. Katia comentó que a ella no le preocupa el agua o la comida, pero detesta pagar para que le pinten el pelo y el manicure, al grado que prefiere hacerlo ella en casa.

Hay para quienes gastar en películas, series, libros o música es una inversión; para otros es un auténtico desperdicio de dinero y prefieren pedirlos prestados, no leer o no ver la serie, antes que desembolsar su dinero en adquirirlos legalmente (la piratería es otro tema que dejaremos para otro día).

Yo no gastaría en comprar un boleto caro de un partido de futbol, pero sí gastaría ese dinero en un concierto de rock de mi artista favorito y sin rechistar.

Todos nos damos nuestros gustos, tenemos nuestras coderas y nos cuesta trabajo entender las de los demás. Quien no gasta en zapatos, le costará entender que alguien ahorre y destine su dinero en comprar unos de diseñador que finalmente va a pisar. Lo mismo sucede con los hoteles de lujo y tantas otras cosas.

En el tema de la codera no hay aciertos y desaciertos, cada uno sabe cuáles son los gustos que puede darse, sin ser un manirroto, y esas cosas que no le gusta pagar, sin caer en la avaricia. No hay mejor o peor, todas son válidas y respetables. La codera es tan individual como cada ser humano. No queda más que aceptar la propia y respetar la ajena.

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