Neteando con Fernanda

Ese bien común tan ignorado

En una columna reciente mencioné que, de acuerdo con los psicoanalistas, una señal de que termina la adolescencia es reconocer al otro. El fin de una etapa egocéntrica y desconsiderada. Supongo que en términos de ciudadanía sucede lo mismo; entramos en la “adultez ciudadana” cuando dejamos de pensar en nosotros y en hacer nuestra “sagrada voluntad” (diría mi abuela) para considerar a quienes me rodean. Empezamos a entender que pensar en todos es lo mejor para uno. 

En un mundo en el que nos enseñan a ser sobrevivientes y a sobresalir, a darle mucha importancia al tener y a la apariencia, conceptos como el bien común parecen no tener cabida. Mi primer contacto práctico sobre el bien común sucedió hace algunos años: al finalizar una práctica budista nos explicaron que había que ofrecer los méritos obtenidos para beneficio de todos los seres sensibles. “¿Cómo? ¿Pero si la que estuvo aquí fui yo? Son míos y de nadie más”, el egoísmo nubló mi sentido común. Tardé un tiempo en entender que si todos ofrecemos los méritos por el bien común, el beneficio es infinitamente mayor. Si lo tradujéramos a términos financieros, sería algo similar a lo que sucede con los intereses. Si depositas tu dinero, recibes una “x” cantidad, pero si muchas personas lo hacen, al ser un monto mayor, mejora la tasa de interés.

El bien común, aclaro, no tienen que ver con el sacrificio de la individualidad, sino con el fin del egoísmo. Es  entender que hacer lo correcto nos beneficia a todos.

Hace unos meses, cuando veía la serie Vikingos, comentaba con amigos cómo el inhóspito clima los había unido para sobrevivir. Eso explica las avanzadas sociedades que han formado y dónde viven hoy. Los noruegos, por ejemplo, están muy orgullosos de la calidad de su agua, por ello cuidan no contaminar ni el arrollo más pequeñito. El agua que sale del grifo es potable y deliciosa. Tienen claro que si no lo hicieran, en poco tiempo, lo que saldría de la llave sería un mugrero.

Mucho nos quejamos de los políticos, pero como ciudadanos tenemos también responsabilidad por nuestra comunidad. No estamos solos en una ermita. A últimas fechas me ha tocado vivir muy de cerca los efectos de la irresponsabilidad vecinal. Desde hace varios meses, en una junta de vecinos, se comentó que había un departamento sin medidores. La dueña dijo que su inquilino sí estaba pagando luz, pero que no sabía cómo. Aunque es raro, se le dio el beneficio de la duda y se pidió a la administración que revisara lo que estaba pasando. Pasaron meses y nada, por lo que decidí tomar el asunto en mis manos porque mi recibo de luz se había triplicado. En CFE me explicaron que la luz del vecino había sido cortada hacía ocho meses, por lo que la luz que obtenía era de forma ilícita. Reclamé a la administración y a la dueña. ¿La respuesta? Que el inquilino “toma la luz directamente de CFE”, así que no me afecta. Reporté lo sucedido, vinieron a revisar y poner sellos. Al cabo de dos horas estaba conectado nuevamente de forma ilegal. Más tardó CFE en revisar y cortar la luz que el infractor en hablarle a su contacto (que se identifica con una credencial de la citada compañía) y lo vuelve a conectar sin medidores.

No sé que me aterra más, si la conducta del inquilino, la respuesta de la dueña, el que aparentemente haya otros vecinos que le ayudan para el robo de luz o la pasividad y permisividad de la administración. Mientras ellos se cruzan de brazos a mí y a otra vecina se nos triplicó sin explicación el consumo de luz y lo único que escucho es: “Está conectado a CFE, se roba la luz de la ciudad. A ti no te afecta”. Como si el cometer un delito se justificara de esa manera. ¿Y la honestidad, apá? Digo, porque de bien común y civismo ni hablamos. ¿No se dan cuenta de que el que afecte a tu país tiene consecuencias en tu vida? Parecería que residen en otra parte y tienen otra nacionalidad. Lo más triste es que tienen medios económicos para pagar su consumo.

Nuestras acciones tienen repercusiones en los demás. Así como los noruegos saben que contaminar sus arroyos les traerá agua sucia a sus hogares, tenemos que entender que robar luz, no pagar impuestos, no respetar las señales de tránsito —seas peatón, ciclista o automovilista— o cualquier conducta no cívica hacen que, en vez de tener un país de ensueño, sea más bien una pesadilla. Es momento de que dejemos de portarnos como adolescentes y pasemos a la adultez cívica. Es en beneficio de todos.

¿Conocen vecinos así? ¿Cómo lo han solucionado?

 

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