Neteando con Fernanda

El balance en el caos

Sabiduría no es destruir ídolos, sino no crearlos nunca. Umberto Eco

No me gusta el desorden. Trato, dentro de lo posible, de mantener las cosas en su lugar. Acomodar la ropa dentro del clóset, ordenar cajones y poner los libros en su sitio. Cuando finalizo la tarea tengo una sensación de paz. Aunque no lo hago tan seguido como debería, adoro tirar lo que no sirve y ver los cajones ordenados; sin embargo, debo confesar que tengo una batalla constante, y casi diría perdida, para mantener los papeles en su lugar. Se multiplican con mayor rapidez de la que puedo manejar.

¡Son tantos los que hay que guardar! Los váucheres de las tarjetas de crédito, los papelitos del estacionamiento, la correspondencia, tarjetas de presentación, las facturas para entregar al contador. Parece el cuento de nunca acabar: los clasifico, ordeno, guardo algunos, tiro la mayoría y en un abrir y cerrar de ojos mi escritorio está igual. Ese mueble es una evidencia de la eterna batalla contra el caos, en algunos momentos ganó yo, pero en otros —diría que la mayoría— es el desorden el que resulta victorioso. He intentado de todo. Los clasifico y pongo en montoncitos, en separadores de plástico que terminan en carpetas. Todo parece ir bien, por un breve periodo de tiempo, hasta que el caos reclama su victoria y la batalla vuelve a empezar.

Quizá, por esta tendencia al desorden, me cayó como anillo al dedo un artículo de Eva Van der Berg en El País, que hablaba de las ventajas del desorden. El artículo titulado "¿Vive en el caos? Podría ser un genio" (http://elpais.com/elpais/2016/02/10/buenavida/1455099796_203251.html) hablaba de las ventajas relativas del desorden y ponía como ejemplo el escritorio de Albert Einstein, como se aprecia en las fotografías que tomó Ralph Morse poco después de su muerte.

Sin duda, uno de los cerebros más distinguidos de nuestros tiempos, sobretodo en estos últimos días en que no paramos de leer sobre su acierto con la predicción de ondas gravitacionales, tenía un monumento al desorden en su escritorio. El artículo cita al famoso físico diciendo que: "Si una mesa atestada y desordenada pertenece a una mente igualmente atestada y desordenada, ¿a qué tipo pertenece una mesa vacía?" Puedo entender que la obsesión por el orden no es muy sana y pocas cosas hay tan molestas como la rigidez; sin embargo, tampoco creo que un escritorio desordenado sea necesariamente un signo de genialidad. De ser así, dada la gran cantidad de escritorios desordenados que he visto, el mundo tendría una gran cantidad de genios como Albert Einstein.

De acuerdo con el libro Un desorden perfecto (A perfect mess), es el caos el que reina en el universo por lo que tener un afán desmedido por el orden es un objetivo tanto inútil, como sobrevalorado. No dudo de su veracidad, finalmente, es poco lo que podemos controlar. Hay tantos factores externos que es difícil tener certezas y, aunque no nos guste, tenemos que aprender a ser flexibles y a aceptar los cambios que ponen de cabeza nuestros planes.

Muchas veces tenemos tantas expectativas de un evento y termina siendo un desastre y acabamos divirtiéndonos en donde menos nos imaginamos. Para bien o para mal, no sabemos si tendremos un día maravilloso o desastroso, lo único que sí podemos controlar es nuestra actitud ante los eventos. Quizá, ahí radica el balance; ver lo positivo en el caos que nos hace más creativos, innovadores y flexibles, al tiempo que hay que mantener las cosas en cierto grado de orden que nos ayuda a ser estructurados y productivos.

Sin duda el caos tiene sus ventajas, quizá porque sabemos que todo es tan incierto, nos parece importante tener algo bajo control, aunque sea una nimiedad como el cajón de los calcetines o los libros agrupados por temas o la ropa por colores. Lo ideal, que siempre es más fácil de decir qué hacer, sería llegar, como dice el artículo, a un punto de desorden perfecto, un nivel de caos que podamos tolerar, ser creativos y no nos quite la productividad sería nuestra meta. De la misma forma, trazar planes, ponernos metas firmes, pero tener la flexibilidad de adaptarnos a las circunstancias y de no amargarnos ni abandonar nuestros objetivos cuando las cosas no salen como habíamos planeado o deseado.

fernanda@milenio.com
http://www.milenio.com/blog/fernanda
Twitter http://twitter.com/FernandaT