Neteando con Fernanda

De la angustia al alivio, la magia de decidir

¿Qué es lo que nos hace decidir algo? ¿Qué nos mueve? Hay una magia especial e indescriptible en el momento en que tomamos una decisión. Por ejemplo, cuando después de escribir y corregir un texto llega ese instante en el que sabemos que "ya está". Nos gusta, nos parece completo. Puede ser cuestión de una coma o de eliminar un párrafo, pero después de hacerlo sabemos que el tortuoso periodo de corrección ha terminado.

Tomamos una decisión y asumimos las consecuencias. La magia del momento no tiene que ver con el resultado. La magia de la decisión es que termina con la incertidumbre. Decidimos que algo ya está listo y finaliza la agonía de tener un menú enfrente con múltiples opciones, de no saber qué vamos a estudiar, qué oferta de trabajo aceptar, qué vamos a usar para un evento o adónde ir de vacaciones.

Hay decisiones relativamente sencillas como elegir qué vamos a desayunar. Aunque podamos pasar un rato de duda entre huevos con jamón, chilaquiles o molletes. Hay otras decisiones más complicadas que cuestan muchísimo trabajo y tiempo tomar. Aún así, en ambos casos la decisión supone finalmente el fin de la incertidumbre. Me gustaría entender qué es lo que pasa en el momento de la decisión, qué nos lleva a elegir.

No sé cómo funciona, pero sé que después de ese mágico instante viene la calma. El terrible periodo de desasosiego ha llegado a su fin. Puede ser que éste haya sido una cuestión de minutos como la decisión de qué ropa usar, o bien, una decisión más trascendente, como decidir finalizar una relación o qué tratamiento elegiremos ante una enfermedad. Hay decisiones que quizá resultan incomprensibles para otros, pero claras para quien las toma.

Lo importante al decidir es que estemos nosotros contentos y seguros (en lo posible) de nuestra decisión. Elegir para darle gusto a otros es, fundamentalmente, una mala decisión.

Hay quienes toman una decisión con rapidez y seguridad y otros que se toman su tiempo. Una elección implica descartar las demás opciones y nos paraliza el miedo a equivocarnos. Lo cierto es que la tecnología y el mundo consumista en que vivimos nos presenta cada vez más opciones, lo cual, lejos de facilitar las cosas, las complica.

Podemos pasar horas en un establecimiento tratando de elegir un producto entre mil. ¿Me llevo avena o frijoles? ¿la integral o la instantánea? ¿Me llevaré avena orgánica, aunque sea más cara?. Una agonía ridícula.

Ahora que se acerca la época decembrina y abundan los eventos, las cosas se complican. El problema entre tantas opciones es que acabamos por no disfrutar ninguna. ¿Voy a la fiesta de los de la prepa y luego visito a mi tía y de "pasadita" caigo un momento en la posada de Fulanita? ¿O nada más a la posada?

Todo es más fácil cuando solo hay un evento ese día y la única elección está entre salir o quedarnos en casa. El tener múltiples opciones genera duda y culpa, ya que, si decidimos no ir a la posada, cuando nos enteramos de que fue el evento del año, nos arrepentimos y de cierto modo le quita el brillo a la decisión que tomamos. Ante múltiples opciones, siempre queda ese sentimiento de que tomamos una mala elección; alguna vez queda en evidencia cuando después de no poder decicir entre cinco platillos en un restaurante, finalmente elegimos uno y, nada más verlo en la mesa, sabemos que nos hemos equivocado.

Ese miedo a "perdernos" algo puede paralizarnos. "A mayores posibilidades de elección, mayores posibilidades de arrepentimiento". Mi abuela solía contarnos, acerca de una de sus amigas que tuvo muchos pretendientes, cómo pasó su vida quejándose por su mala elección. "Si me hubiera casado con Fulano, mi vida sería mejor; si me hubiera casado con Perengano, hubiera sido más feliz".

La pobre mujer pasó su vida arrepintiéndose en vez de ser feliz. La trampa del hubiera ante una decisión tomada es mucho más peligrosa que el tocino o cualquier embutido, diga lo que diga la OMS. El estar atrapados en el "hubiera" nos roba vida. De hecho, creo que el "perdernos algo" es una condición humana, ya que al solo poder estar en un lugar y en un tiempo determinado hace que nos perdamos de todo lo demás. Es decir que no nos estamos perdiendo de "algo", sino que nos estamos perdiendo "casi de todo" y no hay nada que podamos hacer por remediarlo.

Hace 11 años tomé la decisión de escribir una historia. Después de algunas vueltas las líneas aterrizaron en manos de Horacio Salazar, quien entonces era el editor de Tendencias y lo publicó el 31 de octubre de 2004 bajo el título de "El Houdinazo". Ha sido una de las mejores decisiones de mi vida y quiero nuevamente agradecer a Francisco González y Carlos Marín por la oportunidad de escribir para MILENIO domingo a domingo.

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