Neteando con Fernanda

La adultez

Mi ahijada Sofía cumple hoy 18 años. Para la legislación mexicana es formalmente un adulto. Puede casarse sin consentimiento de sus padres, elegir a sus gobernantes, entrar legalmente a los antros y pedir una o varias cervezas, tequilas o lo que se le antoje. Este incremento de derechos viene acompañado —nos guste o no— de un aumento de responsabilidades. Nuestros padres dejan de ser responsables de nuestros actos y somos nosotros los que responderemos de las buenas o malas decisiones que tomemos. Sofía puede hacer ahora muchas cosas que antes no podía, pero ya no puede culpar a otros por ello. 

Pensando en qué escribir en la tarjeta de su regalo de cumpleaños me vino a la mente algo así como: “Bienvenida a la adultez”, pero después pensé que probablemente no le gustaría. Además, el cumplir 18 años, si bien te hace inmediatamente mayor de edad, no te hace automáticamente un adulto.

¿Cuándo se es verdaderamente un adulto? Porque estaremos de acuerdo que ser y comportarse como un adulto es mucho más complicado que obtener una credencial de elector y tener 18 velas en tu pastel de cumpleaños. El ser adulto, más que con la edad, tiene que ver con responsabilidad y con asumir las consecuencias de tus elecciones. Por eso hay tantos hombres y mujeres con el “síndrome de Peter Pan” que siguen actuando como niños a pesar de que hace varios años la credencial de elector está en su billetera.

Hay personas que definitivamente son mayores de edad, pero no pueden llamarse a sí mismos adultos. Gastarse el dinero para pagar la renta en la parranda es síntoma claro de que no hemos llegado a la adultez independientemente de que hayamos votado por más de tres presidentes. Idealizamos la juventud que en nuestra mente relacionamos con belleza, libertad y diversión. Si pensamos que el ser adultos terminará con todo eso, no me sorprende que haya quien se niegue a crecer emocionalmente.

En cierto punto las responsabilidades de la vida adulta pueden parecer aterradoras: hay que trabajar, pagar nuestras cuentas, administrar nuestros ingresos, cumplir con obligaciones. Malentendemos el concepto de libertad con hacer lo que nos da la gana, cuando nos place; y bajo esta óptica ser adultos es casi ser sentenciados a la guillotina. Pero la libertad no es eso, va mucho más allá y no presentarse a trabajar cuando nos pagan por ello porque no nos dio la gana no tiene nada que ver con libertad sino con irresponsabilidad.

La responsabilidad empieza por uno mismo, ser responsables de lo que hacemos, sentimos y decidimos. Comprender que son nuestras decisiones las que dan forma a nuestra vida. Para poder llamarnos adultos tenemos que entender que lo que no hagamos por nosotros mismos probablemente nadie más lo hará. De nosotros depende cuidar nuestro cuerpo, alimentarnos saludablemente y hacer ejercicio. Si eres un adulto, tienes la libertad de decidir si fumas un cigarrillo, pero también tienes la obligación de entender el daño que hace a tu cuerpo.

Además de nuestro cuerpo tenemos que responsabilizarnos de nuestras emociones. Hay que aprender que amar no es lo mismo que necesitar. Si amas a alguien y piensas que no puedes vivir sin esa persona, más que de amor estamos hablando de codependencia. Elegimos a quién amar, pero no podemos hacer que otro nos ame, por mucho que lo intentemos. Ellos también son libres de amar a quien les plazca y puede ser que no sea a nosotros a quien amen.  Terminar bien una relación es quizá una de las pruebas de que somos adultos. Escondernos y dejar de contestar el teléfono, insultar, culpar o lastimar al otro es una señal que no hemos entendido el tema de ser adultos todavía. No es fácil, pero hay que aprender a reconocer y hablar de nuestros sentimientos, de una forma honesta, durante una relación y también cuando ésta termina.

Ser adulto es entender que son nuestras acciones y no nuestras palabras las que nos definen. Tiene que existir una congruencia entre lo que hacemos y lo que decimos. No importa cuánto sepamos y hablemos sobre honradez si tomamos dinero que no es nuestro; no somos honrados, punto. Ser adulto es entender que podemos engañar a otros y hasta ellos se creerán nuestras mentiras, pero no podemos engañarnos a nosotros mismos.

Hay que reconocer que es difícil comportarse todo el tiempo como adultos. Las tentaciones son grandes y por supuesto muchas veces no lo logramos. No importa, pero la vida se trata de eso: aprender a conocernos, amarnos y, cuando metemos la pata, asumirlo y hacer los cambios necesarios para que lleguemos a donde queremos ir. Finalmente después de pensarlo un rato supe qué poner en la tarjeta de regalo de mi querida ahijada: Sofía: “Ahora eres la capitana de tu barco. Felicidades”.

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