Neteando con Fernanda

Vueltas al Sol

No hay una cura para el nacimiento y la muerte, excepto disfrutar lo que hay de por medio.George Santayana

 

El miércoles pasado, Jeannette, una compañera del trabajo, se acercó para darme un abrazo de cumpleaños. Fue oficialmente mi primer abrazo cumpleañero de 2015 ya que lo celebro hasta dentro unos días. Cuando se lo conté, Jeannette rió por su equivocación y respondió: “Es que hay que hacer como fiesta serrana, celebrar toda la semana”. 

Si bien el tema de la edad me parece una etiqueta molesta, me gusta festejar los cumpleaños. Entiendo que es un cliché; sin embargo, representa una celebración a la vida y lo que esto implica: amigos, familia, trabajo, amores, etc. No es necesario tirar la casa por la ventana, tampoco es necesario ir a un lugar remoto: el ánimo festivo es interno y eso es lo único que se requiere para festejar un cumpleaños. Ya cada uno sabrá si expresa ese ánimo en una reunión sencilla o en un fiestón loco.

Hay quienes se cuestionan si debe festejarse. Un cumpleaños, finalmente, no es una fecha que recuerde un logro, como por ejemplo el día que obtuvimos un título universitario, lo que presupone un esfuerzo, ni es un aniversario laboral que habla de los años que se han dedicado a un trabajo. De un modo similar a la nacionalidad, nuestra fecha de nacimiento es un acontecimiento en el que no tuvimos nada que ver. No elegimos nacer en una fecha u otra, del mismo modo que no tomamos la decisión de nacer en un determinado país. En un cumpleaños el único logro del que podemos presumir es que seguimos vivos —al igual que otros siete mil millones de personas—. Algunos consideran que festejarlo es algo infantil, ya que es solo en esa etapa en la que los cumpleaños tienen especial importancia y hacerlo después resulta absurdo. Si nos topamos a alguien en plan amargo nos dirá que solo es una contabilidad para saber cuántos años llevamos sobre el planeta y calcular cuántos nos quedan; Ouch! Para complicar el asunto, sabemos que sumar cumpleaños no es una garantía de sabiduría o de madurez, así que tampoco podemos decir que estamos festejando ser un poco más listos, maduros o que somos mejores personas. Lo único que sí podemos afirmar es que tenemos un poquito más de experiencia.  En 365 días acumulamos muchas vivencias. Lecciones amables o dolorosas, sorpresas extraordinarias o decepciones, que nos trajeron algún aprendizaje.  

En materia de cumpleaños, las redes sociales me quedan a deber. En buena medida la tecnología nos ha hecho “quedar bien” y parecer muy atentos al recordarnos los cumpleaños de todos nuestros “amigos”, pero la amistad —en mi opinión— no es un tema de quedar bien, sino un tema de estar y compartir. Entiendo que Facebook es muy eficiente para anunciar los cumpleaños de todos nuestros “amigos” (lo entrecomillo ya que en mi cuenta de Facebook tengo “amigos” a los que nunca he visto) y la red de Mark Zuckerberg también me avisa puntualmente de sus cumpleaños y les avisa a ellos del mío. Sin duda es maravilloso que ese día recibamos a través de las redes sociales una abrumadora cantidad de felicitaciones, tantas que ese día no dan tiempo a responder. Desde luego que el gesto se agradece y se entiende por lo complicada que es la vida moderna, pero nada se compara con una llamada sorpresa, un correo largo de alguien que está lejos, una tarjeta felicitación escrita a mano (qué exótico) o flores. Los cumpleaños a la antigüita (retro, dirían los hipsters) llamadas, abrazos, pastel, velitas, mañanitas y deseos, son insuperables.

Independientemente de nuestro gusto por los  festejos, los cumpleaños son una especie de año nuevo particular. Una fecha que sirve para examinar qué estamos haciendo y adónde queremos ir. En caso de que  hayamos perdido el curso, es un momento ideal para hacer ajustes, trazar metas, nuevos retos, etc. Desde luego que no es necesario cumplir años o darle otra “vuelta al Sol” —como dice un amigo astrólogo— para calibrar la brújula; sin embargo, si entendemos que un cumpleaños es para festejar la vida, pues nada mejor para celebrarla que pensar qué es lo que estamos haciendo con ella. Desconozco si cada uno de los siete mil millones de seres en este planeta tiene una misión especial que cumplir, de lo que tengo certeza es que solo tenemos una vida y hay que aprovecharla.

 

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