Neteando con Fernanda

“Lluvia entre Madero y Tercera”

Una canción te lleva siempre al mismo lugar, al mismo recuerdo. No importa si deseas cambiarlo y cuánto te esfuerces en hacerlo. La canción, cuando te toma por sorpresa, te llevará siempre a ese momento en el que te marcó para siempre.

Llueve. En pleno marzo llueve fuerte. ¿Esto es primavera? El problema no es de la lluvia, sino mío. Es la misma lluvia de la Ciudad de México, únicamente mi percepción sobre ella ha cambiado. Me di cuenta de este cambio hace unos días mientras escuchaba una rola de Pepe Mogt “Lluvia entre Madero y Tercera”. Una auténtica belleza. Las notas suaves como las de Ryuchi Sakamoto me transportaron a mi infancia, a esa época en la que pasaba mucho tiempo observando la lluvia y las formas que hacían las gotas al caer en los charcos o como escurrían en la ventana de casa. Podía pasar horas, sin cansarme, en esas actividades. No había prisa. Si acaso, un poco de urgencia de que el diluvio pasara pronto para poder salir a jugar y saltar en los charcos. La lluvia era lo que siempre ha sido: simplemente un fenómeno atmosférico, precipitación de agua en gotas. Nada más. Escuché “Lluvia entre Madero y Tercera” varias veces, mientras lo hacía, cada acorde me recordaba esa lluvia lúdica que esperábamos con ansia, como un gran acontecimiento y que, por supuesto, que no estaba relacionada con el tránsito infernal, encharcamientos, ropa mojada para ir a trabajar o un peinado o maquillaje arruinados. Los días lluviosos eran una bendición que nos daban la oportunidad de jugar a otras cosas que no nos proporcionaban los días soleados. Nada más. Ahora, de adultos, nos referimos a los tiempos difíciles como “días lluviosos” para los que hay que estar preparado, construir un refugio o ahorrar dinero.

Gracias a esa hermosa rola de Pepe Mogt, ahora veo a la lluvia con otros ojos o, más bien, logré percibirla como lo hacía de niña, tal cual es. Sin percepciones distorsionadas. La lluvia no es otra cosa más que lluvia. Si decidimos verla como una ocasión para divertirnos o como una tragedia, es nuestra elección. No pude evitar preguntarme ¿en cuántas otras cosas tengo esta venda en los ojos que me impide ver las cosas tal cual son? La lista es larga. Tenemos esa perniciosa tendencia a calificar todo lo que sucede. A dividirlo en bueno o malo, positivo o negativo y dejarlo en ese cajón. Es más fácil y quita menos tiempo, así que dividimos los eventos. Por supuesto que esta percepción nos hace mucho más difícil apreciar las sutiles bondades de lo que nos acontece cotidianamente como no toparnos con tránsito por la mañana, tener un encuentro inesperado con un amigo que no vemos hace tiempo, tomar un té caliente o tener luz y electricidad en casa. Esas cosas que no parecen muy importantes o no calificamos de “grandiosas” pero que si lo decidimos son los ladrillos de los que está hecha nuestra vida.

La manía de juzgarlo todo nos ocasiona dolores de cabeza. Hay un cuento que me gusta mucho para no calificarlo todo. No sé a quién se le atribuye y va más o menos así: En China, a la casa de un hombre llega un día, inesperadamente, un caballo salvaje. Los habitantes del pueblo van a su casa a felicitarlo por su buena suerte. El sabio hombre solo responde a las cuantiosas felicitaciones: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Había que hacer algo con el corcel, así que su único hijo empieza a domarlo. Al intentar domarlo, sufre una caída y se rompe las dos piernas. Todos los habitantes del pueblo otra vez se reúnen, van a su casa y le dicen: “¡Qué terrible desgracia, en qué mal momento llegó este caballo a tu casa! ¿Quién te va a ayudar en las labores del campo?” Nuevamente el sabio no calificó el hecho y respondió con su consabido: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!” Al poco tiempo estalló una guerra. Los hombres fueron llamados al combate. El hijo del sabio fue excusado de esta tarea por estar convaleciente. Nuevamente, todos los habitantes del pueblo van a felicitar al buen hombre por su buena suerte, a lo que el simple y sabiamente responde: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”

El dejar de etiquetar y analizar todo es una liberación. Por eso el dejar de juzgar es parte de todas las tradiciones religiosas y espirituales, pero no es tarea fácil. Como si fuéramos Moody’s o Standard & Poors ponemos etiquetas a todo lo que nos acontece y a quienes nos rodean. Es bueno toparse con una rola o un libro que nos recuerdan que no tiene que ser así. Que, aunque complicado, es posible ver las cosas de otra manera. Cambiar el chip. “Lluvia entre Madero y Tercera” pasará a ese lugar junto con otras rolas y libros memorables que me llevan a lugares felices.

 

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