Neteando con Fernanda

Dar demasiado

“Las raíces de la educación son amargas, pero los frutos son dulces”.

Aristóteles

 

Siempre que usamos la palabra  “demasiado” es porque algo negativo está sucediendo. Si comemos demasiado nos sentimos mal, si gastamos demasiado nos endeudamos, si amamos demasiado no estamos hablando de amor, sino de codependencia. Demasiado, como adjetivo, significa que excede lo necesario o lo conveniente. Como adverbio significa excesivamente, y ya sabemos que los excesos no son buenos.

Frecuentemente hablamos de los problemas que ocasionan las carencias: “Pobre fulano, es que pasó muchas necesidades de niño” o “es que lo abandonó su madre, le faltó amor”, y cosas por el estilo. Es cierto que las carencias y estrecheces tienen consecuencias, pero ¿y el exceso? Rara vez hablamos o reflexionamos sobre las consecuencias del exceso ¿Qué pasa cuando damos, amamos demasiado? Evidentemente no es algo positivo. Si no es positivo en una pareja, mucho menos a nuestros hijos.

Ellos necesitan que sus padres les pongan límites. Son éstos los que crean una zona segura en la cual podemos transitar. Y, aunque a primera vista no lo parezca, a todos nos gustan los límites porque crean certidumbre. Sí sabes que puedes salir, pero que tienes que regresar a las 9:00 de la noche, de lo contrario no podrás salir durante dos semanas; te queda claro cuál es la regla y la sanción por el incumplimiento de la misma. Ya sabrás si te arriesgas a irte de parranda o no. ¿Cuándo empezar? Los límites deben de ponerse prácticamente desde la cuna; sin embargo, no lo hacemos. Cada uno tiene sus razones, pero reconozcamos que la mayoría de las veces resulta más sencillo comprar el dulce y salir del problema que soportar el berrinche dentro del supermercado y las miradas de pistola de  todos los que nos rodean, fijas sobre nosotros. Educar no es fácil, ya lo dijo Aristóteles.

El hecho de no poner límites a nuestros hijos o no enseñarles a acatarlos tiene muchas repercusiones negativas. Va mucho más allá del berrinche que comentábamos afuera del mercado porque no les compramos un juguete. La ausencia de restricciones, la sobreprotección, el hecho de darles demasiado, son factores para criar hijos con Síndrome del Emperador (o hijos tiranos) y, en algunos casos, esta problemática llega a transformarse en unas historias dolorosas de violencia filio-parental.

Para los padres, aceptar que son víctimas de la violencia filio-parental no es fácil. Como con otros problemas con los hijos, les cuesta trabajo verlo; por lo mismo, lo justifican o lo niegan. Debido a esta negación, es difícil conocer la verdadera dimensión del problema. Si nos basamos en reportes, seguramente será menor a otros tipos de violencia, pero esto no quiere decir que la violencia filio-parental no exista, simplemente significa que los padres no quieren denunciar a sus hijos. Las razones de cada uno son diferentes. Quizá para algunos será por culpa o por sentirse responsables, ya que presentar una denuncia ante la autoridad supone aceptar que se equivocaron en la educación de sus hijos. Para otros será por el mismo miedo que le tienen a sus hijos. No importa, es un tema espinoso.

Martha Alicia Chávez, autora del libro Hijos tiranos o Débiles dependientes, a quien entrevisté, considera que el esfuerzo de los padres por facilitar todo a los hijos es contraproducente:“En mi experiencia profesional he visto que mientras más les dan, más les quieren facilitar la vida, y al darles la vida masticada, más ingratos se vuelven los hijos”.

Ciertamente podemos prevenir y evitar este problema. Se requiere firmeza y educar a los jóvenes desde que están en la cuna. Enseñarles los límites, cumplir los castigos, no sobre protegerlos. Por otro lado, no debemos confundir atención y cariño con la cesión a todos sus caprichos. Una buena educación no tiene que ver con el precio de la escuela que pagamos. Hay que enseñar a nuestros hijos que la felicidad y el cariño no dependen de las cosas materiales, ya que la felicidad, como dijo Mattieu Ricard, no está en el cumplimiento de nuestros deseos, sino en la calidad de nuestras relaciones humanas.

Hace unos meses, Josefina Vázquez Mota me invitó a colaborar en un proyecto sobre este tema. El proyecto, coordinado por la propia Josefina, culminó en el libro Cuando los hijos mandan y en él colaboraron Manuel Mondragón  y Kalb, Arnoldo Kraus, Julia Borbolla, Mariana Di Bella, Laura Peralta, Carlo Claricó y una servidora. El dos de diciembre, el libro se va a presentar a las 19:00 horas en la FIL de Guadalajara, salón 4 Planta Baja; si andan por ahí, me encantaría que pasen a saludar.  

 

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