Neteando con Fernanda

Casarse con la persona equivocada, muy equivocada

En la historia sentimental de cada persona existe un ¿cómo pude? Supongo que todos hemos tenido alguno y, aunque no nos guste la idea, hemos sido un ¿cómo pude? para alguien más. Esos desatinos sentimentales, con el paso del tiempo, siguen sorprendiéndonos. Hay quienes dicen que es necesario besar varios sapos para encontrar al príncipe. No tengo la receta para casarse con príncipes, pero creo que una retahíla de malos amores no le hace bien a nadie.

El otro día me topé con un artículo en The Philosophers’ Mail que hablaba acerca de por qué nos casamos con la persona equivocada (How we end up marrying the wrong people). No hablo de una pequeña equivocación o de lo roces normales. No, aquí estaríamos hablando de agua y aceite. Dos personas perfectamente incompatibles que lejos de complementarse en sus diferencias, hacen corto circuito. Hay quienes son el uno para el otro y otros que, definitivamente, no nacieron para estar juntos. Así como es una tragedia que los primeros no estén juntos, como en el caso de Romeo y Julieta, en los segundos la tragedia es que lo estén.

El artículo mencionaba varias razones por las que nos casamos con la persona equivocada. Por supuesto que éstas son lógicas, como la falta de autoestima, o el que no nos conozcamos lo suficiente y, por ende, no sepamos ni quiénes somos ni qué queremos. Todas muy interesantes y ciertas; sin embargo, hubo una que me llamó mucho la atención: “Porque no vamos a escuelas del amor”. Para quién esté pensando en escuelas de cachonderías, le cuento que no va por ahí (aunque tampoco estaría mal).

El artículo explica que hasta hace unos cuantos siglos el matrimonio era un asunto de negocios. Una unión de tierras, poderes e influencias que nada tenían que ver con los sentimientos de los protagonistas. Si estaban enamorados, se detestaban, eran felices o infelices, era lo de menos. Con el tiempo, el romance reemplazó a la conveniencia. Las cosas dieron un giro de 180 grados. Todo lo que dominaba la razón pasó a ser dominado por las emociones. Ya no importaba ninguna consideración racional, sino que sintiéramos mariposas en la panza. El matrimonio romántico se basaba en lo que sentíamos y este sentimiento era suficiente. Había que dejarse gobernar por él; entre más pronto, mejor. No había consideraciones racionales, pura idealización. Creímos fervientemente que amor salvaría todos los obstáculos. Tristemente ya vimos que no es así.

Para quienes piensen que las “locuras románticas” son cosa del pasado, les comento que ayer me enteré que un amigo que hace pocos meses tronó con su novia de años, le propuso matrimonio a otra mujer al mes de conocerla. ¡Y ella aceptó! Está claro que ambos quieren conocerse después del matrimonio, lo cual es una decisión respetable, pero arriesgada.

Pero volvamos al tema. El artículo propone que ya es tiempo de llegar a un tercer tipo de matrimonio, el de la psicología, donde no te casas únicamente por el sentimiento, sino que te casas después de que ese sentimiento ha sido examinado bajo la luz del entendimiento. Como bien explica el artículo, nos casamos con muy poca información sobre el matrimonio. En muchos casos no nos hemos preguntado qué queremos y qué esperamos. Leemos pocos libros sobre el tema (Por ahí les recomiendo el mío, Solo para parejas. Editorial Océano). No nos cuestionamos por qué otros matrimonios fallan, no interrogamos a los casados acerca de qué es el matrimonio; ni pedimos a los divorciados que nos hablen con sinceridad sobre las causas de su divorcio. Así, la mayoría nos casamos sin una idea clara de lo que hace a un matrimonio funcionar o fracasar.

Si en la época de la razón uno se preguntaba quiénes eran sus padres y cuánta tierra y bienes poseían, en la época del romanticismo las señales que buscábamos era el sentimiento, la incapacidad de pensar en otra cosa que no sea la persona amada; ahora, si decidimos entrar a este nuevo modelo de matrimonio, se tiene que ir más allá de la razón y el sentimiento. Tiene que ver con conocernos, aprender a amarnos, preguntarnos si verdaderamente queremos pasar el resto de los días con esa persona, si podremos educar a nuestros hijos juntos. Tratar de conocerlos y honestamente pensar si es la persona con la que podemos crecer y desarrollarnos.

El número de divorcios va en aumento; supongo que es un llamado a buscar otros modelos del matrimonio, ya que el que tenemos no funciona para todos. Hay que tomar el asunto más en serio, dejar de pensar en el matrimonio como un asunto del corazón, sino asunto para el que hay que prepararse, aprender qué es lo que lo hace funcionar y —quizá lo más difícil— conocernos y saber qué esperamos del matrimonio y de la persona que nos acompaña en esa aventura.

 

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