Neteando con Fernanda

Aprendiendo del fracaso

¿Recuerdan cuántas veces cayeron cuando aprendieron a caminar? Imagino que no, pero sin duda nos caímos, lloramos, pero definitivamente nos sobrepusimos y fue un gran aprendizaje, de lo contrario no caminaríamos. Aprendimos a balancearnos, movernos en equilibro y lo más importante; a levantarnos después de cada caída. No importa si en ese trance nos raspamos las rodillas o adquirimos uno que otro raspón. Perdimos el miedo, aprendimos de los errores y caminamos, de hecho, ya ni siquiera pensamos cómo lo hacemos. Caminar es parte de nuestra existencia. Algo casi tan natural como respirar.

Hace poco me enteré que existían unos eventos llamados Fuck Up Nights organizadas por un movimiento mundial para contar historias de fracaso de negocios. El movimiento llegó a México en 2012. En cada una de estas reuniones, tres o cuatro oradores narran ante decenas de personas la historia de fracaso de su negocio. Cada una de sus participaciones toma unos 10 minutos y después hay tiempo para preguntas y respuestas así como para intercambiar opiniones con los demás asistentes. Además de México, este tipo de eventos han sucedido en ciudades de países como Australia, Argentina, Chile, Colombia, Estados Unidos, República Dominicana, Francia, Alemania, India, México, España y Suiza.

El reconocer que existe el fracaso y hablar de él me parece una de las mejores cosas que podemos hacer por nosotros mismos. El tener la oportunidad de escuchar a otros contar sus historias puede —si escuchamos con atención— ser de gran valor. Finalmente en pequeña o gran medida el fracaso está presente en todas las áreas de nuestra vida, no solo en la laboral. Si podemos entender qué fue lo que no les funcionó en términos laborales, sentimentales, como padres, etcétera, seguramente trataremos de no repetir eso que no funciona.

Mi abuela repetía el refrán que reza: “Nadie experimenta en cabeza ajena”. Cierto, tenemos que vivir muchas cosas y equivocarnos para aprender de nuestros errores, pero también es cierto que muchas veces escuchamos lo que otros nos dicen acerca de cosas que debemos evitar en negocios, viajes, situaciones, relaciones, estrategias de vida y nos evitan grandes dolores de cabeza.

El miedo a fracasar paraliza. Y esta inmovilidad, nos hace perdernos de muchas cosas. El hubiera no existe. No podemos saber qué sucede si no nos arriesgamos. Quizá tendremos éxito o tal vez fracasemos, pero si no hacemos algo, nunca lo sabremos. El hablar de los fracasos, aceptarlos como una posibilidad, es liberador.

Mi libro Una visita al Museo de las Relaciones Rotas es también un recuento de fracasos. Cada uno de los cuentos es un ejemplo claro de relaciones que no funcionaron. ¿Tenemos que asustarnos por eso? Desde luego que no. Al contrario. Nadie puede garantizarnos que una relación no vaya a terminar, y creo que muchos tenemos terror a enamorarnos y salir lastimados, pero tenemos que exorcizar el miedo al fracaso en una relación. Muchas veces por cuidarnos de no sufrir perdemos momentos valiosos. Puede ser que la relación no funcione, pero ¿quién nos quita lo bailado, lo aprendido, y disfrutado?

Además de aprender de los fracasos y levantarnos, tenemos que aprender a reírnos de nosotros mismos. Quizá una de las lecciones más importantes y más difíciles que tenemos que aprender. Nuestro narcisismo nos hace creer que somos importantes, indispensables, increíbles y un largo etcétera, pero también nos equivocamos y en grande. El aprender a reírnos de nosotros mismos implica el reconocer que no somos tan importantes, indispensables e increíbles como pensamos todo el tiempo y a pesar de eso nos amamos y aceptamos ese lado obscuro que tenemos. Para reírnos de nosotros mismos es necesario dejar la soberbia a un lado, aceptar que estamos equivocados. No es fácil, pero después de todo, nadie es perfecto así que hay que ser menos duros con nuestros errores y por lo mismo no juzgar a otros.

Si hay algo seguro, además de la muerte y de los impuestos, es que tarde que temprano nos vamos a equivocar. Así que es mejor aceptarlo. Si el fracaso es inevitable, qué mejor que aprender de los errores para no repetirlos. Finalmente también sabemos que cosas muy positivas pueden obtenerse de esas equivocaciones.

 

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