Neteando con Fernanda

Abundancia y escasez

En la Cordillera del Atlas en Marruecos, el nopal (Opuntia ficus-indica), crece por todas partes. Parece una plaga en esa inhóspita región. Habitada desde hace miles de años por los beréberes o imazighen —como ellos mismos se llaman— en esas montañas la vida es dura. No es necesario pasar mucho tiempo en ese lugar con paisajes espectaculares, donde el tiempo parece haberse detenido, para darse cuenta de la complicada realidad cotidiana.

La carretera que cruza las montañas del Alto Atlas, fue creada por los franceses en 1928. Durante las dos o tres horas que toma cruzarlas (el paso de Tichka es una de los tramos más peligrosos del mundo y hay que ir despacio) es frecuente ver a las mujeres arando la tierra o cargando bultos pesados. Por lo lejano de sus caserios en las montañas no es difícil adivinar que será un largo recorrido.

El comercio es difícil en esa área. Salvo la venta de fósiles y minerales de la región junto con el aceite de argán —que producen comunidades de mujeres con técnicas milenarias— en miradores a la orilla de la peligrosa carretera, no hay muchas formas de ingresos. Tristemente, sus puestos están vacíos ya que muy pocos se detienen a comprar sus productos.

Entre esos paisajes espectaculares de tierra roja o nieve, durante la mayor parte del trayecto no dejé de ver nopales. Grandes o pequeños, con tunas y sin ellas. Había nopales por todas partes. Paradójicamente, a pesar de ser uno de un alimento con muchas propiedades tanto medicinales como alimenticias, los beréberes no los consumen ni utilizan. Su única utilidad es separar, a modo de barda, las propiedades.

En uno de esos lugares en los que uno se detiene a admirar el paisaje y descansar del trayecto, pregunté a una de las mujeres que vendía aceite de argán si consumían los nopales. Tuve que repetir dos veces la pregunta. La mujer, cubierta con un el tradicional hijab, me miró espantada y me dijo que desde luego que no.

Al ver ese valioso recurso sin utilizar, creciendo salvaje a la orilla del camino, recordé una de las reflexiones del libro Abundance, the future is better than you think (Abundancia, el futuro es mejor de lo que piensas) que me regaló mi amigo Paco Meré en Navidad. Peter H. Diamonds y Steven Kotler, autores del ese escrito (que de paso recomiendo mucho) sostienen que la escasez es contextual. Ellos ponen como ejemplo un árbol de naranjas cargado de fruta: si corto todas las naranjas de las ramas a mi alcance estaré sin posibilidad de obtener más fruta. Bajo esta limitada perspectiva habría una escasez de naranjas; sin embargo, si alguien trae una escalera, podré alcanzar las ramas más altas para tener naranjas en abundancia. La tecnología y creatividad solucionaron el problema.

Los beréberes ignoran que el nopal es comestible (y delicioso) por ello no lo utilizan. Lo cual es una pena. Si alguien les abriera los ojos, quizá podrían obtener recursos fácilmente. Seguramente a muchos de los turistas que atraviesan la zona podrían comprar productos de nopal junto con aceite del argán. Con la creatividad culinaria que existe en esas tierras y con sus preciadas especies, pronto se darían cuenta de que el nopal tiene posibilidades gastronómicas infinitas. Las pencas podrían ser alimento para el ganado, en fín, podrían obtener buenas ganancias con poco esfuerzo.

Desde luego lo que comemos es una cuestión cultural. Yo adoro los nopales porque desde que abrí los ojos eran parte de la cocina en mi familia; que un cactus lleno de espinas sea una delicia no es difícil de comprender para mí, pero desde luego no es lo mismo en otras partes del mundo. En Etiopía, por ejemplo, los nopales que son abundantes en la región del Tigray solo fueron consumidos durante la hambruna y no los han vuelto a probar desde entonces. Seguramente habría que hacer un trabajo largo para que los beréberes apreciaran el nopal, pero sinceramente creo que valdría la pena.

Más allá del tema culinario, no pude dejar de preguntarme qué otros recursos tenemos a la mano y que no utilizamos por falta de conocimiento o de tecnología. ¿Qué cualidades podríamos desarrollar para adaptarnos a las necesidades de estos tiempos cambiantes? ¿Estaremos sentados en alguna mina de oro sin saberlo? No lo sé y probablemente nunca lo sepa. Lo cierto es que mientras encuentro alguna respuesta me siento afortunada de haber podido visitar este hermoso país que es Marruecos, con su historia milenaria, sus mágicos sabores y alucinantes paisajes. Un lugar que vale la pena conocer.

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