Caleidoscopio

“Un francés en La Laguna”

Soy de una familia que tiene como tradición recibir visitas de extranjeros y darles cobijo en casa, como si fueran de la familia. Recuerdo cuando mi padre, Don Heriberto Ramos, recibía calurosamente a algún diplomático de África o a algún político, incluso a algún artista de fama internacional  o  una familia entera de agricultores de California, con el puro ánimo de aprender y convivir, para conversar sobre un país y otro, sobre costumbres, educación y economía, y con ello, nutrir nuestro espíritu del deseo de investigar, de viajar, de abrirse a otros mundos. Es una experiencia hospitalaria  inolvidable que recuerdo con agrado y es, por lo tanto, una herencia familiar que trato de repetir cuando puedo. Implica, de entrada, tener mucha apertura y cierta dosis de suerte en cuanto a que el visitante sea lo que uno espera y viceversa, y su visita se torne positiva y aleccionadora.  Es el caso de Philippe Ducrú, ciudadano francés y ciudadano del mundo, corredor profesional de fletes marítimos, aventurero de vocación y aprendiz de temperamentos y temples, costumbres y conductas varias, quien desde Paris nos visita para conocer la Laguna, el desierto, Torreón, su gente, sus cercanías, tal como lo ha hecho en innumerables sitios del globo terráqueo: Las Galápagos, La Antártida, Cabo de Hornos, El Pacífico Sur, en velero, tren, camión o barco, en un ir y venir que desenmascara su pasión por el viaje y la travesía.Su presencia de inmediato evoca la memoria de mis padres y hermanos, todos viajeros consumados, como el mismo Philippe, cuyo intercambio de ideas y aventuras florece al mínimo intento, como si eso fuese un código entre los que queremos aprender de las personas de otros países. Es la herencia que quisiera dejar yo mismo a mis hijos y nietos: apertura hacia los demás, a lo extranjero y al viaje. Nada se pierde y mucho se gana, cuando el temperamento de las personas esta fraguado no solo con la visión del intercambio y aprendizaje local, sino con el ingrediente de haberse abierto a los de afuera, a los que hablan un idioma diferente al nuestro, a los que incluso practican otra religión: tal es en realidad el verdadero valor del crecimiento intelectual que tenemos que procurar.Bienvenido a Torreón Philippe. 


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