Caleidoscopio

Al encuentro de los aborígenes

Todo va cambiando conforme enfrentamos los retos de un viaje largo por las costas de Australia, enorme isla originalmente llamada Sahul, que contiene misterios indescifrables y maravillas dignas de verse y disfrutarse.

De Byron Bay nos movemos al norte con la idea de llegar a Cairns y acceder desde ahí al arrecife conocido como el «Great Coral Reef», único animal vivo, dice mi hijo Gerardo, que se puede distinguir desde el espacio, para disfrutar de él y de sus aguas color turquesa, muy similares a las de nuestro Caribe. Cairns, población de solo 350 mil habitantes es un polo turístico importantísimo para este país, pero además parte de la principal región productora de caña de azúcar y también de zinc. De ahí nos movemos a la más septentrional de las ciudades australianas: Darwin, tierra de cocodrilos, capital del Territorio Norte que incluye al Gran Parque Nacional  Kakadu, el mayor de Australia, cuya extensión es tan grande como la del estado de Coahuila.

Darwin es la puerta natural de entrada y salida desde y hacia el sureste asiático, pues se encuentra frente al Golfo de Timor y de  Nueva Guinea así como del Estrecho de Torres, para muchos científicos origen de los primeros asentamientos de los aborígenes. De Cairns a Darwin recorrimos tan solo cerca de  tres mil kilómetros, dando con ello idea de las dimensiones del terreno en el que andamos. Darwin es una ciudad de jóvenes y de aborígenes. Jóvenes mochileros de todo el mundo que vienen aquí en busca de encontrarse con Ayers Rock o Uluru, lugar sagrado para los aborígenes, sitio mágico, emblemático y misterioso, cuyo monolítico mide 9.5 kilómetros de contorno y casi 400 metros de altura y cambia de color conforme transcurre el día. Es la piedra más grande del mundo. Uluru es Patrimonio de la Humanidad desde 1987 y por ello al leer este artículo, amigo lector, el que escribe andará ya surcando esos caminos en busca de los relatos de los Anagus, pobladores de Ayers Rock.

La gran dicotomía que enfrento en este viaje finalmente va llegando, poco a poco. Por un lado  admirar como pintor el arte pictórico de los aborígenes, muy complejo pero a la vez sencillo, lleno de figuras que representan sus sueños como pueblo y por el otro, comprobar la pobreza y condición degradada de esta grupo de seres humanos diezmados por las enfermedades y el alcohol. 


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