Juego de espejos

La sana distancia y los tricolores del altiplano

Uno de los problemas no resueltos del régimen, no solo del PRI, es la relación del partido gobernante con el presidente en funciones. Ernesto Zedillo, como presidente electo, públicamente definió la relación comprometida con su partido; dijo que no intervendría en la designación del candidato presidencial y ofreció a su partido una debida distancia para que cada cual hiciera lo suyo, el presidente a gobernar para todos los mexicanos y el partido a ganar elecciones.

El inicio de la Presidencia fue singularmente adverso: la resaca del levantamiento zapatista, los magnicidios de Colosio y Francisco Ruiz Massieu, así como las revelaciones de negocios con la privatización desde la más elevada oficina, amén del uso discrecional de la partida secreta. El fiscal responsable de la investigación del homicidio de Ruiz Massieu señaló a la nomenclatura del PRI como autores intelectuales y el de Colosio se refirió a una acción concertada. En las primeras semanas de gobierno se activaría una severa crisis financiera con un deterioro grave en la economía nacional y popular. La medicina de caballo para hacerle frente también tuvo un elevado costo social, aunque eficaz como quedó claro tiempo después. Acostumbrado a ganar, el PRI empezó a perder elección tras elección. Dirigentes fueron y vinieron, la sana distancia fue utilizada por los sectores priistas más conservadores como causa de derrota. La tecnocracia también fue señalada y varios gobernadores (Bartlett y Madrazo) promovieron con éxito que en los estatutos se estableciera el requisito de cargo de elección popular para ser candidato a presidente. Desde Luis Echeverría todos los presidentes incumplían con la nueva norma.

Fox ganó la candidatura y la elección a contrapelo de la cúpula de su partido. La distancia entre el presidente y el PAN no fue argumento, venía de origen. El interés de Vicente no fue definir candidato, sino frenar a toda costa a López Obrador en su pretensión de ganar la Presidencia. Felipe Calderón fue candidato a través de un novedoso proceso de elección primaria, como también sucedió con Labastida seis años antes; la diferencia es que Calderón sí se apalancó en el procedimiento democrático, mientras que Labastida lo vio con desprecio primero y después como causa de sus dificultades y resultado adverso. Así, la democracia interna en el PRI pasó al cajón de lo ingrato, mientras que en el PAN se volvió norma y fortaleza.

Calderón ganó la candidatura con legitimidad y lo hizo frente al deseo de Fox de que ganara Santiago Creel. El miedo a López Obrador unificó a gobierno y partido. Calderón prevaleció con mínima diferencia. Pero no fue consecuente, además de ingrato: echó del partido a su presidente Manuel Espino. De allí en delante impuso dirigentes, tono y agenda hasta que llegó Gustavo Madero. Josefina ganó la candidatura con el rechazo del círculo cercano del presidente, que favorecía a Ernesto Cordero y que con el relevo de gobierno se enganchó con el gobierno del PRI.

No es del todo cierto que el presidente se apropiara del partido. Los dirigentes casi nunca eran subordinados. Esto cambió con el arribo de Luis Donaldo. Fox tuvo como dirigente a un político honorable y prudente, Felipe Bravo Mena. Calderón pretendió tener empleados en la dirección del PAN, pero Germán Martínez acreditó dignidad y sentido de vergüenza ante la adversidad, no así César Nava.

Enrique Peña Nieto regresó a la tradición de promover en el cargo de dirigente a un político representativo del conjunto y no de su grupo. Manlio Fabio Beltrones llegaría en condiciones de un amplio consenso y reconocimiento dentro y fuera del PRI. Las elecciones le cobran factura y resuelve retirarse de la dirección nacional con un sólido capital político. Antes, César Camacho, ahora coordinador de los diputados, llegó a la dirección nacional; mexiquense al igual que el Presidente y consecuente con el sentido de lealtad propio de los tricolores del altiplano.

Son momentos difíciles para el PRI. En lo que queda del gobierno no se ha resuelto ni se resolverá una relación entre presidente y partido propia de la modernidad política del país. La sucesión se precipita y lo de ahora es preparar al partido para procesar la candidatura presidencial y para las contiendas, especialmente la del Estado de México, a la vuelta de la esquina, y la nacional, a menos de dos años de distancia.

Le corresponderá la encomienda a Enrique Ochoa. El reto es inmediato y tiene que ver con el Estado de México, donde se presentan mejores condiciones que en otras partes y donde la oposición no cuenta con una figura con prestigio, una vez que Josefina Vázquez Mota ha declinado su eventual postulación. A partir del resultado en el Estado de México se habrá de definir candidato en el marco de la ortodoxia tricolor tan común en los tricolores del altiplano.

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