Juego de espejos

Para encarar a Trump

Nadie puede sentirse mal por el pronóstico fallido de que el magnate inmobiliario Donald Trump no lograría la candidatura presidencial. Fueron muchos los que se equivocaron, incluso los mejores observadores de la política norteamericana. La soberbia intelectual frente a un muy cuestionable candidato les impidió advertir que en estos tiempos de descrédito un personaje mentiroso, superficial y manipulador puede ganar el favor de un importante sector del público si éste escucha lo que quiere.

Algo parecido sucedió en México con Vicente Fox. El complejo de superioridad de muchos, incluso panistas, les hizo ver con desdén al guanajuatense. El fin de siglo llamaba al cambio y Fox pudo comunicarlo con eficacia y lograr lo que parecía imposible: derrotar al partido que por décadas había dominado por las buenas y las malas. Una edición más reciente es la de Jaime Rodríguez en Nuevo León, con biografía discutible, por decir lo menos, se impuso con creces al PRI y al PAN al amparo de una también discutible independencia y de una oferta vengadora del agravio público por la corrupción de los gobiernos de ambos partidos.

Trump puede ganar la presidencia porque los tiempos le favorecen. La exigencia de cambio es arrolladora, aunque lo de ahora es diferente. Como dijera Liébano: el miedo al cambio es menor al miedo de que continúe lo que existe. Esto es, lo que domina la contienda es el rechazo al orden de cosas. Allá en Estados Unidos, como en Inglaterra, es el repudio al internacionalismo y a la globalización manifiesta no solo en el libre flujo de mercancías y dineros, sino en el de personas. El nacionalismo de los poderosos es esencialmente xenófobo y con fuertes tintes racistas.

Es preciso entender las razones del éxito de Donald Trump y, en cierta forma, de Bernie Sanders, aunque éste en el espectro de la izquierda. Ambos populistas, pero con expresiones claramente encontradas. Los dos invocan al pueblo y el agravio; el primero, para acentuar la exclusión y el autoritarismo; Sanders, para hacer al Estado responsable frente a los marginados de cara a los poderosos intereses económicos. Hay populistas de izquierda y de derecha, y como dijera con acierto el presidente Obama, el populismo se alimenta de la desigualdad y de la pérdida de esperanza.

México está amenazado por el cambio de reglas en la relación bilateral. El objetivo es el país y son los mexicanos de aquí y de allá. La situación llama a una revisión a fondo de la política tradicional en la materia. La frontera es territorio crítico, el señor Trump habla de inmigración ilegal y por eso propone el muro. Hay una fuerte dosis de hipocresía: los migrantes ilegales le dan competitividad a la economía norteamericana porque abarata el costo laboral. Tampoco las drogas pueden frenarse; el consumo es una poderosa e incontenible fuerza; cerrar la puerta eleva precios y propicia la incursión de drogas más peligrosas y difíciles de controlar.

El tema de mayor peso, inexistente para los mexicanos, es el del terrorismo. El peligro mayor de las democracias no es el inmigrante ilegal per se, tampoco las drogas, es el fundamentalismo vuelto guerra santa. En México, el tema es exótico. Para el sistema de seguridad norteamericano es prioridad. El país debe participar más activamente en ello. No solo es cuestión de condescender al poderoso, sino de participar activamente frente a la amenaza mayor que encara el llamado mundo civilizado.

México es cada vez más ajeno al mundo. La cancillería está en su nivel más bajo por la evidente inexperiencia de quienes llegaron a aprender desde las más altas responsabilidades. Una pena para el PRI y su historia en política exterior, pero se imponen las consideraciones de grupo a costa del país. Lo anecdótico se impone y la visión de las élites mexicanas tampoco da para mucho. Los ex presidentes Calderón y Fox se regocijan en la descalificación a Trump, pero eluden entender que el desprestigio de México es por la violencia, el deterioro en los derechos humanos y la corrupción. No es un tema de percepción, es una realidad; tampoco es un juicio a un gobierno o partido, es una sentencia a un régimen incapaz de dar respuesta. La condena es inevitable. En el imaginario internacional, el país se ve muy mal.

Para encarar al mundo México debe resolver temas fundamentales de su agenda doméstica, empezando por contener la corrupción y abatir la impunidad en todas sus expresiones. La desigualdad tiene que ver con el modelo económico y debe entenderse que es el empleo la mejor manera
de abatir no solo la pobreza, sino la causa de que muchos mexicanos abandonen su país y se aventuren en una sociedad que los desprecia, pero un mercado laboral que los necesita. Toda una ironía: la vilipendiada migración es una pérdida para México y una ganancia para EU.

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