Juego de espejos

La secuela de la elección del Estado de México

El desenlace de la elección del Estado de México tiene efectos importantes, muchos ya previstos: el fortalecimiento de Enrique Peña Nieto para dirigir la sucesión presidencial; la recuperación de la moral de triunfo en el PRI; la inclusión del gobernador Eruviel Ávila a la lista de los presidenciables; la ratificación de las alianzas como vía al éxito; la interrupción de la inercia avasalladora de López Obrador; el regreso del PAN a la adversa realidad y el deterioro de las posibilidades de Ricardo Anaya para lograr la candidatura de su partido, principalmente.

En efecto, con la candidatura de Alfredo del Mazo, el presidente Peña arriesgó mucho y ganó otro tanto y quizá más. Abrió muchas batallas y ganó todas. La más relevante es que habrá un gobernador afín a él en el estado más importante del país, tema crucial para la sucesión y su ex presidencia. Entre los gobernadores próximos a Peña Nieto, a Alfredo se suman Alejandro Murat de Oaxaca, Alejandro Moreno de Campeche e Ignacio Peralta de Colima. También con el triunfo apuntala a un potencial sucesor para disputar la candidatura presidencial en seis años. Sin duda, Peña Nieto amplía su margen de influencia para definir candidato presidencial.

Eruviel Ávila fue crucial para ganar la elección. Sus colaboradores y el partido se manejaron con disciplina a pesar de las fisuras internas como efecto de la designación de candidato. A pesar de las dificultades en el ejercicio de su gobierno, cierra con un margen importante de aceptación. Sin duda, fue un activo mayor para que el PRI ganara. También lo fue la alianza de partidos. López Obrador optó por las alianzas de facto, logró la del PT y falló con la del PRD. El PAN entendió que no puede competir en sus propios términos y en la recta final de la campaña Ricardo Anaya deslizó, junto con Alejandra Barrales del PRD, la alianza futura con miras al 2018.

López Obrador también apostó fuerte al Estado de México, incluso permitió que se suscribieran alianzas, muy a contrapelo del piso ético que dice suscribir, como fue el apoyo del magisterio afín a la maestra Gordillo. Su candidata no pasó el escrutinio propio de las campañas y junto con las revelaciones de Eva Cadena provocó un efecto igualador de Morena respecto a las demás fuerzas políticas en lo referente a la financiación ilegal. Se puede decir que la inevitabilidad del triunfo de López Obrador para 2018 quedó seriamente cuestionada. Además, de que sus errores propios afectaron las posibilidades de su propia candidata como fue el señalar que cancelaría el proyecto del nuevo aeropuerto, sin importarle que la obra genera altas expectativas de bienestar en la población donde Morena estaba construyendo su base electoral.

Otro de los que jugaron mucho en la elección fue Ricardo Anaya al promover la postulación de Josefina Vázquez Mota. Midió mal, como casi todos los dirigentes nacionales. Subestimaron el sentimiento local y la necesidad de construir un proyecto político desde la base. Esa fue la fortaleza de Delfina Gómez y también de Juan Zepeda, el candidato del PRD.

Efectivamente, la sorpresa mayor de la elección la representó el candidato del PRD. No ganó, ni siquiera estuvo en condiciones de disputar el triunfo. Pero su campaña ascendente y su votación de casi 20% significó el mejor resultado de campaña alguna de los cuatro estados en competencia. Entender lo que sucedió con Juan Zepeda ofrece claves importantes para lo que viene. Lo disruptivo no viene de la radicalización ideológica o programática como lo sostiene López Obrador, sino de lo nuevo, lo inédito e inesperado. Sucedió con Jaime Rodríguez en 2015 y se repite con el candidato del PRD en 2017. Lo disruptivo también se alimenta de lo local, no de lo nacional y no de la grandilocuencia propia de las figuras nacionales, sino de la sencillez para comunicar y representar. En este sentido López Obrador pasa a ser más de lo mismo y el PRD, en el momento en el que más lo necesita, gana una figura que tiene todavía mucho por crecer.

El saldo más adverso para López Obrador es la ruptura con el PRD, pecado de soberbia y un error estratégico que revela que en Morena la única decisión, voluntad y voto que existe es la de su dirigente nacional. Un partido de corte caudillista, con una propuesta caudillista, con un proyecto caudillista. Esto no da para la modernidad democrática, aunque sí para canalizar el descontento de muchos con el orden de cosas; sin embargo, eventuales candidaturas disruptivas como la de Jaime Rodríguez o la de Juan Zepeda muy bien pueden disputar la misma base social, como ocurrió en la elección del Estado de México, y así anular su expectativa ganadora.

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