Juego de espejos

El drama de la dama

A Purificación le sucedió lo que a muchos políticos sobrados de inteligencia: resbalan por la soberbia que destila confianza. Su caso adquiere relieve por el cerrón de puerta en Morena. Es evidente su incapacidad para asumir las reglas de la política.

Mucho dará de qué hablar la caída de Purificación Carpinteyro. En algo tiene razón, no se pude nadar con tiburones y nadar de muertito. Le sucedió lo que a muchos políticos sobrados de inteligencia: resbalan por la soberbia que destila confianza. Los nombres sobran: Carlos Salinas, Marcelo Ebrard, Elba Esther Gordillo, Felipe Calderón, Ernesto Cordero, Fernando Gómez Mont y muchos otros más. Llevan al enemigo dentro; mal negocio subestimar a los demás, sobre todo al adversario declarado y al oculto. Lección para muchos empoderados; obligado es el control de impulsos y emociones, unos lo llaman oficio político, otros inteligencia emocional.

El drama de la dama adquiere relieve por el cerrón de puerta en Morena, como se deduce del texto del jueves de Guadalupe Loaeza en Reforma. Es evidente su incapacidad para asumir las reglas de la política. La señora Carpinteyro es avezada en telecomunicaciones y también en el juego palaciego: con malas artes puso en jaque a su jefe (Luis Téllez) y al jefe de su jefe (Felipe Calderón), pero le da por desentenderse del juego del poder. Por eso no leyó bien a sus jefes. Los Chuchos la dejaron caer sin miramiento. Por asuntos mucho más graves y serios Gustavo Madero ha dado la cara por los suyos; son muchos panistas quienes gracias a él han gozado de inmunidad. Los casos en el Congreso sobran. También se debe a Madero el escrutinio magro y la inexistente rendición de cuentas del gobierno anterior por corrupción. El dirigente del PAN es el campeón de la impunidad derivada de la negociación con el poder.

La diferencia es que Madero no enfrenta una opción ética, con todo que ése haya sido el intento de Ernesto Cordero. Sí es el caso de Los Chuchos. Su temor mayor no son los monopolios ni la privatización del petróleo, sino la amenaza que les plantea Andrés Manuel López Obrador.

La derrota de la dama Carpinteyro ocurre por decir la verdad, pero no fue un acto de honestidad, sino un intento fallido de minimizar una falta grave, así se advierte en su incursión radiofónica para controlar daños. Asumió superioridad moral por su causa contra los monopolios, pretendió que eso le diera blindaje y la liberara de culpa. Su falla y condena no solo es tema mediático, sino de estricta legalidad. Las oportunidades de negocio no pueden ni deben ser para quienes definen las reglas de apertura en un mercado pleno de oportunidades de negocio. Su error no solo es medir mal a adversarios y aliados, sino desentenderse de la ética elemental en el servicio público.

La dama pierde todo, el PRD mucho. Guadalupe Loaeza descifra bien el código lopezobradorista, no puede haber negocios desde el poder decisorio. Por esta razón sus jefes son los primeros en dejarla caer, no es un caso de escrúpulo, sino de cálculo político. El problema no es ella y su patético manejo de crisis, sino el temor que hay en el PRD por lo que implica la autoridad moral de López Obrador. El drama de la dama hace evidente el objetivo del tabasqueño en la disputa de la causa progresista: exhibir la izquierda corrupta frente a la izquierda buena. Por ello el colapso de la dama es total.

Una pena que la señora Carpinteyro haya resuelto mal su espacio editorial. Su voz es útil al debate en el Congreso y en los medios. Al final de cuentas no importa quién lo dice, sino qué se dice. Se desgasta en reclamar a sus hipotéticos y falsos compañeros. Ni en la política ni en los medios eso existe. Lo importante son las palabras y los argumentos, aunque sean en la soledad propia de la incomprensión y de la adversidad.

Los pagados de sí mismos llevan doble condena cuando se equivocan. Como en cualquier caso, los errores se pagan, pero el costo se eleva en quienes se asumen superiores o quienes dispensan demasiada consideración a la opinión de otros sobre sí mismo. El cinismo no es la salida; sí el difícil reconocimiento del error propio (lo que con regateo ha hecho la dama) y la capacidad para reinventarse en medio del infierno por el señalamiento hostil de propios y ajenos.

En el drama de la dama la cuestión que importa no son las personas, sino las reglas. Aunque da de qué hablar, tampoco es relevante la doble moral o la ingenuidad. En el Congreso mexicano no existe un régimen y una institucionalidad que acote las actividades privadas de los legisladores y empleados del Congreso. Las cámaras desde hace años son espacio de opacidad y discrecionalidad como pocos lugares de la vida pública. Se mueven por la libre y en la sombra, no rinden cuentas e intercambian protección, por lo mismo es la infidencia, el descuido o un testimonio en la red lo que provoca escándalo y condena.

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