Juego de espejos

Lo bueno, lo malo y lo feo en el PAN

El problema de Acción Nacional tiene que ver con su propio deterioro. Algunos, de manera interesada, lo aluden a los problemas recientes por escándalos de legisladores y funcionarios panistas menores; otros remiten las dificultades al extravío del proyecto.

De mucho interés resulta el debate entre Leo Zuckermann y el pensador Silva Herzog Márquez; lo que está de por medio no es el futuro deseable del Fondo de Cultura Económica, asunto de por sí relevante, sino el valor y la función de la crítica: para el primero, las entidades culturales públicas inevitablemente servirán al César; para el segundo es la fuerza de la crítica lo que impide que esto suceda; no hay ingenuidad al respecto, lo constatan experiencias exitosas propias y ajenas y no solo en temas editoriales. Lo cierto es que en la calidad de quien se opone, en buena parte estará la de quien gobierna.

La crítica de calidad es uno de los déficits más costosos del México de hoy día. En temas de gobierno a la oposición le corresponde esa tarea, pero también a los medios y a la actividad editorial, aunque hay que decirlo: es más fácil criticar que hacer, rechazar que construir o decidir. El país ha cambiado en lo político: hay más tolerancia y la coexistencia entre diversos es uno de los signos más alentadores y que ha llevado a que el Congreso mexicano transite de la inmovilidad y el chantaje a la de articulador del proceso de cambio institucional.

El PRD y el PAN, las principales oposiciones, pasan por dificultades. En el primer caso el desafío no solo está dentro, sino la amenaza que le plantean López Obrador y su movimiento. En el segundo, el problema es más claro, tiene que ver con su propio deterioro. Algunos, de manera interesada, lo aluden a los problemas recientes por escándalos de legisladores y funcionarios panistas menores. Otros remiten las dificultades al extravío del proyecto y de los buenos principios en su tránsito en el poder nacional.

Lo feo en la crítica viene a cuenta del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México y la postura de una de las voces más conocedoras del tema: José Luis Luege, ex secretario de Medio Ambiente, ex director general de Conagua y ex dirigente del PAN en el DF. En entrevista con Ciro Gómez Leyva rechaza lo que todavía no conocía ni se presentaba: la zona no resiste el crecimiento actual: “no hay agua, no hay vialidades, no hay servicios, no hay un plan regional de desarrollo urbano”. Luege pasó como la versión panista de los macheteros de Atenco. No hay más que de dos: el funcionario se oponía al proyecto desde tiempos de Fox o muda de postura según su lugar en el poder: “Los proyectos están bien cuando los hacemos nosotros, mal cuando es de los otros”.

Lo malo. El episodio más ominoso vino en ocasión de la remoción del vicecoordinador panista en el Senado, José María Martínez, quien, en medio de la afrenta por su remoción por Jorge Luis Preciado, acusó a éste de haberle ofrecido en diciembre pasado una suma importante a cambio de respaldar las iniciativas del gobierno y del PRI. Los hechos que alude importan, pero dice mucho más la actitud. La denuncia existe no por lo que supuestamente ocurrió en ese entonces, sino porque ha sido sustituido de su cargo. No importó el daño a su fracción o partido, tampoco a la imagen del Congreso. El PAN en el Senado insiste en mostrar la peor cara de la política; las divisiones se resuelven en pleitos y dichos de cantina. Hace bien Madero en ratificar a Preciado, como también lo hace el senador Roberto Gil al restar trascendencia a las expresiones del denunciante agraviado.

Lo bueno o lo mejor viene de la autocrítica de Luis Felipe Bravo Mena, quien presenta el libro Acción Nacional, ayer y hoy, una aportación imprescindible de un testigo privilegiado del tránsito del PAN de la oposición al poder y su regreso. Un político con sentido de integridad y de dignidad, atributos que acompañan a la honestidad en el más amplio sentido de la expresión. Hay claridad: sin acusar agravio y culpables, señala que al PAN se le quebró el alma por la pérdida de mística y cultura ciudadana que le venía de origen.

La virtud del planteamiento del ex dirigente nacional del PAN y ex secretario particular del presidente Calderón en el periodo político más difícil de su gobierno es mantener distancia de las pugnas entre maderistas y calderonistas; en otras palabras, privilegiar el proyecto común. Como lo ha hecho recientemente junto a otras personalidades panistas, no se pierde en las querellas internas, sino aportar a la solución; propuestas menores para unos, pero fundamentales y consecuentes con el proyecto de origen: regresar al debate, mirar nuevamente al ciudadano. Su obra reciente es lectura obligada, como se lo ha propuesto: “contribuir a que mi partido cumpla a cabalidad con su responsabilidad y así honre su historia”.

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