Juego de espejos

Mal verano para AMLO

De haber sido las elecciones presidenciales en meses pasados, muy probablemente el ganador hubiera sido López Obrador, más si en el PAN hubiera estado presente la incapacidad para concertar la designación de su candidato o candidata presidencial. La mesa estaba puesta para el tabasqueño. La apertura de Televisa con una entrevista cuidada en el noticiero matutino de Carlos Loret de Mola, más la adhesión de conspicuos personajes de la política y empresa, daban la impresión de un López Obrador imparable. La situación cambió.

Gane o pierda Morena el Estado de México, lo ocurrido en meses recientes hacen cuestionable que López Obrador gane la Presidencia. Su intolerancia manifiesta por su complejo de superioridad moral, una vez más, se vuelve en su contra. No resiste la crítica ni de un padre agraviado por la muerte de su hijo ni la de un periodista con sólidas credenciales como las de José Cárdenas. A López Obrador lo asedian los fantasmas que él mismo crea y confunde el escrutinio público, al que todo personaje está obligado, con una conspiración en su contra.

López Obrador es un político de mucho instinto, pero no tiene perspectiva estratégica ni capacidad de reacción en lo inmediato. Sus respuestas espontáneas y bajo presión son muy desafortunadas, como fue al confrontarse con las fuerzas armadas o al descalificar a cualquier periodista que le haga pregunta incómoda como un emisario de su llamada mafia del poder.

Desde luego que hay intereses poderosos que no quieren que Andrés Manuel sea presidente de México. Él los ha desafiado y en ocasiones al margen de la verdad, como es el señalamiento de que OHL esté financiando la campaña del PRI en el Estado de México. Ha prometido revertir las reformas con énfasis en la educativa y la energética; su pública simpatía hacia lo más repudiable del gremio magisterial es lamentable. También ha dicho que frenará la construcción del aeropuerto de la Ciudad de México. Sus expresiones agresivas hacia el Presidente de México contrastan con su silencio hacia el de Estados Unidos, con el cálculo de que lo primero le gana votos y lo segundo elude enfrentar a un enemigo real.

La elección del Estado de México le ha resultado muy costosa, igual que las revelaciones del financiamiento ilegal en Veracruz. La candidata Delfina Gómez es títere de intereses muy cuestionables que conducen a Higinio Martínez, prototipo de venalidad y manipulación. Las prácticas de cobro a empleados, y otras más, asociadas al ejercicio parcial y corrupto del poder ponen en entredicho el estándar ético que López Obrador presume de él y de los suyos. La adhesión del grupo cercano a la profesora Gordillo no es accidental, es un acuerdo para ganar el poder sin importar los medios. A López Obrador le incomoda el señalamiento, pero es una realidad, que con o sin su permiso los suyos acordaron con el gordillismo sumarse al proyecto electoral de Morena en el Estado de México.

El enfrentamiento con el candidato del PRD, Juan Zepeda, ha vuelto terrenal a Andrés Manuel López Obrador. El intercambio ha favorecido al mexiquense a grado tal que el PRD tiene en él la figura que necesita para 2018, lo mismo dirigente del PRD, vocero en la campaña presidencial y hasta candidato, sobre todo, si supera 20 por ciento de los votos. En el intercambio cae AMLO y sube Zepeda. Así sucede porque el instinto político de Andrés Manuel no le da para entender que su tamaño y fuerza no le permite pelear lo mismo con un candidato local que ha hecho una espléndida campaña, que con un periodista serio y profesional de la calidad de José Cárdenas.

Una de las ofensas que más lastiman a Andrés Manuel es que se le equipare a cualquier político. Ciertamente, el tabasqueño es diferente y ha tenido el acierto de hacer de la honestidad argumento y rasgo de identidad. Esto no lo hace honrado, pero sí le genera simpatía de una sociedad lastimada por el abuso y los reiterados escándalos de venalidad que a todos los partidos y órdenes de gobierno incluye. Los meses recientes revelan que el círculo cercano y candidatos de Morena son más de lo mismo y que, en el afán de ganar el poder, López Obrador les defiende sin complejos ni reserva. Esto, precisamente, es lo que hace cualquier político.

La intolerancia es una característica de López Obrador que merece la mayor atención. No lo fueron sus ejemplos: Juárez, Mandela o Gandhi. Bajo ninguna circunstancia se justifica. Ni siquiera que sea verdad la conspiración en su contra por la oligarquía nacional o por la parte más nociva de ésta. Le deberá quedar claro que no es un salvador lo que el país requiere, sino una sociedad activa, demandante y crítica.

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