Juego de espejos

Tiempo de enojados

Para el caso local, cierto es que el Presidente tiene números de aceptación bajos; lo mismo sucede en toda la región y en muchos países de Europa. La condena al populismo no es propia, allí están las expresiones de Hollande y Merkel de días pasados.

No solo en México, el mundo vive el momento de los enojados. Humor social dicen algunos, otros remiten a las cifras de la desconfianza o falta de credibilidad de las instituciones fundamentales de la democracia: partidos, funcionarios electos y congresos. Esto corre en paralelo a la muda de hábitos informativos, de convivencia y entretenimiento. Son tiempos de la red, de la información en tiempo real, de amigos y asociaciones virtuales. En realidad son tiempos de soledad a pesar de las ficciones múltiples de la modernidad.

Para el caso local, cierto es que el Presidente tiene números de aceptación bajos; lo mismo sucede en toda la región y en muchos países de Europa. La condena al populismo no es propia, allí están las expresiones de Hollande y Merkel de días pasados. Las propuestas políticas con base en la indignación, aunque circunstancialmente populares suelen ser frágiles y, especialmente inviables o irresponsables. En Grecia el realismo económico sometió al gobierno de Alexis Tsipras y al radicalismo de su partido.

Más próximo está Donald Trump y sus excesos xenófobos, intencionada y calculadoramente provocadores. Hace meses el precandidato era visto con desprecio. El respaldo obtenido ahora lleva a la preocupación, porque los tiempos de enojados abren la puerta grande a las propuestas rupturistas, porque son las que con mayor facilidad conectan con el ánimo de muchos frente al descrédito de lo que existe.

Indignados suelen decirles en España. Razones tendrán porque los efectos de políticas restrictivas frente a un capitalismo inhumano y una democracia de ciudadanos complacientes llevan inevitablemente al desencanto y de allí a la inconformidad, particularmente frente a la falta de expectativas de jóvenes y los efectos en el bienestar de la población. Allá es la crisis del Estado benefactor; aquí es algo más concreto: las dificultades para vivir en paz y con apego a la legalidad.

Los nacionalismos y populismos van de la mano. Más razonables los que invocan un mejor trato social del Estado y de la empresa (Podemos, Ciudadanos) que aquellos a quienes mueve el secesionismo o invocan el sentimiento nacionalista para apuntalar su lucha por el poder. Por ello, para México es muy peligroso el discurso de Donald Trump. Por lo pronto su efecto ha sido mover a varios de los prospectos presidenciales de su partido a una postura hostil hacia México.

Esto le da sentido a las palabras del presidente Peña Nieto en la ONU. Los intérpretes y comentaristas se equivocaron. El mensaje tenía destinatario y no era, como ocurrió con Fox en su primera comparecencia en el Congreso norteamericano, airear en un foro extranjero un tema doméstico.

En México el mejor experimento político que se construye a partir de la indignación con lo que existe ha sido el candidato independiente Jaime Rodríguez en Nuevo León. Lo mismo puede decirse de López Obrador, Cuauhtémoc Blanco o Enrique Alfaro. Proyectos y propuestas diferentes, incompatibles, con un mismo piso: el enojo ciudadano con los partidos existentes, los gobiernos y sus representantes legislativos. En AMLO y Alfaro hay propuesta ideológica, suscriben el credo de la izquierda, no así el nuevo gobernador de Nuevo León: nadie sabe a dónde va, aunque sí de donde viene. En el caso del futbolista ahora alcalde, hace propia la resistencia de los criminales al mando único policial. Es evidente que los trágicos eventos de Iguala, como ya se ha dicho, no hubieran ocurrido de haber mando único en Guerrero.

El enojo de muchos tiene que ver con la expectativa frustrada con la democracia. Para los enojados 12 años de gobierno del PAN no significó mucho. La corrupción y la violencia no son nuevas, pero se han agravado en el México de la alternancia. Antes la condena era a un partido y a un modelo político. Ahora el rechazo se dirige a todo y todos, incluyendo a las televisoras, iglesias, el INE y empresas mayores, por eso gana quien se ubica fuera, aunque solo sea ardid electoral.

Traducidas a opciones políticas y partidos, el tiempo de enojados remite a la fragmentación. Los partidos se cerraron y estrecharon la puerta a nuevos partidos. Al menos Morena puede canalizar algo del enojo, pero la fuerza se está corriendo hacia los independientes, sean o no ciudadanos, sean o no auténticos.

Paradójicamente, la fragmentación sirve a las minorías mayores. Por ello el PAN promueve la multiplicidad de independientes; seguramente el PRI apoyará, aunque los gobernantes locales prefieren mantener la cohesión y de allí las posturas encontradas para flexibilizar las candidaturas independientes.

El gobierno se traslada a una nueva realidad: ejercer el poder entre el disenso y el rechazo. Conducir el gobierno en tiempos de tempestad demanda claridad de rumbo. A la larga, lo que convalida son los resultados no la circunstancial y veleidosa popularidad, pero esto no es licencia para desestimar la opinión pública o publicada.

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