Juego de espejos

Reformando la educación

Uno de los cambios más encomiables del pasado reciente es la reforma a la educación. El abandono acumulado del periodo del gobierno panista no fue casual. La derecha de origen tenía una postura clara contra la educación pública. Esto y la ausencia de sentido de Estado llevó a que la educación se dejara en manos del gremio. Como en los peores tiempos del régimen al que repudiaban, lealtad política y votos a cambio de posiciones y beneficios gubernamentales. Josefina Vázquez Mota, como secretaria, poco pudo hacer para acotar la perniciosa influencia de la profesora Gordillo, precisamente por el apoyo que venía directamente de Los Pinos. Una desgracia para la educación pública y especialmente para los niños de las zonas más pobres de México.

Sí es un tema de ideología la concepción de educación pública. Y sí, efectivamente, es un tema de Estado. En algún momento se pretendió volverla expresión de una ideología, la misma visión totalitaria que hizo que el presidente Plutarco Elías Calles creara el Partido Nacional Revolucionario; aquélla, exceso que pronto habría de corregirse. De cualquier manera, la historia y el tiempo convalidan la tesis de que la educación pública es la palanca para la transformación del país, no solo para aportar una fuerza laboral apta y calificada, también para crear ciudanía, esto es libertades, valores y un sentido de dignidad individual y colectiva.

El régimen posrevolucionario pretendió mucho de la educación; el vasconcelismo es un periodo luminoso no por los resultados, sino por la visión de la educación como recurso de liberación personal y comunitaria. Los libros de texto gratuito instrumentados a finales de los 50 fue un logro trascendente en el intento de hacer del programa y contenido educativos el común denominador en la reafirmación de la identidad y propósitos nacionales.

El desarrollo de la educación básica de medio siglo de gobierno posrevolucionario fue hazaña. En ello mucho tuvo que ver el gremio magisterial, pero esto ocurrió con un gobierno que tenía claridad de sus responsabilidades como autoridad. Cierto es que en la profundidad del tejido social, como ocurre todavía ahora, la escuela normal rural es proclive al radicalismo, incluso a cultivar la ilusión revolucionaria. Las condiciones objetivas de pobreza extrema y la indolencia o complicidad del régimen político y económico para actuar frente a éstas, ayer como hoy, son causa de que esto ocurra.

Ha sido la universidad el mayor desafío del Estado, mucho más cuando éste se confunde con gobierno y partido. Esto fue el origen del desencuentro del régimen con la universidad y que llevaría a la autonomía y 40 años después a que los muchachos salieran a las calles a demandar un cambio del régimen político. Por ese desencuentro de origen, el general Cárdenas creó el Instituto Politécnico Nacional, una manera inteligente y constructiva de dar respuesta al movimiento universitario de las clases medias ilustradas.

Efectivamente, el reto de la educación se trasladó a la educación media y superior, no solo en términos políticos, sino en dar curso a una demanda dictada con intransigente rigor por la demografía. Frente a la crisis fiscal del Estado faltó visión; los políticos sentían amenaza y los tecnócratas insuficiencia presupuestal. El cobro de educación superior se volvió imposibilidad. Aunque la educación técnica y tecnológica fue una puerta generosa y en no pocos casos ejemplar, fue insuficiente por la pretensión de acceder a la universidad. La UNAM pasó de nacional a regional; la educación superior privada empezó a formar los cuadros dirigentes y el criterio de la tecnocracia prevaleció sobre el de política social. En esas condiciones llegó la derecha a la Presidencia y de allí el proyecto de la educación pública básica se dejó en manos del gremio.

La reforma por sí misma no resolverá el enorme desafío de llevar la educación a las necesidades del país. Mejorar la educación requiere de los mentores, la evaluación es indispensable, pero puede enajenar la voluntad y el compromiso, sobre todo después de tanto tiempo de dejadez y abandono. La infraestructura educativa también debe atenderse; México debe aspirar a cero analfabetismo y, sobre todo, lo más urgente, es darle a la educación ese sentido de formadora de ciudadanos, de personas con la convicción de que no es la trampa y el engaño los medios para el éxito, sino el cumplimiento con el deber.

Las autoridades educativas tienen que recuperar el sentido ideológico y de Estado sobre la educación pública. Una educación para la libertad. Esto es de contenidos y también de medios, especialmente habilitarlos en el nuevo mundo de la tecnología digital acompañados del bagaje indispensable de valores y principios libertarios y justicieros.

El cambio al que se aspira para mejorar al país necesariamente transita por la reforma de la educación en el que convergen autoridades, gremio y padres de familia. Se trata nada más, pero nada menos, de conformar al nuevo mexicano para un país con historia, horizonte y digno demejor destino.

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