Juego de espejos

Partidos en Gobernación

Queda claro que son el segmento más atrasado de la democracia. Han involucionado y la verticalidad prevalece. Los padrones de militantes no son medio para la democracia interna, sino un recurso para que las cúpulas partidarias puedan cumplir la formalidad que la ley les impone.

Al cierre de semana los dirigentes de los partidos se reunieron con el secretario de Gobernación, Osorio Chong, con vista al proceso electoral. Los medios dan cuenta de la preocupación por los focos rojos, aludiendo a los retos en materia de seguridad. Ya antes, el secretario de Gobernación se había reunido con el consejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, a manera de acreditar voluntad para que los comicios se desarrollen en normalidad. La realidad es que prácticamente en todo el país existen condiciones para un desarrollo regular de los comicios. Los problemas remiten a ciertas zonas de Guerrero, Michoacán y Tamaulipas; las dificultades mayores las plantea no el crimen organizado, sino la extorsión y chantaje de los grupos radicales en Guerrero y Oaxaca.

Con la excepción de Guerrero, las condiciones del país en materia de seguridad han mejorado respecto a 2012. El ejemplo más claro lo representa Michoacán. Si no fuera por la Ceteg, las circunstancias en Guerrero son mejores respecto a hace tres años. En todo caso el problema no está en la violencia, sino en la interferencia del crimen organizado financiando campañas, intimidando candidatos y, en algunos casos, imponiendo candidaturas.

Propio de comedia la actitud de Morena respecto a su requerimiento a la PGR de validar a sus candidatos. No cree en la autoridad, pero deja en manos de ésta que apruebe a los designados, algunos seleccionados por sorteo. Se trata de curarse en salud. Ni Morena ni partido alguno, tampoco el gobierno, tienen la capacidad para conocer la situación legal y vínculos de miles de candidatos. De lo que se trata es de que si se presentara algún caso, Morena pretende trasladar a la autoridad su propia responsabilidad, como en su momento intentara el PRD inculpar a la Segob respecto al alcalde de Iguala, involucrado en la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa.

Queda claro que los partidos son el segmento más atrasado de la democracia. Han involucionado y la verticalidad prevalece. Los padrones de militantes no son medio para la democracia interna, sino un recurso para que las cúpulas partidarias puedan cumplir la formalidad que la ley les impone. Muy poco hay de ejemplar en las organizaciones políticas. Lejos están de ser instancias de educación cívica y formación política. El estado de cosas les es funcional y de allí su complacencia. Su preocupación mayor no es hacia su interior, sino cómo eludir las multas del órgano electoral y, de ser posible, propiciar que las imponga al adversario.

El INE está bajo el asedio permanente de los representantes de los partidos. El frente común de varios de ellos ha significado que al PVEM se le cargue la mano por el Consejo General y sus comisiones, así como por el Tribunal Electoral. La cuestión de legalidad se entrevera por la necesidad de ganar legitimidad y credibilidad de los sectores más críticos en la prensa, por lo que el descrédito del PVEM en el círculo rojo se paga con multas severas, quizá válidas, pero que se procesan con la discrecionalidad en las instancias electorales.

Los votantes no están en la prioridad de partidos ni autoridades electorales. No solo es un problema de reglas, sino de una actitud generalizada y que se ha incubado desde hace tiempo. Los ciudadanos no importan, por eso los partidos se han cerrado a la sociedad y tampoco han interiorizado la democracia interna. Frente a su descrédito surge la opción de los candidatos independientes, un expediente excepcional, riesgoso y con el potencial de desestabilizar al sistema de partidos.

Una secuela de la elección de junio es que los políticos con aspiraciones de ganar el poder lo pueden hacer sin el lastre de un partido. Esto que a muchos se antoja deseable no es lo propio de la democracia representativa. Un candidato sin partido es una apuesta ciega: puede resultar acertada como sucedió con Álvaro Uribe en Colombia en 2002 o desastrosa como aconteció con políticos independientes de las organizaciones históricas como Abdalá Bucaram en Ecuador, Hugo Chávez en Venezuela o Fernando Collor de Melo en Brasil.

Por ahora las candidaturas independientes no han sido recurso para que los ciudadanos accedan al poder, sino un medio para que los políticos de trayectoria partidista eludan la aduana interna y puedan ir por la candidatura. Así ocurre en Nuevo León con Jaime Rodríguez, El Bronco, uno de los casos de mayor interés de candidatura independiente, hasta hace uno meses militante del PRI, por el que fue diputado y alcalde.

La seducción de los independientes atrae por igual a ciudadanos que desean ser postulados que votantes en el escepticismo sobre lo que pueden ofrecerles los políticos convencionales. Por lo que se advierte que, quizás por ingenuidad, los electores prefieren a un político independiente de los partidos que a un ciudadano auténtico con el respaldo de una sigla partidaria.

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