Juego de espejos

Mojigatería electoral

Por muchas razones las reglas electorales son disfuncionales a la realidad de la competencia que pretenden regular. Las instituciones son de excelencia, pero las reglas obligan a los jugadores, a todos, a actuar fuera del marco previsto.

El caso más evidente es el del financiamiento. La definición de topes de campaña bajos y sanciones severas significa que hay un gasto electoral considerable al margen de la contabilidad rigurosa que prevé la norma y pretende hacer valer el INE. Todo lo que no es fiscalizable como es el trabajo territorial o comunicación directa ingresa al umbral de la opacidad. También los recursos públicos que se destinan a las campañas no llegan a su destino, sino que se disponen discrecionalmente por los partidos.

La simulación es una práctica generalizada y compartida para hacer frente a la regulación irracional. También se hace presente en los arreglos y convenios de los medios de comunicación en la cobertura de las campañas. No hay gasto publicitario para radio y tv, y el que se destina a publicidad en medios escritos es fiscalizable, por tal consideración se acuerda el uso de la barra noticiosa o incluso que celebridades participen en la comunicación digital, medios subrepticios de campaña.

Lo más razonable sería más transparencia y menos prohibición. Posiblemente sería incómodo y en algunos casos de escándalo, pero es mejor el conocimiento público de la realidad de las campañas en lugar de un marco prohibicionista que propicia la simulación y el engaño. También las pretensiones de equidad pueden llevar a absurdos, en todo caso es mejor optar por la transparencia.

Lo de ahora y que adquiere cada vez más impulso es la comunicación digital, por cierto, casi imposible de regular. Quizá pueda haber un control de los espacios formales de publicidad digital, pero no se pueden controlar contenidos; el tráfico de información fluye libremente a partir de la naturaleza propia de lo digital. Cabe destacar que en el mundo de la publicidad comercial cada vez es más lo que se invierte en digital y es, precisamente, porque la atención y el tiempo de los consumidores está en medios digitales a costa de lo que antes significaban otros medios, especialmente la televisión. Es una tendencia estructural que hará que pronto colapse el rígido y muy costoso modelo comunicacional vigente.

El caso mayor de mojigatería dejó de estar en la norma.Se refiere a la libertad de expresión de candidatos respecto a sus contendientes, las mal llamadas campañas negras, que son más bien de contraste. La mojigatería viene de observadores plenos de ignorancia sobre lo que es el debate público y la disputa electoral en cualquier parte del mundo. Dice bien Juan Gabriel Valencia ayer en MILENIO Diario, “las campañas negativas no solo deben ser legales, son indispensables” y yo agregaría inevitables. Corta para los dos lados: ¿cómo puede calificarse la publicidad de López Obrador y Morena acusando a sus adversarios de rateros y ladrones? En su momento también AMLO será objeto de señalamiento y es previsible que él promueva su victimización.

La disputa por el voto no acepta código de honor que no sea la derrota. Así es y así será. Al menos ofrece la ventaja que el resultado lo otorgue la aritmética de los votos ciudadanos. Las prohibiciones deben ser básicas como es evitar el destino de recursos públicos a favor o contra un candidato o partido. Así, por ejemplo, los funcionarios públicos tienen derechos políticos y libertad de expresión, pero no deben interferir en la contienda con los medios que les confiere la investidura.

En las elecciones en curso es inaceptable que el dirigente del PAN, Ricardo Anaya, señale a su contraparte del PRI, Manlio Fabio Beltrones, como el autor de la campaña negra. Lo que está de por medio no son las campañas, sino la pureza que la dirigencia del PAN asumió de sus candidatos y especialmente en dos casos de pública duda —por decirlo de una forma amable— respecto a Francisco García Cabeza de Vaca en Tamaulipas y Miguel Ángel Yunes en Veracruz. Lo que pretende Ricardo Anaya es que los votantes no tengan conocimiento de la realidad,mientras que ahora se ve obligado a “meter las manos al fuego” por candidatos impresentables, un error que mucho habrá de costarle independientemente del resultado de la elección.

Como se advierte, la mojigatería electoral rinde tributo a la hipocresía. La política, y todavía más la electoral, es un juego bastante rudo con escrutinio desbordado por las pasiones. En el fuego de la pasión y la ambición no está ausente la calumnia. Solo como perla de días pasados, cómo se ve bajo el estándar mexicano el que el señor Trump acuse públicamente de abuso sexual y violador al esposo de la señora Clinton, quien resulta ser ex presidente de EU. Ciertamente, la disputa por el poder es un juego rudo.

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