Juego de espejos

México y sus pobres

Éstos existen no porque no funcione la política social, sino por la insuficiencia y desigualdad del crecimiento económico. Acabar con los pobres —que no sea de hambre— llevará mucho tiempo y, especialmente, es necesario que el país crezca con cifras considerablemente mayores, al menos el doble, de las de los últimos 15 años.

De nueva cuenta, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social revela la cara ingrata de un país pobre y desigual. Se oficializa lo que ya se sabe: los pobres crecen y la brecha entre los que mucho y nada tienen se amplía en extremos de vergüenza. Casi la mitad de los mexicanos es pobre, aunque el reporte también dice que hay una disminución modesta de la pobreza extrema, dato que destaca la secretaria Rosario Robles.

Los pobres existen no porque no funcione la política social, sino por la insuficiencia y desigualdad del crecimiento económico. Acabar con los pobres —que no sea de hambre— llevará mucho tiempo y, especialmente, es necesario que el país crezca con cifras considerablemente mayores, al menos el doble, de las de los últimos 15 años. La pobreza es condena injusta en extremo para quien la padece, mayor cuando anula a los menores, portadores de la esperanza y de un mejor mañana. Desde hace tiempo se sabe que hay que empezar por los niños y las madres, mucho se ha logrado, pero es insuficiente, porque el ciclo de la pobreza se rompe con la inclusión productiva, no solo con el gasto público.

Como tal, la respuesta estructural a la pobreza deviene del modelo económico, la cuestión es qué hacer para que el país pueda crecer más y repartir de mejor manera los beneficios del crecimiento. En estos años la política ha hecho su parte en el logro de cambios que puedan dar al país mejores bases para crecer, pero es muy reciente lo realizado y todavía hay mucho por instrumentar. Allí está el ejemplo de la reforma educativa, fundamental para mejorar la calidad del capital humano. En las zonas más pobres del país el Estado se enfrenta a una oposición que ha usufructuado el poder y que ha impedido que los menores hagan valer su derecho a la educación. La situación es lamentable en términos de dinero y tiempo perdidos, una condena a generaciones de mexicanos pobres cuya única opción de mejorar es migrar ilegalmente al país vecino al norte.

Cuando la ideología se impone, las razones se extravían. Los líderes disidentes hacen creer que libran una batalla contra la privatización de la educación y la salvaguarda de los derechos laborales, lucha que solo convocaa los maestros mediocres o a quienes viven en la indolencia, por eso la evaluación les resulta veneno. Lamentable, que López Obrador les proponga alianza electoral ante la proximidad de la renovación de poderes. La buena economía no sigue la consigna de los ideales maniqueamente procesados en el afán de ganar votos, cargos y frágiles o discutibles avales.

Los pobres merecen no el perdón del voluntarismo gubernamental, sino la honestidad de unos y otros para entender que una economía que no crece o lo hace poco jamás podrá mitigar la pobreza o la desigualdad. Pero tampoco basta el crecimiento si sus rentas son apropiadas por una oligarquía cada vez más visible, más poderosa y menos gravada. Si los ricos crecen y se enriquecen rápido y en exceso y los pobres aumentan, quiere decir que hay algo disfuncional en el modelo, especialmente si se considera el impacto positivo que ha tenido en el país la migración ilegal a Estados Unidos. Pero se van los mejores, aunque los envíos de dólares son considerables. También las cuentas nacionales deben considerar los abundantes dineros del narcotráfico.

Abatir la pobreza llevará décadas y disciplina del aparato gubernamental para asegurar las condiciones de crecimiento económico. Es indispensable la buena y correcta aplicación de los recursos públicos, así como la inversión de infraestructura y la regulación de la competencia económica. Los gobiernos van muy lentos; hay casos de éxito y acierto, pero no hay continuidad en lo que se hace bien porque no existe memoria ni conciencia sobre aciertos, errores y fracasos.

El país logró la democracia, pero la política de ahora no ha sido del todo virtuosa para mejorar a la economía. De hecho el poder dividido y su desconcentración ha dado lugar al surgimiento de una monumental alta burocracia costosa, redundante y en no pocas ocasiones, improductiva y corrupta. Las cuentas públicas lo revelan. El crecimiento del gasto público de los órganos desconcentrados, de los partidos, de los legisladores y de los ministros y magistrados es ofensivo a la luz de la pobreza existente y de lo que en los países ricos pagan a quienes realizan las mismas labores.

Las cifras sobre la pobreza es un nuevo llamado al cambio. Al menos ahora hay menos demagogia y más reflexión. Pero tampoco hay más conciencia de su significado y sus implicaciones. Un país pobre y desigual no es destino digno. Poco vale lo que pueda lograrse como Nación si su rostro es el de la pobreza y la desigualdad.

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