Juego de espejos

México dividido

México está dividido. No es el caso de las diferencias políticas: izquierda, derecha o centro; tampoco nos remite a la desigualdad, el país con los más ricos del mundo y con la mitad de la población en pobreza; no es la asimetría entre los instruidos y los iletrados o los nuevos analfabetos por su inexistente familiaridad con los instrumentos cotidianos de la tecnología, sus usos y aplicaciones. El país está dividido entre quienes piensan que hay esperanza y los que creen que no la hay.

Las causas son profundas y la política sí tiene algo qué ver. Por la falta de historia democrática, las elecciones dejan heridas profundas; no resuelven siquiera temporalmente la competencia por el poder. La disputa continúa, incluso se enciende después de los comicios. No es que haya elecciones fraudulentas, sobre todo si consideramos los precedentes u otros países con desarrollo político semejante. No, México tiene buenas y confiables instituciones electorales. La situación se vincula mucho más con los malos perdedores y las dificultades de los ganadores. La realidad es que las elecciones no resuelven la disputa por el poder.

No siempre ha sido así. La excepción singular es el año 2000. Quien no ganó reconoció y quien triunfó recibió el poder no solo en condiciones de ejemplar normalidad política, económica e institucional, sino con un aval social inédito. La expectativa de cambio era arrolladora; aunque el presidente Fox no ganó un mandato total por la falta de mayoría legislativa, sí contaba con la confianza abrumadora, incluso de muchos que no le habían votado. Desencanto por incompetencia o porque las expectativas públicas no entendían las restricciones que le impone al Presidente el no contar con el apoyo de las Cámaras.

2006, una elección sumamente cerrada, antecedida por el intento ilegítimo de sacar de la competencia a Andrés Manuel dejó un país polarizado y dividido. La mayoría se conformó, pero regateó legitimidad a Felipe Calderón; la resistencia de López Obrador le permitió mantener una base reducida de seguidores, más próximos al fanatismo que a la lucha política; los más se hundieron en el desencanto y la decepción. 2012 repitió la historia de 2006 y el país tampoco resolvió sus diferencias. Sí lo hicieron los de la cúpula política a través del Pacto por México, que mucho ha aportado al país, a pesar de los malos deseos de los Ebrard, Corderos, Bejaranos y otros tantos más en el hambre de poder.

Pero el país continúa dividido. Tiene geografía. El centro del desencanto es la Ciudad de México e incluye no solo al DF, sino a las entidades vecinas y se extiende hacia el sur, llegando a Chiapas y pasando por Puebla, Oaxaca, Guerrero y Tabasco. No es una cuenta reciente, viene de tiempo atrás y esto hace contraste con el norte. Por ejemplo, Nuevo León, otrora golpeado severamente por la violencia de los hombres y de la naturaleza, vive el mayor optimismo y energía. Los gobernantes están en aprecio y en el recuento de la percepción de bienestar, la zona metropolitana de Monterrey lleva la delantera. Yucatán, sin estar en el norte, también presenta números de excelencia, al igual que Nayarit, Colima, Durango, Sinaloa y Chihuahua. Coahuila y Tamaulipas sienten que la tormenta ha pasado y vienen de regreso para recuperar mucho de lo perdido. En el DF hay enojo con todo y con todos, a pesar que es el territorio con mayor riqueza y bienestar.

Toda una paradoja que la postura más crítica a la democracia y a sus resultados es donde la oposición se ha impuesto. En el DF desde 1997 ha ganado la izquierda, sus votos fueron cruciales para que hubiera alternancia en 2000, en 2006 y 2012 ganó AMLO con votaciones de partido hegemónico; los votos se respetaron, aún así asumen que el triunfo del PAN o del PRI es ilegítimo, ilegal. Un dato poco conocido de 2012: el voto de las personas con instrucción superior en casi todo el país fue favorable a López Obrador. Efecto, no causa para entender al país dividido, con amplias zonas bajo el escepticismo y la desesperanza.

Como quiera que se le vea, en este año la política y el gobierno han avanzado; el problema es que el centro y sur del país no advierten el cambio ni ven símbolos de esperanza. A diferencia del pasado, ya no existen asideros de legitimidad o de confianza como antes eran la Iglesia, la escuela, el Ejército o los medios. El país acusa un problema muy serio: hay que pensar sobre la manera de reconciliar a la sociedad con el sistema de representación política, tema ausente en los sesudos reformadores; tampoco es opción el arribo del Mesías. Una pista: la solución no solo está en los acuerdos, sino en la manera de dar cauce y convivir con nuestras diferencias.

Twitter: @berrueto