Juego de espejos

Insatisfacción con la democracia

Esta generación vive en el agravio por lo que existe. Respecto a la democracia, más que insatisfacción hay desdén y desprecio, al menos respecto a las instituciones representativas, como son los partidos, los legisladores y los órganos parlamentarios. Ya se ha dicho, es un problema general asociado no a un estado de ánimo, sino a una percepción de la realidad que condensa muchas imágenes y experiencias que llevan al desencanto y a la indignación con el orden de cosas.

La inconformidad socializada puede ser la base de una gran transformación, pero también puerta abierta al retroceso; la fantasía de una solución inmediata casi siempre conduce al desencanto. Como tal, no deja de estar presente el resultado de la alternancia en la presidencia al inicio de este siglo. Se vendió y se compró que la derrota del PRI significaría el inicio de un mejor momento para el país en todos sus órdenes. No ocurrió así y desde 2006 casi todo ha sido voto de castigo al gobernante, PAN, PRD o PRI, da igual.

El problema es doble: el desprecio a las instituciones de la democracia y el desapego a sus valores. En Estados Unidos quienes elevaron a Trump para ser opción a la presidencia suscriben lo segundo. En México el riesgo es mayor porque convergen las dos dimensiones del problema y por ello la amenaza de intolerancia y autoritarismo sobre la que nos alerta Lorenzo Córdova es real, especialmente entre quienes disputan el poder.

La generación anterior tiene memoria del pasado que le hace advertir un antes y un después: un México sin democracia y de dominio de un solo partido, con crisis económicas recurrentes y con libertades acotadas a otro de competencia electoral, estable en su economía y con mayores expresiones de libertad y apertura. El logro no es menor, pero se ve anulado por la recurrente pobreza y desigualdad, por la corrupción rampante y ahora, por la violencia e impunidad. No es culpa de la democracia, pero poco le favorece lo que ha engendrado.

La generación de ahora no comparte ni tiene por qué compartir la visión de la anterior. El tránsito no ha sido heroico, aunque sí hay tragedia como los magnicidios de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu y periodos que no se quisiera volver a repetir como 1994. Los logros no son mérito, sino lo que debe ser: democracia y estabilidad económica y quien más contribuyó a ello es un académico en un centro de estudios en EU muy alejado de la política e intencionadamente ignorado por muchos de sus correligionarios.

La democracia no se acredita por el gradualismo de la transición mexicana. No hubo una derrota o quiebre del régimen anterior. Incluso muchas de sus malas prácticas se reprodujeron y agravaron en los gobiernos de la alternancia. La constante ha sido la ausencia de un sentido ético del ejercicio del poder. El PAN lo tenía como oposición y lo perdió en el gobierno. Las ideologías de siempre fueron desplazadas por el pragmatismo; aún así había sentido de los límites y un espacio a la dignidad, esto se ha perdido o al menos ha dejado de tener relevancia.

El grito desesperado es el que prevalece, especialmente cuando la democracia genera gobiernos incapaces, corruptos e impotentes para asegurar lo básico: seguridad a las personas y sus familias. La democracia se hace valer con buenos gobiernos no con buenas elecciones. Los demócratas del pasado se equivocaron en hacer todo materia de procedimientos; no, era también cuestión de objetivos, valores y principios manifiestos en prácticas elementales de urbanidad, honradez, civismo y tolerancia.

La democracia electoral es un logro significativo y trascendente. No hay duda. Pero se ha envilecido por dos temas a la vista: la partidocracia y la primicia del dinero sobre la política. Antes se quería incursionar en la política para tener poder, ahora lo que se pretende es tener dinero y mucho. Antes se desviaban recursos públicos para ganar elecciones, ahora se desvía dinero público y en la opacidad se utilizan recursos privados de cuestionable origen para ganar poder y así ganar más dinero. Los partidos cierran la puerta a los ciudadanos y éstos las abren a patadas con las candidaturas independientes.

Hay que cuidar a la democracia. Más allá de sus insuficiencias y limitaciones es el medio más seguro para mejorar y superar buena parte de los problemas. Pero es necesario reiterar que no todo son procesos e instituciones, están las personas, están las ideas y los principios. Están los valores y una conducta individual o social que los haga valer. Primero que todo la democracia requiere demócratas.

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